Panorama
El recorrido comienza por la puerta principal,
en el que aún se lee ‘el trabajo los hará libres’, la frase con la que los
alemanes recibían a sus prisioneros.
Las ruinas de una de las cuatro cámaras de gas
de los campos de concentración nazi.
Los trenes llegaban hasta la mitad del campo,
para agilizar la selección de los deportados.
El recorrido comienza por la puerta principal,
en el que aún se lee ‘el trabajo los hará libres’, la frase con la que los
alemanes recibían a sus prisioneros.
Una cuadrilla, conformada también por los
deportados, trasladaba los cuerpos desnudos desde la cámara de gas al punto designado
para que las raparan. El pelo pasaba a transformarse en producto y era enviado
a Alemania para fabricar textiles.
Ya sin cabello, los cadáveres eran amontonados
con el resto de los muertos –niños, hombres, ancianos– para acomodarlos de a
dos o tres en los incineradores.
Era la rutina diaria en el campo de
concentración alemán Auschwitz–Birkenau en la Polonia ocupada, a unos 40
kilómetros de Cracovia.
75 años después del genocidio “patriótico” de
los bávaros, los campos de concentración se transformaron en museos. A hora y
media de Cracovia, y por unos 12 dólares, los guías explican en todos los
idiomas los detalles de los asesinatos, de las torturas, las violaciones, el
hambre, el frío, el calor, el maltrato, el desprecio, la asquerosidad, el sadismo
y demás bajezas que se cometieron allí.
Hacen el recorrido varias veces al día,
cuentan lo mismo una y otra vez. Siempre con la misma indignación.
TODO POR LA PATRIA
En 1940, un año después de invadir y devastar
Polonia, la Schutzstaffel de Adolf Hitler y su Alemania nazi, comenzó la
construcción de Auschwitz con el propósito de albergar a unos 15 mil deportados
de toda Europa. En otras palabras, para que fuera el cementerio de quienes
ellos consideraban que no merecían ser parte del Tercer Reich.
Las tropas alemanas aprovecharon las barracas
de un campamento militar del Ejército polaco para dar pie a la primera etapa
del campo de concentración Auschwitz I. Tendría dos funciones: servir como
nuevo hogar a sus prisioneros en trabajos forzados, y atestiguar en silencio y
lejos de alguna ciudad grande los homicidios en masa que pretendían cometer.
Dos años después, las barracas de la primera
fase ya no eran suficientes para los presos ni para los asesinatos. Así que los
alemanes decidieron construir Auschwitz II (Auschwitz–Birkenau), un complejo en
el que cabían más de 100 mil prisioneros a la vez.
Para agilizar los trámites, construyeron una
vía de ferrocarril que llegaba hasta el corazón del complejo. Cuando los
detenidos bajaban, varios soldados y un doctor determinaban en menos de 30
segundos si la persona caminaba hacia la izquierda, hacia las barracas -al ser
apto para el trabajo forzado- o si era inútil y debía caminar por la derecha,
camino a la cámara de gas, y a los incineradores.
En los cinco años que operaron estos centros,
se calcula que los alemanes asesinaron a más de 1.1 millón de personas, en su
mayoría húngaros y polacos, pero también mataron a gran cantidad de italianos,
austriacos, yugoslavos, franceses, holandeses, rusos, griegos, alemanes,
belgas, y checoslovacos.
Todos con la excusa de hacer un mejor país
–imperio–, una adaptación exagerada de Alemania para los alemanes. Es lo que se
esconde detrás del patriotismo político.
LA PRIMERA FASE
Desde Cracovia toma menos de dos horas llegar
a Auschwitz. Está en medio de las praderas llanas y verdes de Polonia. Después
de las correspondientes filas para comprar el boleto, y agruparse con el guía,
el recorrido comienza por la puerta principal del campo de concentración, en el
que todavía se lee “el trabajo los hará libres”, la frase con la que los
alemanes recibían a sus prisioneros.
El complejo estaba rodeado por alambres de
púas electrificados, con bombillos gigantescos, puestos de control con
parlantes y letreros que advertían las consecuencias de acercarse a esos
límites. Todo sigue en su sitio todavía.
Las barracas son gigantes, aunque muchas de
ellas han sido mejoradas y reconstruidas para albergar las exposiciones del
museo. La arena blancuzca realza el color ladrillo de las galeras, que son de
dos plantas y un sótano. Los árboles están afuera, inalcanzables para los
prisioneros, quienes igual tenían poco tiempo para admirarlos, ya que salían
muy temprano y regresaban muy tarde.
Los edificios acondicionados ahora muestran
fotos, cifras, esculturas, y una gran cantidad de artículos que encontró el
Ejército de los aliados cuando derrotó al eje, como maletas, ollas, peinillas,
prótesis, cartas, relojes, y cabello que no pudo ser enviado a Alemania para
procesarse como textil.
Los alemanes decomisaban todo el equipaje de
los prisioneros, quienes al recibir la promesa de una nueva vida, empacaban sus
artículos más preciados. Todo era enviado a Berlín para sacarle hasta el último
centavo.
Cuando el campo de concentración estuvo a su
capacidad y más deportados seguían llegando, los alemanes pusieron en marcha la
segunda parte de su plan: el exterminio.
Primero probaron en el sótano de la barraca
11. Lanzaron por las ventanas de las celdas latas que contenían Zyklon B, un
químico que provoca la muerte a los segundos de su inhalación. Ante el éxito,
habilitaron las cámaras de gas.
A un costado del campo, y bastante cerca de
las residencias de los oficiales alemanes, las SS (Schutzstaffel)
acondicionaron un salón como de 30 metros de largo y 10 metros de ancho.
Construyeron en los techos dos especies de chimeneas, en las que lanzaban las
latas con el químico. Unos minutos después, abrían las puertas y los movían
hacia los cuatro incineradores.
Sin embargo, esa no era la única forma de morir.
Los presos también fallecían por el agotamiento físico, por maltrato, por
fusilamiento o ahorcamiento al fracasar en su intento de escape, o simplemente
de hambre. Los detenidos recibían café por la mañana, sopa con verduras –muchas
podridas– por la tarde, y un pan con mantequilla por la noche. Ingerían menos
de 200 calorías diarias, cuando lo normal actualmente es de 2 mil 500 al día.
Estos gaseados, no obstante, apenas fueron un
ensayo, y no fue hasta la construcción de Auschwitz–Birkenau que se profesionalizaron
en el homicidio masivo.
LAS CÁMARAS DE LA MUERTE
Al bajar del tren en el campo de
Auschwitz–Birkenau, los detenidos formaban largas filas. El doctor los miraba,
les hacía dos o tres preguntas y decidía su destino. Las niñas chicas, las ancianas,
los hombres débiles y la mayoría de las mujeres no pasaban la prueba fugaz y
eran enviadas a las cámaras de gas.
No les revelaban su destino, por supuesto. En
lugar de la verdad, aseguraban que por el largo viaje en un vagón de tren
–donde iban hacinados y con solo un balde para sus necesidades– necesitaban una
desinfección. Caminaban unos 300 metros pensando que serían limpiados. El
primer punto era un salón largo, donde se tenían que desnudar. Luego pasaban a
otro salón largo, donde cerraban las puertas y lanzaban las latas con el
veneno. Unos minutos después, abrían y continuaban con la operación de la
rasurada y la cremación.
De estas cámaras queda poco o nada. Con la
entrada de las tropas aliadas, los nazis destruyeron varios edificios, los cuartos
de gas entre ellos. Ahora, apenas se pueden ver los escombros y los túneles en
forma de L donde los detenidos daban sus últimos pasos antes de morir.
En las barracas, la cosa tampoco era fácil. En
Auschwitz–Birkenau cabía más gente que en Auschwitz I, pero precisamente por
eso estaban más hacinados aún. Al ser un poco más rural, los detenidos vivían
entre ratas y dormían en angostas camas junto con tres, cuatro, cinco o seis
reclusos más.
La vida era simple, levantarse, trabajar,
comer, dormir. La vida era dura, maltrato, castigo, hambre, frío. Uno de los
grupos de detenidos que más felices eran dentro del campo –según cuenta la guía
que habla en español– era el que se encargaba de limpiar las letrinas. No solo
evitaban la conducción violenta y mortal de las tropas alemanas, sino que eran
los únicos que tenían tiempo suficiente para hacer sus necesidades. El resto
tenía tan solo unos segundos para ello. Los que no lo lograban en ese momento,
luego aflojaban en las barracas, al lado de sus cuatro, cinco o seis compañeros
de cama. Esto era castigado con violencia mortal la mayoría de las veces.
Sin importar el idioma, los grupos terminan el
recorrido con un rostro distinto con el que comenzaron. Muestran ira,
indignación, asco; sensaciones recurrentes ante estas acciones.
Y, sin embargo, aún con la certeza de que la
xenofobia siempre lleva a finales desagradables, es un sentimiento que se
escabulle siempre en las sociedades.
Cuando el patriotismo mata
04/May/2015
La Prensa, Panamá, Luis Burón-Barahona