Con Monika Dullman, monja y enfermera, Directora del Hospital Saint Louis de Jerusalem

20/May/2016

Uypress, Ana Jerozolimski

Con Monika Dullman, monja y enfermera, Directora del Hospital Saint Louis de Jerusalem

La realidad de la vida diaria en Israel,
sin olvidar sus tensiones y problemas, halla a sus habitantes todos, de
distintas religiones y culturas, a pesar de todo, compartiendo muchos aspectos
de la vida.
«La religión no es criterio ninguno
para recibir pacientes. Todos nos morimos igual».
Uno de los escenarios más claros de esa
convivencia, es en los hospitales por todo el país, donde ver a judíos, árabes
y cristianos trabajando o atendiéndose, es lo más común.
Recientemente, conocimos a uno muy
singular, el Saint Louis, un hospital que es también monasterio. Probablemente,
nos dice su Directora Monika Dullman, el único monasterio del mundo donde hay
fijo un rabino y comida kasher, o sea de acuerdo al rito judío.
Actualmente, 52 de sus 57 camas están
ocupadas. En este momento el 70% de los pacientes son judíos, 20% musulmanes y
10% cristianos, pero eso está en constante cambio
Monika nos abrió un mundo singular, el del
dolor y la muerte, pero también de la compasión y la esperanza.
Este es un resumen de un diálogo fascinante
con una monja enfermera enamorada del lugar que dirige y de Jerusalem que es
desde hace años, su hogar.
Monika, su condición de Directora del
Hospice Saint Louis comienza con su amor por Jerusalem ¿no es así?
Así es. Cuando vine por primera vez a
estudiar acá, en 1985, me vino el «virus Jerusalem», un gran amor por
la ciudad. Por eso, en 1987 volví, me presenté como voluntaria en esta
institución por tres meses y eso cambió
mi vida. Y aquí me vino otro «virus», el deseo de ser monja. Hubo
algunas vueltas en el medio, unos años en Roma, otros en Francia y desde 1993,
estoy acá. Me sumé al convento «José el Justo de la Revelación». Y
esto es hoy un convento y un hospital. Creo que debe ser el único convento en
el que hay un rabino, una cocina kasher y documento de kashrut.
¿Históricamente, este convento también
funcionaba como hospital?
Nuestras monjas cuidaban enfermos ya en
1852, pero vivían en la Ciudad Vieja, enfrente. En determinado momento llegó un
Barón de muy buena posición, francés, construyó este edificio como hospital y
lo regaló a las monjas.
EL AMOR A JERUSALEM
¿Cómo describiría su vida en esta ciudad?
Me gusta muchísimo estar aquí, siento que
tuve el privilegio de llegar a un lugar sagrado, el lugar en el que también
estuvo Jesús. Hay gente que ahorra toda su vida para poder tocar el Muro de los
Lamentos, el Santo Sepulcro, el Monte del Templo..Es un gran privilegio estar
aquí, además de lo interesante de la gente que vive en Jerusalem. Mucha gente
quiere llegar aquí. Nadie vive en Jerusalem porque sí. No es como otras
ciudades. Tiene para mucha gente un significado muy grande estar en Jerusalem.
Y creo que es algo muy singular que me ha tocado, estar con esa gente, vivir
con ellos.
¿Es complicado cuando la Jerusalem
celestial se mezcla con la terrenal?
Es cierto, a veces sí. Pero aunque yo soy
una persona creyente, no estoy hablando de la Jerusalem celestial. Creo que en
el mundo del más allá, no hay departamentos separados para nadie. No creo que
haya allí un departamento judío, uno musulmán, uno ateo…Cuando alguien
fallece aquí en el hospital, a todos los cuerpos los tengo que llevar al
sótano, el mismo lugar al que un día yo misma iré, hasta la sepultura. Y me da
mucha fuerza saber que eso es igual para todos. Pero eso, claro, no tiene nada
que ver con Jerusalem, es aparte.
¿Cómo se siente, como cristiana, viviendo
en Jerusalem capital de Israel?
Me siento libre, respetada. Yo no ando con
hábitos por la calle, por mi trabajo. Sé que ha habido algún problema, algún
extremista que escribió grafittis insultantes en algún lado, en la pared de
alguna iglesia. Claro que eso no me alegra. Pero yo te puedo asegurar que acá
no hay ninguna diferencia .Y cuando voy a ministerios a hacer algún trámite,
siempre me respetan mucho. Quizás puede ser porque en todo punto de Jerusalem
hay alguien cuya abuela o abuelo fallecieron aquí.pero seguro que no sólo por
eso. Nunca hemos tenido problemas. Creo que los que hacen a veces algún
problema en esta ciudad singular o en otras partes del país, son una pequeña
minoría .En todo país hay locos que están contra otros. Sabemos que eso pasa.
Yo me siento libre de ir a cualquier lado.
Falta conocimiento de cosas cristianas, pero puedo comprenderlo porque somos
solamente el 2% de la población. En Alemania tampoco saben cuándo es Iom Kipur
.Pero acá, cuando la gente sabe, respeta mucho. Un ejemplo claro es que del
Ministerio de Salud Pública me invitaron a impartir clases sobre cristianismo a
rabinos. Me explicaron que a veces los llaman de distintos hospitales en los
que hay pacientes cristianos , porque necesitan a una figura religiosa para dar
apoyo al paciente, y entonces ellos quieren saber en qué cree un cristiano, qué
le significaría recibir apoyo. Si tienen
que ir a ver a un turista cristiano que se enfermó durante su viaje y tuvo que
ser hospitalizado, quieren entender qué le pasa por la cabeza, como cristiano.
Así que allí fui, di un curso a rabinos,
todos con kipá negra. Me llaman a veces del hospital Shaarei Tzedek por temas
puntuales con pacientes cristianos y mando a alguien. Allí lo entienden porque
hay muchos médicos religiosos y una persona religiosa sabe bien lo que
significa la religión para un creyente. Lo hago de la misma forma que trato de
ayudar a un paciente judío en nuestro hospital, si necesita ver a un rabino.
LA ÚLTIMA ETAPA
Este es un hospital singular, para enfermos
terminales…Eso ya determina mucho de su carácter y funcionamiento.
Por supuesto. Aquí los pacientes llegan en
la última etapa de sus vidas. Nacimos como un hospital común, luego pasamos a
ser un hospital oncológico y finalmente algo para lo que en los años 70 no
había una definición. Del Hospital Hadassah nos derivaban los pacientes con los
que ya no hay qué hacer. En aquel momento, hace 35 años, se pensaba que si la
quimioterapia activa no funciona, ya no hay lo que hacer. Hoy se sabe que no es
así y que sí hay mucho para hacer, como tratamiento contra el dolor, ayuda al
enfermo a cerrar su círculo de vida, ayuda a lograr reconciliaciones, para
quien sienten que tuvieron enemigos. Nosotros ubicamos a ese
«enemigo», lo traemos al hospital y tratamos de que hagan las paces.
Eso sí que parecería ir más allá del
tratamiento común a un paciente… ¿Qué me puede contar a respecto?
Nos ha pasado que hay pacientes que no
entendemos cómo es que aún no han muerto, casos de gente en muy mal estado, que
por sus condiciones, ya debería haber fallecido. Y muchas veces, entendemos que puede ser que
la persona tenga un enemigo. Nos pasó con una mujer que no tenía familia pero
sí buenas amigas. Les hablé y les pregunté si puede ser que tenga un problema con
alguien, algo pendiente de hacer, algún enemigo. Sus amigas me dijeron que sí,
que tengo razón, que estaba enemistada durante años con una persona. Trajeron a
esa persona, que ya andaba con bastón y nuestra paciente, que ya no podía
hablar, la vio. La mujer dijo que se reconcilien. Y al día siguiente, nuestra
paciente falleció. La mujer que llegó, la ayudó a liberarse de un enemigo.
Qué fuerte, lo que es el alma humana…
Así es. Nos pasó algo similar con un hombre
que no entendíamos cómo podía ser que siguiera vivo. Cuando vino su esposa,
entré a la habitación simulando que voy a hacerle un tratamiento a otro enfermo
allí internado, para oir lo que ella le decía. Tenía la sensación que sería
importante saberlo, para poder ayudarlo. Y lo que oí fue algo así: «es
terrible que estás enfermo, si te mueres, D´s no permita, yo no podré vivir sin
ti, por favor no te mueras». Cuando la mujer salió de la pieza, salí detrás
de ella y le dije: «Oí lo que le dijiste a tu esposo. Pero tú sabes cuán
enfermo él está y cuánto está sufriendo». Ella entendió sola a qué me
refería. Por las dudas agregué que él va a morir, que eso es indefectible, pero
que ella lo tiene que ayudar. Se fue a
su casa. Al día siguiente vino, se sentó en su cama y le dijo al esposo:
«Te amo mucho, eres el mejor esposo con el que yo podía soñar. Pasamos
cosas hermosas juntos .Sé que estás muy enfermo y que estás sufriendo, sé que
vas a morir, y quiero que sepas que yo seguiré viviendo y recordándote».
Ese mismo día, el esposo falleció.
Me eriza la piel…
Tuvimos el caso de una mujer que sufría
mucho, estaba muy mal, pero no moría. Su hija dijo que le cuesta verla con
dificultades para respirar. Era claro que estaba sufriendo mucho. Le dije a su
hija: «puede ser que tengas que darle permiso para irse». La hija
casi se desmaya en el estacionamiento. Se recompuso y parada al lado de su
auto, me dijo «puede ser que tenga razón». Volvió a la habitación de
su madre, le dijo algo, y horas después, la mujer falleció.
¿Estos casos eran de gente que no estaba
consciente?
Ya no podían hablar. No podemos saber cuál
era su nivel de conciencia. El caso más fuerte con el que me topé fue el de un
hombre que estaba en coma desde hacía 5 años. Sabíamos que si tiene nuevamente
un ataque repentino, no lo reviviríamos, que él no querría que lo hagamos. Esto
es algo que siempre tratamos de averiguar con la familia, cuál sería la
voluntad del paciente. Una cosa es conectar a respirador artificial y otro
revivir.
Pues este hombre, repentinamente, un
sábado, comenzó a deteriorarse rápidamente. Pensamos que en cuestión de minutos
fallecería. Su madre venía todos los días, menos shabat, porque era religiosa.
Ese sábado la llamamos y le dijimos que venga rápido porque su hijo está por
morir. Ella había atendido el teléfono porque imaginó que era del hospital.
Preguntó si ya había muerto y le dijimos que no.
Después de hablar con su madre, me acerqué
a él, le tomé la mano, le dije que su madre está llegando, que la espere. Le
puse un medidor de oxígeno en el dedo porque no veía que estuviera respirando,
al parecer lo hacía en forma sumamente débil. Entró su madre a la pieza y yo
salí, para darle su lugar. Le dijo «acá está mamá». Y en ese momento,
su pulso se detuvo. El no podía hablar, hacía ya cinco años que no hablaba.
Pero evidentemente oyó que yo le pedí que espere a la madre, y tuvo la fuerza
de esperarla. Estoy segura que ella se dijo a sí misma: él quiere que yo esté.
O sea que la gente en coma, puede oír…
Puede.
MUCHO PARA HACER ANTES DE MORIR
A mi padre, la médica le dijo que va a
morir y que le queda una semana. Fue una semana muy importante para él. Hizo
muchas y cosas que quería hacer, invitó a amigos a los que quería ver. Estuvo
de pie hasta el día de su muerte. Esos días fueron sumamente importantes para
la familia, todos juntos. Si la médica le hubiera dicho que todo va a estar
bien, aun sabiendo que la muerte se acercaba, no lo habría ayudado. Yo
personalmente, creo que hay que decir las cosas.
Eso ya es muy personal, pero entiendo
plenamente lo que plantea…
Y
todo esto, recordando que hay mucho para hacer, para ayudar al paciente, aunque
no se pueda curar su enfermedad. Esos son por ejemplo los pacientes que tenemos
en la parte de hospicio, los terminales. También tenemos otro tipo de pacientes
oncológicos que reciben tratamientos activos, pero que no pueden estar en sus
casas. Por ejemplo, un hombre que vive solo en un cuarto piso, sin ascensor no
puede. Si viviera en planta baja con su familia, podría estar allí y venir una
vez por semana al hospital.
Hay casos especialmente fuertes, como el de
una mujer que estuvo en coma durante 20 años. Ella ya estaba acá cuando yo
llegué por primera vez como voluntaria. Cuando falleció, yo ya era enfermera y
monja, la directora del lugar. Pensaba en todo lo que yo había hecho en esos 20
años…y ella los había pasado solamente en su cama, simplemente cambiándosele
la posición cada tres horas. Y así murió, en su cama. Estoy segura que estaba
feliz al morirse.
Es que eso, claro, no era vida.
No sé si no es vida, no puedo juzgarlo yo,
pero lo seguro es que no siempre se debe prolongar la vida. No creo que haya
que revivir a cada persona que está muriéndose.
MOSAICO ISRAELÍ
Monika, en este hospital hay pacientes de
diferentes sectores de la población, diferentes credos y culturas. Viven,
sufren y mueren en el mismo lugar.
Así es. Claro que la religión no es
criterio para ser aceptados aquí, pero estadísticamente, en general se da que
el 60% son judíos, entre ellos también religiosos haredim (ultraortodoxos), 20%
musulmanes y 20% cristianos.
Funcionarios y enfermeros, de distintas
religiones, como en todos los hospitales de Israel.
¿Por qué viene un judío o un musulmán a
este hospital, que es una institución cristiana?
¿Por qué no?
Porque seguro tienen alternativas y quizás
los elementos cristianos no son los más naturales para, por ejemplo, un judío
religioso.
La verdad es que hoy en día hay acá más
mezuzot en las puertas, que cruces. Es cierto que hay imágenes de José el
Justo, que inspiró la creación del lugar, en las escaleras. La única cruz está
sobre la entrada del piso de abajo. No ponemos cruces en los departamentos a
menos que el paciente sea cristiano y la traiga consigo de su casa. Son las
familias las que traen las cruces. Nosotros no ponemos ni cruces ni mezuzot.
Los criterios son plenamente profesionales,
y no hay nada, entiendo, que pueda disuadir a quien no es cristiano.
Por supuesto. A mi criterio, cuando alguien
se interna aquí, la consideración es profesional, por la calidad del
tratamiento. En el hospital Hadassah destacan el nivel de nuestro tratamiento.
También tenemos más equipos que en otros lados. No digo que seamos mejores que
otros sino que mucha gente viene como voluntaria a pasar aquí un año de
servicio, vienen de Francia, Alemania, Holanda, viven aquí con nosotros, y es
gente que participa en lo que estamos haciendo, lo cual aporta mucho.
Son jóvenes, vienen por un año y traen todo
su corazón dedicado a ayudar a quien lo necesita. Aquí estudian lo básico de la
profesión de enfermería y de todos modos siempre trabajan con alguien formal
del equipo. Eso nos da más opciones, porque por ejemplo si tenemos dos personas
para bañar a un paciente, el baño es distinto que si lo tiene que hacer una
sola.
Hay otra consideración práctica para los
judíos haredim, que pueden llegar a pie a visitar a sus seres queridos en
shabat, porque estamos cerca de algunos de sus barrios.
De todos modos, hay gente que al no
conocernos, al principio, tiene dudas, ante lo cual yo les dijo claramente que
lo mejor para ellos será hablar con nuestro rabino , que él podrá decirles con
autoridad cómo es la situación acá. Ellos llaman al rabino y él les dice que
tienen suerte si hay una cama libre, que no dejen de tomarla. También hemos
tenido pacientes parientes de rabinos, que veían cómo funciona todo aquí y
ellos solos recomiendan a la gente que si un ser querido precisa un tratamiento
como el nuestro, llegue a nuestro hospital.
La religión es un tema personal, que no
tiene nada que ver con el hospital.
Exactamente. Acá no intervenimos para nada
en la religión de nadie. Eso no tiene nada que ver con el tratamiento. Claro
que no tratamos de cambiar a nadie de religión, ni del equipo, que es combinado
e incluye judíos, musulmanes y cristianos, ni de los pacientes, es evidente.
Tenemos gente que vive en asentamientos, trabajando junto con palestinos de
Ramallah. Juntos. Es que el objetivo aquí es tratar a los pacientes, darle lo
mejor al enfermo. Sólo de eso hablamos, no de religión ni de política.
Trabajamos juntos y esto funciona muy bien.
UN PROFUNDO ANECDOTARIO
Imagino que esta situación, que se ve por
cierto en todos los hospitales israelíes pero que estimo es muy especial cuando
casi se comparte la espera de la muerte, le ha dejado vivencias muy fuertes…
Sin duda.
Recuerdo que una vez había en una habitación una mujer religiosa, casi
ultraortodoxa, con la cabeza cubierta como se acostumbra, cuya hija venía todos
los días a verla. Compartía la pieza con una monja. Venían todos los días
monjas a visitarla, con sus hábitos por cierto. Un día falleció la madre de la
monja. La hija de la judía religiosa se le acercó-recuerdo que justo era un día
en el que habían llegado muchas visitas, muchos hombres judíos religiosos- y le
dio un fuerte abrazo. La religiosa judía y la monja, abrazadas. Y nadie pensó
que allí había algo raro o que estaba mal.
Seguramente también entre judíos y
musulmanes se habrán dado situaciones así…
Por supuesto. Nos pasó algo emotivo con dos
hombres, un musulmán y un judío. La esposa del judío se hallaba en muy grave
estado. En la familia musulmana, la hija había pasado un accidente de tráfico y
estaba en coma, muy joven. El padre vino a verla. Ese padre, musulmán, de un
lado. El esposo judío, del otro. La familia judía nos dijo que el padre ya no
estaba muy bien, que no se ubicaba bien y que no sabían qué sucedería cuando la
madre, o sea su esposa, muriera, porque él parecía no comprender cuán grave era
su situación.
Un día, falleció la mujer. El padre de la
jovencita árabe musulmana se levantó, se acercó al esposo de la señora judía
fallecida y le dio un abrazo. No tenían una lengua en común pero durante meses
habían estado en la misma pieza, cada uno junto a otra cama. Cuando hay seres
queridos en situación tan difícil, no importa de dónde llega el consuelo. Creo
que este es un regalo que los pacientes y sus familiares nos dan a nosotros, el
equipo, cuando vivimos estos momentos tan singulares.
A nivel humano, estos acercamientos siempre
son posibles. La política, no en el hospital.
En situaciones tan duras, nadie piensa en
eso. Recuerdo que una vez tuvimos una familia judía que hablaba francés. No sé
de dónde habían venido. El enfermo que la familia había traído a internar en
nuestro hospital, siempre decía que el Mesías vendría ese año. «Ya van a
ver, va a venir», solía decir. El falleció repentinamente, algo poco común
en general para enfermos en etapa de hospicio. Nos dijo «no me siento
bien, quiero volver a la cama», lo devolvimos a la cama y murió.
Mandamos a alguien a la casa de la familia,
ya que eran religiosos y no atendían el teléfono en shabat. Alguien, pues, les
avisó. Cuando fuimos a dar el pésame a su esposa durante la semana de duelo, la
shivá, le contamos a la esposa cómo había fallecido. Y entonces ella dijo:
«¿Sabe qué? No es un problema que no pude estar presente en el momento que
falleció. Porque él murió acompañado por su familia. Ustedes eran su familia.
Además, ustedes saben cómo él esperaba al Mesías. Sabemos que él hablaba de eso
todo el tiempo. Por eso, es muy importante que falleció en el hospital, entre
ustedes, un lugar en el que vivió seis meses, un lugar en el que nadie separa
según religión. Y eso es como la llegada del Mesías».
Para nosotros eso fue muy hermoso .Que la
esposa nos lo diga y que ella lo haya sentido así, lo cual seguramente también
la ayudó a ella misma.
CUENTAS CON DIOS
Qué emotivo todo esto que me cuenta
Monika…Usted misma es una persona creyente. ¿No se enoja a veces con el
Altísimo, al ver tanto sufrimiento?
Ya me enojé mucho cuando era voluntaria. No
entendía por qué la gente tiene que sufrir tanto. Y entonces me ocurrieron dos
cosas. Primero, tuvimos una mujer enferma de cáncer en los huesos que estaba
sufriendo mucho. Yo no era enfermera todavía, era en el año 87, y había cosas
que no entendía. Hoy, como enfermera, entiendo más. Ella sufría tanto que yo
siempre sentía que quiero salir de la habitación, porque no podía verla sufrir.
Cuando estaba llegando a la puerta me dije «no, no salgas, ella no puede
salir, así que mejor quédate con ella». Di marcha atrás y me acerqué a
ella. En ese momento entendí que la pregunta, el por qué, es importante, pero
que no tendremos la respuesta. Y si no podemos tener respuesta, entonces mejor
cambiar la pregunta.
¿Y cuál fue la nueva pregunta?
Ese es el segundo elemento que quería
contar. Encontré la nueva pregunta: qué mensaje debo ver en ese sufrimiento que
me cuesta presenciar, qué es lo que eso me llama a hacer. A veces, de todos
modos, igual me sigo enojando. Pero hoy, mucho menos. Yo, como cristiana, dijo
que el Señor mismo sufrió. Hoy, en lugar de enojarme tanto, logro ver las cosas
maravillosas que suceden al final de los días. Veo que se puede ayudar a paliar
varios de los síntomas, para que el paciente sufra mucho menos. Y si no lo
logramos, dejamos a la persona que pueda ir a dormir. Y la podemos despertar, y
si no sufre, queda despierta. Si sufre, la podemos volver a sedar.
Años atrás hubo una paciente que nos dijo
que sabe que está por morirse, pero que quiere ir al casamiento de su sobrina,
hija de su hermana. Nos lo planteamos como meta a alcanzar, le dimos dos
porciones de sangre por día, lo cual no suele hacerse cuando el tratamiento es
de apoyo, paliativo. Y fue a la boda. La maquillaron, se puso un lindo vestido,
un miembro de nuestro equipo la acompañó al casamiento. Estaba feliz y luego de
eso, ya no le dieron la sangre. A los dos o tres días, falleció. Estábamos muy
felices por ella. Y también, aunque suene extraño, felices por su
fallecimiento, porque sabíamos que llegó a eso recién después de lograr cumplir
el sueño que tenía. Ese tipo de cosas hacen que hoy me enoje menos.
¿Y qué pasa cuando el enfermo está enojado?
Nosotros le decimos al paciente que puede
estar enojado con D´s. pero que lo mejor será que tome su enojo de los Salmos,
que es una buena forma de sacarlo para afuera.
Esa es la otra cara del
sufrimiento…cuando se logra lidiar con él, se termina sintiendo más fuerza
quizás.
Con el sufrimiento físico la medicina sabe
lidiar. El emocional es distinto. Tuvimos un paciente cristiano que quería
convertirse al Islam. Tenía un quiste en
el cerebro y no era plenamente
consciente de lo que decía, pero se dirigió a un musulmán de nuestro equipo y
él vino y me contó lo que le había dicho el paciente. Sabía que decía lo de la
conversión porque el bulto en el cerebro le había afectado, que no podían
convertirlo así. Y entendimos que tenía razón.
Nuestro enfermero dijo otra cosa más: creía que ese hombre quería
liberarse de sus pecados.
Llamé a su iglesia y pedí que venga alguien
a ayudarnos. Más adelante, viene nuestro rabino y me dice «Monika, este
paciente quiere convertirse al judaísmo, pero yo no puedo! Sé que tiene un
bulto en el cerebro .pero creo que además tiene un problema con sus
pecados». Finalmente, el sacerdote lo liberó. No se puede andar cambiando
de religión. Para ese paciente, era un recurso para lidiar con sus problemas,
así lo intentó. Fue muy interesante porque también vimos que en todas las
religiones hay posibilidades de «liberar» a la persona. Si hubiera
sido musulmán, lo ayudaba un musulmán, si es judío lo ayuda un rabino y si es
cristiano, un sacerdote. En muchas cosas, somos todos iguales.
Recuerdo el caso de una señora judía que
quería ver ángeles. Estaba triste por no haberse muerto todavía., por no haber
llegado aún al otro mundo. Y estaba tan cerca…
RELIGIÓN Y MUERTE
¿Ve diferencia entre las distintas
religiones en relación a cómo encarar la muerte?
No, pero cada uno sí tiene oraciones y
tradiciones distintas, eso es sabido. Cuando se da a una persona oraciones que
conoce del pasado, aún si le llegan ahora en un momento en que ya sufre
inclusive de demencia, eso lo ayuda. Para el judío está el Shmá Israel. Para el
cristiano, la confesión con el sacerdote. Las plegarias cambian, pero el
significado es el mismo. Todos creemos que hay un D´s del que venimos, que es
más grande que todo y que en sus manos está nuestra vida, por lo cual ninguna
de las religiones aprueba el suicidio.
Todas creen además que está el otro mundo,
después de la muerte física, que la muerte no es el fin. En realidad, nadie
sabe qué pasa en el otro mundo. Todos sabremos recién cuando lleguemos allí.
Estoy segura que a todos nos esperan sorpresas, pero eso, en este momento, no
importa.
TAMBIÉN SONRISAS…
Antes hablábamos de libertad en Jerusalem.
Eso me lleva al tema del acceso a la parte antigua, hasta el 67. La ciudad
quedó dividida en la guerra de liberación en 1948. Este hospital estaba del
lado israelí, y las murallas de la Ciudad Vieja, justo aquí enfrente, ya eran
el lado cristiano.  Estaban sobre la
frontera. Y hay un caso famoso de una dentadura de una paciente, que salió
volando por la ventana…y se la pudo recuperar solamente con ayuda de las
Naciones Unidas ¿verdad?
El portón de entrada estaba clausurado
entre 1948 y 1967, porque por la calle en la que hoy pasan los coches y el
tren, estaba la frontera entre la Jerusalem israelí y la jordana. Acá cayó la
dentadura sobre la que cuenta Dullman.
Así es. Es que el hospital está justo sobre
lo que se llama «la costura», o sea la línea divisoria entre la
Jerusalem israelí y la jordana. La calle que nos separa de la Ciudad Vieja que
está enfente, era «tierra de nadie». Sabíamos que no podíamos salir
por esa puerta. Estaba cerrada. Los soldados israelíes montaban guardia en
nuestra iglesia y en la cercana Notre Damme, que está un poco más abajo. Y
enfrente, los soldados jordanos estaban en los techos de la Ciudad Vieja.Hoy,
en esa calle, pasa el tren, pero en aquel entonces, no se podía cruzar.
Lo que pasó fue que a una paciente de una
habitación de la punta, que daba frente a las murallas, se le cayó la dentadura
por la ventana. Las monjas llamaron a la Cancillería a pedir un alto el fuego.
Allí consideraron que era algo suficientemente importante, convocaron a la
comisión del alto el fuego, se aprobó la tregua, dos monjas salieron a la calle
acompañadas por un soldado jordano y otro israelí, además de un soldado francés
de las Naciones Unidas, con una bandera blanca, a buscar todos la dentadura. Y
la encontraron.
Esta ubicación tan singular, frente a la
Ciudad Vieja, sobre la línea divisoria, les habrá traído otros problemas.
Hubo un caso que hoy también podemos
recordar con una sonrisa. Es la historia
de una paciente que recibió una terapia radioactiva, en oncología. Era una caja
con cables. La paciente creyó que era una radio, apretó los botones y como no
salía música, la tiró por la ventana. De noche, salieron al jardín a buscarlo y
gracias a D´s lo encontraron en el jardín del hospital. Si hubiera caído sobre
la línea divisoria, afuera, podrían haber pensado que Israel usa armas
radioactivas, o Israel podría haber pensado que eso es lo que hacen los
jordanos. Durante años no se habló de eso.
La dentadura podía ser cómica en el momento
mismo, pero si alguien busca problemas, el tema radioactivo podría haber sido
más serio. Se habló del tema recién después del 67.
Ya no queda aquí nadie que haya vivido
aquella época me supongo…
No, nadie. Yo conocí una vez a una monja
que falleció a los 90 años, y que me contó que había tenido un milagro en vida.
En el monasterio de enfrente, de las Monjas Correctoras, estalló un incendio.
Su casa se estaba quemando y las monjas les gritaron a las nuestras «abran
la puerta que vamos corriendo para allí». Nuestra monja bajó, abrió la
puerta-aunque no había alto el fuego en ese momento- y contó luego que hasta
que las monjas pasaron, nadie, de ninguno de los dos lados, abrió fuego.
Respetaron a las monjas, que puedan salir de su casa. Para ella, había sido un
milagro.
No tengo palabras Monika para agradecerle
por todo esto.
Yo te agradezco el interés.