“Que operen a su antojo narices, labios, orejas (…), que ausculten, amputen, alisen o igualen, pero que dejen en paz el recuerdo” clamaba Elías Canetti, anticipando la época que podría agrietar y fundir los territorios de la memoria. Devoto de la realidad de entreguerra, que pudo escuchar minuciosamente con una “antorcha al oído”, no la imaginaba sustituida por mitos, emblemas y colecciones de imágenes fraguadas por otra generación.