Yasser Arafat pudo haber pasado a la historia como el hombre que declarara la fundación -real, no sólo simbólica- del estado palestino con Jerusalem Este como su capital, tal como le fuera ofrecido por los israelíes en las Tratativas de Camp David en el 2000. Eligió transitar otro terreno: el de la confrontación eterna, al patear la mesa de negociaciones y lanzar una intifada tras retornar a Ramallah como un Saladino moderno que combate hasta el final.