Los campos de concentración de la Alemania nazi fueron la expresión máxima del miedo y el terror. Pero el Holocausto no empezó ni acabó en los campos de concentración de Hitler. Habían comenzado ya durante su primer año de gobierno, en 1933, cuando se inició la persecución contra los judíos, su discriminación social, las humillaciones públicas de las personas, los asesinatos selectivos, el reclutamiento de los jóvenes judíos para el trabajo forzoso, la reclusión de las familias en barrios y casas especiales (las Judenhauser), la obligatoriedad de que los hebreos llevasen en sus ropas la estrella de David, para identificarlas como Untermensch (personas de raza inferior). Mi resiliencia es el testimonio de un superviviente, Sigfried Meir. Un niño judío entonces, que había nacido en la ciudad alemana de Francfort, en 1934, y que con tan sólo 9 años fue deportado junto a sus padres judíos (Moshe Meir y Jenni Bacharach) al campo de Auschwitz, en Polonia.