Edgar Feuchtwanger tenía apenas 8 años, pero sabía que algo siniestro se cernía sobre su vida y la de su familia. Lo presentía a esa edad, cuando la inocencia todavía podía palparse en algunos pocos rincones de la Alemania de los tempranos años 30. Sin embargo, la semilla del odio ya había sido sembrada en grandes capas de la sociedad y eso fue lo que aquel niño de Múnich percibió, cuando Europa todavía no se imaginaba la matanza que se avecinaría sobre sus tierras. Pero quien intuyó que algo malo iba a ocurrir fue algo más que un sobreviviente del Holocausto: Feuchtwanger fue vecino de Adolf Hitler durante varios años. Lo vio por primera vez en 1932, un año antes de que el mayor genocida de la historia fuera nombrado canciller.
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