Hitler lo tuvo claro desde el principio: el cine era un arma tan eficaz como el más letal de los tanques. Comenzó a usarlo en 1933, poco después de ganar las elecciones y subir al poder en Alemania. Pero fue sobre todo a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, cuando la maquinaria propagandística nazi cogió músculo y empezó a rodar superproducciones antisemitas del calibre de «El judío eterno» (1939) o «El judío Süss» (1940).