Días antes que fueran desenterrados los restos, y ante la presión internacional que reclamaba saber si Mengele estaba efectivamente muerto (Wiesenthal había ofrecido una recompensa de US$ 100 000 por su captura), muchos creían que el «ángel de la muerte» vivía en Uruguay, tras haber comprado —literalmente— la identidad de un conocido empresario local que supuestamente había fallecido en un accidente de tránsito en 1959. La CIA se contaba entre quienes pensaban que este uruguayo podía ser Joseph Mengele y por eso envió a nuestro país, en 1985, a su agente John Herbert, para montarle una discreta vigilancia…