Hace nueve meses que, desde las calles y plazas de sus ciudades, los ciudadanos egipcios lograron, en una de las expresiones más conmovedoras de la llamada «primavera árabe», desalojar pacíficamente del poder al autoritario Mubarak, hoy detenido y sometido a juicio por corrupción y violación de los derechos humanos de su pueblo. Desde entonces los militares egipcios asumieron colectivamente el liderazgo de la marcha de una imprescindible transición, que, sin embargo, resultó demasiado larga, desordenada y poco transparente. Está ahora claro que el primer diseño de la hoja de ruta preparada por los militares para conducir a su país a la normalización fue equivocado.