Es absolutamente correcto estar preocupado e indeciso sobre la posibilidad de entrar en una guerra con Irán. La guerra, como lo muestran los recientes acontecimientos en Irak y Afganistán, es una peligrosa, sangrienta, y a menudo sucia situación caótica en la que las cosas van mal; los civiles son asesinados sin querer; el propio bando de uno sufre pérdidas; y los objetivos no necesariamente no se logran. A veces la guerra es necesaria. Ese fue claramente el caso en Afganistán en 2001, pero menos claro en Irak en 2003. ¿Cuáles son los objetivos? ¿Cómo van a ser ganados? ¿De qué manera puede una guerra ser llevada a su fin? ¿Cómo se define la victoria? Todos estos son problemas serios.