Durante la primera semana, la escritora escuchó las confidencias de la cantante a la puerta de entrada de la casa de ésta, en un taburete. Enloquecida, aquejada de manía persecutoria, en esa primavera de 2003, Wiera Gran dormía con un martillo y un destornillador debajo de la almohada, sin salir de casa porque vivía convencida de que sus enemigos judíos rondaban al acecho y aguardaban cualquier oportunidad para desvalijarla.