Weimar y su pecado original

Weimar y su pecado original

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El efecto de la Primera Guerra Mundial fue destruir los lazos que la cultura alemana tenía con el pasado utilizable y con el entorno foráneo con el que para todos, menos para los cosmopolitas más irreductibles, congeniaba. Fueron unos pocos quienes mantuvieron abiertos los cauces de comunicación; en 1915, en plena guerra, el socialista fabiano y célebre psicólogo Graham Wallas escribía a su amigo, el socialista revisionista alemán Eduard Bernstein, lo siguiente: «En la actualidad vive uno al día sin apenas osar pensar en el futuro. Pero a veces espero que, cuando llegue la paz, tú y yo podamos vernos y estrecharnos la mano, y decirnos que nunca hemos tenido, el uno del otro, un pensamiento que no fuese amable, y sentarnos después a considerar si podemos contribuir de algún modo a cerrar las heridas de la civilización». La tarea cultural de la República de Weimar fue capitalizar tan nobles sentimientos para restaurar los lazos rotos.

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Vivir en democracia

Vivir en democracia

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La ola de agitación popular que recorre Europa, Medio Oriente y el Magreb expone las abismales diferencias entre los gobiernos democráticos y las dictaduras a la hora de responder a las demandas populares. En Israel, 250.000 «indignados» protestaron en Tel Aviv en el pasado fin de semana sin que al gobierno constitucional de Benjamín Netanyahu se le ocurriera reprimir a quienes reclaman por más «justicia social». En Siria, en cambio, el dictador Bahar Al Assad, no vacila en ametrallar a los manifestantes que piden reformas.

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