Atendiendo a las declaraciones de sus sirvientes, el «verdadero» Adolf Hitler era hombre desquiciado (solía ofuscarse de forma enfermiza con el trabajo), descuidado (podía pasarse tres días sin cambiarse la ropa interior) y -entre otras tantas cosas- sumamente obsesivo (ejemplo de ello es que se volvía loco cuando alguien tardaba más de unos pocos segundos en colocarle bien una moñita). Por si fuera poco, y en contra del mito que se ha extendido, los testimonios recogidos en la obra coinciden también en que el líder nazi adoraba disfrutar de la compañía de las mujeres y mantenía relaciones sexuales con su amada Eva Braun.