En 1994 dictaba mis clases de Derecho Penal en la Universidad de Buenos Aires. Promediaba el año y mis alumnos eran jóvenes que abordaban la materia entre las primeras de sus carreras de abogado. Había tomado y corregido los exámenes parciales y comencé aquella clase informando la calificación obtenida a cada estudiante. Fue entonces cuando alguien me anunció que Paola ya no conocería el ocho que había merecido su prueba. Pocos días antes, el criminal atentado a la AMIA había acabado con su vida.