Sin embargo, a pesar de todos los ecos, el derramamiento de sangre que ha envuelto a Irak, Líbano y Siria en las dos últimas semanas expone algo nuevo y desestabilizante: el surgimiento de un Oriente Próximo posestadounidense en el que ningún intermediario tiene el poder, ni la voluntad, para contener los odios sectarios. En medio de este vacío, los islamistas fanáticos han prosperado en Irak y Siria bajo la bandera de Al Qaeda, a medida que los conflictos de ambos países se amplifican mutuamente y fomentan un radicalismo cada vez más profundo. Detrás de gran parte de todo ello está una gran rivalidad entre dos grandes potencias petroleras, Irán y Arabia Saudita, cuyos gobernantes, que dicen representar al Islam chiíta y sunita, respectivamente, en forma cínica imponen una agenda sectaria que hace que casi cualquier tipo de acuerdo sea una herejía.