Cuando el grupo extremista Estado Islámico (EI) irrumpió inesperadamente en Iraq, su declaración de guerra colocó entre sus primeros objetivos a los chiíes y a los llamados safávidas.
Cuando el grupo extremista Estado Islámico (EI) irrumpió inesperadamente en Iraq, su declaración de guerra colocó entre sus primeros objetivos a los chiíes y a los llamados safávidas.
Con el derrocamiento de cada dictador, ha reflotado la comparación entre las plazas tunecinas, libias o egipcias y las plazas húngaras, polacas o alemanas. ¿Pero tiene sustento la analogía? ¿Tiene sentido comparar, por ejemplo, a los berlineses orientales con los campistas egipcios que se asentaron en la plaza Tahrir de el Cairo?
¿Hay alguna forma de acabar con la guerra en Siria? De momento, no. Y tampoco parece que en el futuro próximo. Casi 200.000 personas murieron desde el inicio del conflicto, según estimaciones de la ONU. Cerca de 11 millones de sirios, lo que viene a ser la mitad de la población, se han visto obligados a dejar sus casas. De ellos, más de tres millones abandonaron el país.
Si hubiera controles correctos de sitios web y de las herramientas sociales en Internet, ¿sería el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) tan fuerte y eficaz como lo es hoy? La respuesta es simple: “No”. El ISIS no habría sido tan eficaz, ni hubiera podido ampliar sus operaciones en la forma en que lo ha hecho. Éste “no” no constituye una idea o hipótesis, es una realidad que se confirma diariamente en las noticias que han revelado la captación de adolescentes y delincuentes de todo el mundo que han sido seducidos para unirse a los yihadistas.