El viernes de esta semana amanecimos acribillados por noticias a repetición que daban cuenta de una sucesión de atentados terroristas excéntricos a su imperio geográfico cotidiano. La noche previa, nos acostamos adormecidos e inermes por el silencio mediático y político con el que otras manifestaciones recurrentes de la barbarie de idéntico signo y magnitud nos acunan mediante silencio mediático, acostumbramiento y varios cuentos de hadas. Los cables daban cuenta precisamente de ametrallamientos de turistas en la playa tunecina de Susa, luego en una mezquita chiíta de Kuwait en momentos de oración. También en Siria, donde dos coches bomba explotaron y mataron a militares del régimen de Bachar al Asad y más cerca nuestro, geográfica y culturalmente, en la ciudad francesa de Lyon, a casi seis meses de la masacre en el semanario Charlie Hebdo, fue hallado decapitado un hombre, con inscripciones en árabe en la cabeza.