“No hay guerras justas. Lo que hay son causas justas”. La frase se la escuché por primera vez hace más de veinte años a Adolfo Pérez Esquivel, probablemente en unas jornadas sobre derechos humanos que se desarrollaron en una universidad del barrio de Flores, en Buenos Aires. Por aquellos años, Argentina y Uruguay transitaban sus primeros años de restauración democrática, entre pedidos de justicia ante la barbarie militar. En estas últimas horas, mientras veía por televisión caer las bombas sobre Gaza y las ciudades israelíes como Sderot, Ashkelon y la misma Tel Aviv, volvió a mi memoria aquella sentencia del premio Nobel de la Paz.