Alem García y el Holocausto

Alem García y el Holocausto

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Ante la pregunta del periodista de cómo su abuelo paterno se instaló en Rocha, cerca del Chuy, Alem García responde: «Mi abuelo paterno…vino huyendo de Siria…no hay Holocausto sirio porque el árabe, no sé si por influencia de su cultura o la religión, no se queja…». Así se transcribe en dicho Semanario. ¿Qué quiso decir el Sr. García? En un «disparo por elevación», indirectamente -más bien directamente- quiso decir que hay quienes sí se quejan. Está claro a quienes alude sin nombrar: a nosotros, los judíos.

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Una verdad que golpea

Una verdad que golpea

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«Hace unos años, descubrí que un bisabuelo mío servía en la Luftwaffe mientras otro bisabuelo lo hacía en las SS, siendo destinado en 1939 a Polonia. Allí su unidad expulsó a miles de judíos de sus casas y estuvo involucrado en el fusilamiento de muchos de ellos. Después, supervisó un campo de concentración cerca de Belgrado», confiesa la joven alemana Luisa Lupprich ante centenares de israelíes, entre ellos supervivientes del Holocausto y familiares de víctimas de la maquinaria nazi, que reaccionan con dolor y conmoción a la cruda revelación. El estremecedor silencio que envuelve el detallado relato de Lupprich en el centro de la ciudad israelí de Kfar Saba se convierte en aplauso cuando añade: «El descubrimiento de la verdad sobre mi familia fue un ‘shock’. Cambió mi vida. Decidí elevar mi voz contra del antisemitismo y a favor de Israel».

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Para que la memoria siga viva

Para que la memoria siga viva

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“El camino hacia Auschwitz se construyó con el odio, pero se pavimentó con la indiferencia”. Noelly Fernández de Talgham (80) lee en voz alta. La frase, que lleva la firma del historiador británico Ian Kershaw, acompaña la foto de la entrada del campo de concentración y exterminio nazi, que hoy ocupa la primera pared con la que los visitantes se topan al ingresar al Museo del Holocausto de Buenos Aires. “Esa imagen, qué fuerte. Antes no la podía mirar”, dice bajito. Magalí Faerverguer (24) la abraza y le da un beso. Sus vidas se cruzaron recién hace dos años cuando Magalí, que trabaja como maestra jardinera y es estudiante de Medicina, decidió participar del proyecto Aprendiz, que organiza el museo para vincular a un sobreviviente de la Shoá con un joven, que escuche su historia y se comprometa a contarla a las próximas generaciones. La propuesta duraba tres meses, pero ellas no se separaron más. Hoy dicen que ya son familia. Hasta ahora, 139 personas pasaron por esta experiencia en el país.

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Setenta años de silencio

Setenta años de silencio

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Charlotte y Ruperto se conocían desde hacía veinte años. Ella, directora de la Universidad ORT de Uruguay; él, político, miembro del Tribunal de Cuentas del país y escritor. Un día, ella le invitó a cenar en su casa en Montevideo con otros profesores universitarios. Él llegó antes que el resto. Mientras estaban en la cocina acabando de preparar las viandas, Ruperto le preguntó: -¿Tú qué hiciste en la Segunda Guerra Mundial? Charlotte se quedó paralizada. Al cabo de unos instantes comenzó a contar. Rompió setenta años de silencio. Era una de esas historias en que la realidad supera lo imaginable. Así que Long decidió que el mejor vehículo para narrar lo que le habían explicado era una novela. De esta forma nació La niña que miraba los trenes partir.

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