Alberto Nisman no era un suicida. Al menos, no lo parecía. Jamás se lo vio deprimido, ni exhausto, ni acobardado. Creía que su investigación sobre los autores intelectuales y financieros de la masacre de la AMIA terminaba en la conducción del gobierno de Irán. Creía ciegamente en esa hipótesis y confiaba, también, en que su trabajo concluiría comprobando la veracidad de esa pista.