La portada del ‘Daily Progress’ fue
profética: este diario de Charlottesville, en Virginia, publicó una foto de
supremacistas portando antorchas bajo el titular: “Fuego y furia”.
Sucedía horas antes de que la protesta se tornara más violenta y letal. En
efecto, grupos formados por la extrema derecha, neonazis y miembros del Ku Klux
Klan que se congregaron desde el viernes para protestar en contra de la
retirada de una estatua del general del ejército confederado Robert E. Lee,
desataron todo el fuego y la furia contra los manifestantes que marcharon para
mostrar su repudio a las esvásticas, los saludos nazis y los ataques dirigidos
a judíos, afroamericanos, inmigrantes y gays.
Días antes de este espectáculo bochornoso y
aterrador en el que un joven de Ohio, identificado como James Alex Fields,
atropelló con su auto a contramanifestantes, matando a al menos una persona y
dejando múltiples heridos, el presidente Donald Trump se había jactado de que
todo “el fuego y la furia” de Estados Unidos caería sobre Corea del
Norte “como nunca visto antes”.
Poco después de que la sangre corriera en
una localidad tomada por los nostálgicos de una América Antebellum, Trump
sancionó de modo genérico los actos, condenando la violencia “de muchos
lados”. A pesar de que el presidente no es tímido a la hora de hacer
comentarios contundentes, una vez más no hizo mención directa a la ultraderecha
racista del país.
Más de un político en las filas
republicanas se ha apresurado a desmarcarse de este encogimiento del presidente
y ha llamado a las cosas por su nombre. Además, unos y otros se preguntan por
qué a Trump le cuesta tanto repudiar abiertamente a quienes en Charlottesville
desfilaron armados y al canto hitleriano de ‘Blut und Bolden’ (“sangre y
tierra” como exaltación étnica de la tierra que se ocupa y se cultiva) y
gritaron consignas antisemitas. Ciertamente, no debería causar extrañeza la
reticencia del mandatario estadounidense. Eso sería pasar por alto hechos que
eran preocupantes desde el principio: fue Trump, ya con la intención de ocupar
un día la Casa Blanca, quien impulsó el movimiento Birther, con el fin de
sembrar la duda entre muchos que acabarían votando por él, de que el ex
presidente Barack Obama era un impostor que no había nacido en Estados Unidos,
sino en África. Aquella falsedad prendió en el imaginario de los supremacistas
blancos, quienes han adoptado la narrativa de que “otros” han venido
a usurpar unos privilegios de los que se creen dueños.
En la campaña electoral
Trump recurrió a un populismo que avivó el resentimiento de un sector de la
población blanca. Bajo la influencia ideológica del ultra nacionalista Steve
Bannon y apoyado por personajes como el ex líder del Ku Klux Klan David Duke,
prometió construir un muro en la frontera con México, deportar a todos los
indocumentados, prohibir la entrada de musulmanes, impulsar políticas
proteccionistas e imponer “la ley y el orden” en barrios
mayoritariamente negros. Su lema, “Devolverle a América su grandeza”,
lo exhibieron en Charlottesville los ultras que votaron por él. El astuto David
Duke, que estuvo al frente de las protestas, dijo que estaban allí para
“que se cumplan” las promesas de Trump. Y poco después de los terribles
sucesos, le advirtió al presidente por medio de un tuit que “se mirara al
espejo” y recordara que “fueron los americanos blancos quienes te
llevaron a la Presidencia y no los radicales de izquierdas”. El fuego y la
furia es un boomerang que arrasa con todo y con todos.
Cargados de fuego y furia en Charlottesville
14/Ago/2017
El Mundo, España, Por Gina Montaner