Cada vez más lejos de la paz

25/Ene/2017

La Nación, Por Julio María Sanguinetti

Cada vez más lejos de la paz

En octubre, el Consejo de la Unesco dictó
una resolución que desconocía el derecho de Israel sobre una zona de Jerusalén
que incluye nada menos que el legendario Muro de los Lamentos, último resto del
templo del rey Salomón. A fines de diciembre, el Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas ordenó a Israel retirarse a los territorios anteriores a la
guerra de 1967 (en la que fue agredido y no agresor). Ello supondría devolver
el este de Jerusalén y las alturas del Golán, decisivas para el mantenimiento
de sus fronteras. La novedad de esta resolución es que Estados Unidos se
abstuvo y al no ejercer el veto, por vez primera, habilitó la adopción de esta
resolución. Por supuesto no tendrá efecto práctico cuando un nuevo presidente
norteamericano se ha manifestado en contra de ella.
Más allá de esta secuencia, queda claro que
con el paso de los años, muchas cosas han cambiado. La simpatía que Israel
concitaba como un pequeño David acosado por una avalancha de países árabes ha
cambiado, porque su fuerza ha sido superior a la de los que niegan su
existencia, y no sólo ha logrado subsistir, sino prosperar y construir una
sólida democracia. Los últimos gobiernos israelíes conducidos por Benjamin
Netanyahu han cultivado un estilo agresivo y actúan hasta hoy bajo la presión
de partidos religiosos que, si bien no son violentos, resultan tan
intransigentes como los radicales islámicos a la hora de buscar soluciones. No
se puede ignorar tampoco el avance real del mundo islámico en la organización
internacional (donde es fundamental financista) y la existencia de un
terrorismo que todos dicen combatir, pero que genera temores e inhibiciones que
no están muy lejos de esta machacona condena a Israel.
Por supuesto, no es sostenible la validez
jurídica de muchos de los asentamientos judíos en Cisjordania. Pero no es más
antijurídica que la negativa a reconocer la existencia del Estado judío por
parte del gobierno de Gaza, en manos de Hamas, organización terrorista que
proclama todos los días su voluntad de destruir a su vecino, lo que intenta con
misiles o el estímulo a acciones individuales sangrientas. Cabe recordar que
Israel se retiró de territorios conquistados en la guerra, como el Sinaí que
devolvió a Egipto, con quien hizo la paz, o la Franja de Gaza, a la autoridad
palestina, que -desgraciadamente- ha sido base de operaciones agresivas.
Si el gran desafío es lograr la paz, la
pregunta es: ¿pronunciamientos de este tipo nos acercan a ese objetivo?
Los hechos nos dicen que no. Seguir
alentando a los palestinos a pensar que su reconocimiento como Estado y su
reconquista de algunos territorios colonizados va a venir a fuerza de
declaraciones internacionales y no de una negociación es alejarse del camino de
la paz. ¿Qué interés tendrán en negociar los radicales palestinos si la
comunidad internacional les reconoce todos sus reclamos sin exigirles nada, ni
siquiera condenar claramente su acción terrorista?
Son reconocibles algunos excesos del
gobierno israelí. Puede pensarse que son homólogos a las agresiones que recibe.
Notoriamente su sistema institucional es respetable: su justicia ha condenado
excesos de sus soldados, ha condenado algunos asentamientos y hoy mismo el
propio primer ministro está siendo investigado por la policía en eventuales
actos de corrupción. Es cierto que a una democracia respetable como esa cabe
pedirle mayores esfuerzos, pero no a costa de concesiones sin la menor
contrapartida.
El tema es que si Occidente no entiende que
el reconocimiento recíproco de la existencia de las dos partes es una condición
previa a toda conversación, nada puede avanzarse. Es imposible negociar cuando
una de las partes niega la propia existencia de la otra.
Por eso es que no vemos que esta mayoría
abrumadora de la comunidad internacional nos acerque a la paz con estas
resoluciones unilaterales. Máxime cuando -no se puede ingenuamente ignorarlo-
Occidente está agredido por un radicalismo islámico que todos los días lo hiere
con hechos sangrientos y proclama su destrucción. ¿Alguien pensó lo que
ocurriría en Francia o Alemania si el ejército israelí tuviera una derrota
importante? ¿No se advierte que en el escenario palestino se juega también
buena parte de la sobrevivencia occidental?
Los dos Estados deben existir, reconocerse,
establecer fronteras seguras y confiables, y convivir bajo una real garantía
internacional. Lejos de acercarnos a ese final, cada día nos alejamos.
Ex presidente de Uruguay