El humor ha desempeñado un papel central en la historia de los judíos, fundando la conciencia del pueblo. Según el sicoanalista Theodor Reik, el humor judío ocupa una posición similar a la del esprit francés, como el testimonio preciso y permanente de su presencia en el mundo. Así, entender el humor judío es también conocer la historia de este pueblo y sus reacciones frente a ella.
Génesis
El humorismo judío tiene orígenes tan antiguos como los mismos textos sagrados del pueblo. Como señala Judith Stora-Sandor, escritora de El humor judío en la literatura, “numerosas generaciones de judíos, introducidos a partir de los cuatro años en los meandros de las discusiones talmúdicas, terminaron por adquirir un hábito mental que consiste en examinar las cosas desde todos los ángulos, extraer conclusiones abstractas a partir de hechos concretos, razonar a fortiori, interpretar, especular y encontrar la respuesta más sutil a las preguntas más complejas”. Surgieron así innumerables parodias y anécdotas para burlarse de esa clase de razonamientos y del ingenio tortuoso que requiere. Estos rasgos discursivos se pueden ver en prácticamente todos los autores judíos, que han sabido usarlos para crear efectos cómicos.
Otra fuente del humor judío proviene de una tradición igualitaria entre las comunidades judías de Europa del Este. Siglos atrás, hubo juglares satíricos llamados badjonim que actuaban en las bodas, burlándose y deslustrando amablemente la imagen de la gente importante de la comunidad. Como señala el rabino Moshe Waldoks, el humor pretende desinflar el ego de la gente que se considera mejor y más poderosa.
Pero el humor judío también fue un mecanismo de autocrítica dentro de la comunidad, y es ahí donde realmente tuvo más poder. El humorista, como el profeta, básicamente llevaba a la gente a concentrarse en sus puntos débiles. El humor de Europa del Este estaba centrado particularmente en defender a los pobres de la explotación de las clases altas u otras figuras de autoridad, por lo que todos recibían burlas: los rabinos, los dirigentes y los ricos. Realmente servía como una catarsis social.
¿Autoironía o masoquismo?
Rabí Altmann y su secretaria están sentados en un café en Berlín en 1935: “Herr Altmann”, dice la secretaria, “¡veo que está leyendo Der Stürmer! ¡No lo entiendo! ¡Un periódico nazi! ¿Es usted masoquista?”. “Al contrario, Frau Epstein. Cuando leía los periódicos judíos, solo me enteraba de pogromos, disturbios en Palestina y asimilación en América. Pero ahora que leo Der Stürmer puedo ver mucho más: que los judíos controlamos todos los bancos, que dominamos en las artes, y que estamos a punto de someter al mundo entero. Créame, ¡eso me hace sentir mucho mejor!”.
Para ilustrar sus teorías sobre el humor, Sigmund Freud relataba la historia de un condenado que al ser enviado a la horca un lunes exclamaba: “¡Esta semana sí que empieza bien!”. Podríamos hacer una analogía entre el condenado y el pueblo judío. Con una situación desesperada durante siglos, a falta de armas ofensivas, los judíos se concentraron en las defensivas. En efecto, según Freud, el humor constituye la manifestación más elevada de todos los procesos de defensa. Una agresión que debería apuntar hacia el exterior se vuelve contra el interior. Durante siglos, muchos autores judíos imaginaron incontables historias en las que sus héroes se encontraban acorralados, a veces en situaciones dramáticas en las que se evadían o fingían hacerlo a través de una autoironía más o menos cruel.
Entre las palabras idish usadas en los chistes judíos no hay que olvidar la expresión shlemiel. El shlemiel es una persona que “encara una situación de la peor forma posible o que es perseguida por una mala suerte derivada en mayor o menor grado de su propia ineptitud”. En consecuencia, un shlemiel es la víctima de su propia estupidez. Reik añade la combinación inferioridad/superioridad que descubre en el humor judío y también en la condición judía de la diáspora en general. El pueblo elegido por Dios es subestimado, perseguido, despreciado, combinación que efectivamente aparece en el dicho judío: “El shlemiel a menudo tiene jutzpe”. Traducido al lenguaje sicoanalítico: en el humor judío hay tanto masoquismo como agresividad.
De hecho, varios sicoanalistas han identificado una fuerte tendencia masoquista en el humor judío. Grotjahn utiliza la fórmula siguiente para describirlo: “Victoria a través de la derrota. Siempre se trata de la agresión vuelta contra sí mismo, como si el judío quitara la peligrosa hostilidad de manos de su perseguidor y la apuntara contra su propio pecho diciendo: ‘Sé hacerlo mejor que tú’”.
Para muestra basta un botón. En respuesta a un concurso internacional de caricaturas sobre el Holocausto patrocinado por el periódico iraní Hamshahri en 2006, un grupo de artistas israelíes organizó un concurso de caricaturas antisemitas, cuya convocatoria estaba abierta… ¡exclusivamente para judíos! “Le vamos a enseñar al mundo que nosotros podemos hacer las mejores caricaturas antisemitas, las más mordaces y las más ofensivas que jamás se hayan publicado”, dijo uno de los organizadores. “¡Ningún iraní nos va a ganar en nuestro propio terreno!”.
Del multilingüismo a la “idishización” del humor
El bilingüismo e incluso el multilingüismo de los judíos es un fenómeno que se remonta al comienzo de la historia del Judaísmo. A raíz de sus migraciones, los judíos se hicieron muy versados en varios idiomas. Además, aun cuando los miembros de la comunidad adoptaran la lengua del país receptor, poco a poco la trasformaban para su uso propio, convirtiéndola en una lengua específica. La misma naturaleza de estas lenguas de fusión permitió a los autores conseguir efectos cómicos mezclando diferentes componentes de la lengua o registros de lenguajes diversos.
El idish, la lengua hablada por los judíos de Europa Central y del Este, tiene un sonido ideal para el humor, junto con una habilidad para formar nuevas palabras que facilitan los chistes. El idish ha sido reconocido por ser tan rico en posibilidades cómicas, que incluso aquellos que no lo entienden son capaces de reírse ante muchos de esos términos. Dicen que Francis Scott Fitzgerald solía entrar a un delicatessen judío solo para escuchar la palabra knish. Términos como shnuk y shmendrik, shlemiel y shlimazel (que se suelen considerar palabras intrínsecamente chistosas) se explotaron por sus sonidos humorísticos.
Y es que sucedió que, en el caso de quienes se refugiaron en Estados Unidos, también el inglés era rico en posibilidades cómicas, al menos el inglés hablado por los judíos con ascendencia inmigrante, que tomaron la nueva lengua y la enriquecieron no solo con frases en idish sino también con ritmos judíos, así como los negros hicieron con la música estadounidense. El resultado fue una suerte de equivalente verbal al jazz que se ejemplifica mejor en los monólogos espontáneos de los comediantes y novelistas judíos.
Esta “idishización del humor estadounidense” —como lo llamó el novelista cómico Wallace Markfield— se desarrolló en los últimos cincuenta años. Paralelamente a la literatura propiamente dicha, el cine, el vodevil, Broadway, los centros nocturnos, la radio, la prensa y la televisión, contribuyeron muchísimo a la evolución de ese fenómeno. La prueba indiscutible se encuentra en el uso que hacen libremente los no judíos de términos idish como meshugue, shmuck, etc. Escritores como Saúl Bellow, Bernard Malamud o Philip Roth lograron crear en algunas de sus obras una especie de “estilo fusionado” en el que el idish resuena dentro de la estructura de la lengua inglesa, creando un efecto muy humorístico.
“Ha habido una cierta aceptación del estilo judío de humor en la cultura estadounidense, de manera similar a como el jazz creado por los negros ahora se considera estadounidense”, observa Waldoks. “Se trasforma en el momento en que cierto estilo de humor se desplaza de un público cerrado al público general”. Quienes hicieron eso de manera más eficaz, y quizá son los más conocidos y exitosos, fueron los hermanos Marx. Realmente ellos iniciaron la trasformación del humor judío comunitario al humor judío como un estilo urbano abierto a todo el mundo.
En la historia del humor del siglo XX sobresalen los nombres de grandes comediantes judíos: George Burns, los hermanos Marx, Lenny Bruce, Mel Brooks, Woody Allen y recientemente Jerry Seinfeld. La propensión a examinar la vida con un ojo judío quizá está mejor ejemplificada en estos últimos dos. Al crear un programa de televisión supuestamente “sobre nada”, Seinfeld indudablemente popularizó más que ningún otro comediante contemporáneo la sensibilidad del humor judío. En su programa, hasta los personajes que no son judíos parecen serlo. Woody Allen ya lo había hecho en el cine, pero para efectos de popularización no es lo mismo que tener a los personajes cada semana en la sala de televisión de casa.
No cabe duda de que el humorismo judío ocupa un lugar especial en la cultura popular. Las películas de Chaplin, notablemente El gran dictador, impregnaron el cine de un estilo tan judío que muchos siguen creyendo que él lo era. Varios comediantes gentiles, como Danny Thomas y Steve Allen, incluyeron “material judío” en sus repertorios.
Así pues, se puede inferir que no es exagerada la idea de que el judío ha contribuido de un modo relevante a la comedia occidental.
Breviario del humorismo judío
02/Sep/2015
Nuevo Mundo Israelita, por Sandra Strikovsky