Los Rothschild, la
familia judía que dominó las finanzas de Europa durante el siglo XIX, dio
varias generaciones de banqueros y una oveja negra que compartió la suerte de
los músicos de jazz en Nueva York. Para los creadores de bebop fue Nica, la
baronesa del jazz; para los Rothschild, Annie Pannonica, casada y divorciada
del barón Jules Von Koenigswarter. La alteridad de su vida parece anunciada en
su nacimiento: aficionado a la entomología, el padre le puso el nombre de una
polilla. Ella dijo que se trataba de una mariposa, pero era una polilla, y como
quiera leerse la historia las dos especies mezclaron las alas.
Hannah Rothschild debió
saltar muchas vergüenzas familiares para escribir la biografía de su tía
abuela, a la que visitó en unas pocas ocasiones. Su libro es la crónica de un viaje
a los secretos de los Rothschild, con algunas soluciones de compromiso, y al
amparo de un genio negro, pobre y loco llamado Theolonius Monk.
PANNONICA
Que el dinero puede ser
una jaula de oro es un lugar común que la aristocracia y la alta burguesía han
ido desflecando en la vida moderna, pero los Rothschild tenían motivos muy
concretos para mantenerla cuando Pannonica nació en Londres, en diciembre de
1913, hija menor de un heredero del clan inglés y una heredera del clan
húngaro. El fundador de la fortuna, Amschel Moses, determinó que solo los hijos
varones por línea directa podían participar de la banca y heredar, sumado al
compromiso de que todos se casaran dentro del clan de los Rothschild. La
previsión mantuvo unido el poder financiero, pero a inicios del siglo XX
escaseaban los herederos varones, las últimas generaciones mostraban una
disposición a gastar la fortuna antes que a aumentarla, y se incrementaron los
casos de esquizofrenias, depresiones y extravagancias, se sospechaba ya que por
efecto de los matrimonios entre miembros de la misma sangre. El padre de
Pannonica, nada entusiasmado con sus responsabilidades en la banca, se cortó la
garganta con un cuchillo a los 46 años, y una hermana de Pannonica vivió
internada en clínicas psiquiátricas durante gran parte de su vida.
Pannonica fue la hija
menor del matrimonio, que tuvo tres niñas y un varón, único privilegiado en los
estudios porque las mujeres no recibieron instrucción formal y apenas
conocieron a sus padres. Las niñas vivían en otra residencia atendidas por un
ejército de lacayos, pero cenaban en sus respectivos cuartos y solo
compartieron la mesa familiar cuando cumplieron la mayoría de edad. “Durante mi
infancia —dijo Pannonica— mis únicos amigos fueron los caballos”.
En 1935 durante una cena
de los Rothschild en Le Touquet, Francia, Pannonica fue raptada por Jules Von
Koenigswarter, un ingeniero en minas diez años mayor, francés, viudo, con un
hijo, que se la llevó de la mesa al aeropuerto para escaparse en su aeroplano.
Pannonica pilotaba también, con conocimientos muy rudimentarios, y repitieron
locuras similares, incluido el casamiento oficial. Antes de la Segunda Guerra
tuvieron dos hijos, vivían en una fastuosa finca de 80 hectáreas en Normandía,
con un tren de dos vagones, uno para la comida caliente, otro para la fría, que
circulaba continuamente de la cocina al comedor para abastecer los gustos de
sus invitados. En ocasiones alrededor de cien.
La guerra acabó con eso.
Jules se alistó como teniente en Ruán. Pannonica resistió en la villa hasta que
los alemanes le pisaron los talones —saquearon el castillo tres días después de
su partida—, cruzó a Inglaterra, llevó a sus hijos a Canadá y regresó a Londres
para alistarse en el Ejército de la Francia Libre. Jules había partido al frente
africano y por su condición de mujer los oficiales la querían en la reserva,
pero Pannonica se las ingenió para volar a África y buscar a Jules hasta
encontrarlo. Desde 1942 hasta el final de la guerra combatieron juntos y
separados en el continente negro —dicen que llegó a pilotar un bombardero
Lancaster—, en El Cairo, en Italia, de nuevo en Francia, y cuando terminó la
guerra la nombraron teniente. Poco después Jules fue nombrado embajador en
Noruega, donde nacieron los dos últimos hijos de la pareja, y luego embajador
en México. Entonces Pannonica llevaba unos años de mortal aburrimiento como
esposa del embajador, ocupada en preparar las mesas de los invitados y sostener
las parodias sociales en las cimas del decoro. Nada de eso respetaba el recuerdo
de sus días en la guerra. En 1949, durante un viaje a Nueva York, antes de ir
al aeropuerto para regresar a México pasó a saludar a un viejo amigo, el
pianista Teddy Wilson. Teddy le hizo escuchar el primer disco grabado por
Thelonious Monk. Entonces ella se puso a escuchar Round Midnight, dos, tres,
veinte veces. Perdió el avión. Se quedó en Nueva York y largó todo al diablo.
“Jamás había oído nada parecido”, contó Nica años después.
NICA
Desde niña había prestado
atención a la música que llegaba del otro lado del Atlántico. Su padre solía
escuchar los discos de Scott Joplin, Beiderbecke, Louis Armstrong, George
Gershwin. Su hermano Víctor había tomado unas clases en Londres con el pianista
Teddy Wilson, que poco más tarde presentó a Nica. Antes de la guerra había
viajado a Nueva York para escuchar en vivo a las estrellas del jazz y asistido
en París a las giras de Duke Ellington, Coleman Hawkins, Charlie Parker y Dizzy
Gillespie, de modo que tenía el oído preparado para distinguir los golpes de
Monk en el teclado. Lo tocaba como un instrumento de percusión, que le dio el
primer apodo de “Carpintero”, con armonías complejas que incluían los silencios
y los hacía sonar, sin perder el ritmo y dando la sensación de que tocaba las
melodías por fuera, por los bordes y por dentro, en una sucesión de laberintos.
Pero entonces Monk vivía al margen de la notoriedad que alcanzaban sus amigos
como parte de una revolución en el sonido del jazz llamada bebop, a la que
había realizado aportes decisivos. Malvivía, casado y con dos hijos, en un
pequeño apartamento de dos ambientes en el barrio San Juan Hill, al suroeste
del Central Park. La que mantenía el hogar era su esposa Nelly, trabajando como
costurera, y Monk desarmaba la música del piano. Había estudiado en la prestigiosa
Peter Stuyvesant School y recibido de su madre una pasión por los grandes
compositores clásicos, que estudió por cuenta propia. Había participado en las
míticas jam session del Minton’s, en Harlem, y aunque la crítica lo rechazaba,
de sus ideas musicales bebían Gillespie, Parker, Miles Davis. Todos lo
reverenciaban bajo el apodo de “Supremo Sacerdote”, aunque Davis no lo
soportaba en la base rítmica, decía que lo volvía loco. Tenía serios problemas
con las drogas: un cocktail regular de alcohol y bencedrina, marihuana,
heroína, ácidos y otros fármacos que lo dejaban catatónico hasta el momento en
que despertaba en el piano con tres compases y puras genialidades.
Nica entró en la escena
del jazz como una novedad exótica y sin conocer a Monk. Se compró un
Rolls-Royce, se instaló en una suite del exclusivo hotel Stanhope —vivía de un
fondo de inversión—, y se dedicó a pasar las noches en los Night Club de la
calle cincuenta y dos. Una mujer blanca, con una chequera en la mano, dispuesta
a pasear a cualquier músico negro en un espléndido Rolls-Royce por la avenida
Broadway, parecía la alucinación de un viaje de ácido. Pero era real, la
llamaron La baronesa, y aprendieron a respetarla. Se vinculó con Teddy Wilson,
Horace Silver, tuvo amores con el baterista Art Blakey y con el saxofonista Al
Timothy. Se despertaba al anochecer, se acostaba en la mañana, y resistía las
protestas del hotel cuando se le daba por disparar a las lámparas con su
pistola o los músicos negros subían a su suite, bajo el escudo del dinero y el
apellido que portaba.
A Monk no lo conoció
hasta 1954. Nica había regresado a Inglaterra para reordenar su vida. Los hijos
habían quedado con Jules y los veía cada tanto, intentando rescatar la
relación, pero la familia grande estaba escandalizada. Cuando supo que Monk
tocaba en París, se tomó un avión y fue a buscarlo. Monk hacía una gira porque
tenía prohibido tocar en público en los Estados Unidos. En 1951 iba en un auto
con el pianista Bud Powell cuando los detuvo la policía. Powell llevaba una
papelina de heroína y la arrojó del coche, pero cayó cerca del oficial. Los
sacaron del auto, les dieron una paliza y los esposaron. Bud había sido
golpeado con brutalidad durante una reclusión en 1945 y había pasado más de un
año internado en un psiquiátrico. Los electroshocks lo habían devastado y Monk
sabía que no resistiría la cárcel de nuevo. Dijo que la heroína era suya. Lo
encerraron tres meses en la prisión de Rikers Island y le sacaron la licencia
para actuar por siete años.
Nica y Monk pasaron
juntos la estadía en París y cuando Monk regresó, ella alquiló el Royal Albert
Hall, la sala de concierto más importante de Londres, con capacidad para más de
cinco mil espectadores, con la idea de dar a conocer su música a un público más
amplio, pero Thelonious y sus compañeros necesitaban autorización para salir de
Estados Unidos y esta vez no se la concedieron. Debió pagarlo todo, regresó a
New York y una mañana estacionó su Rolls-Royce en la puerta de la casa de Monk,
bajó con un abrigo de pieles y ante la mirada atónita de los vecinos subió los
dos pisos por escalera hasta el desvencijado apartamento para conocer a Nelly,
sus dos hijos, y hacerse cargo de todo lo que necesitaban para vivir.
Desde entonces Nica
acompañó a Monk durante veintiocho años. Se repartía con Nelly la carga de
llevar adelante los gastos, las enfermedades, las necesidades de la familia y
del genio. Compró un piano de cola y lo instaló en su suite para que Monk
pudiese componer con tranquilidad, movió todas sus influencias para que le
quitaran la prohibición, sin suerte, y acompañó a la pareja en todas sus giras
internacionales. Le tenía devoción, y cuando le levantaron la interdicción
ocupaba la primera mesa junto al escenario, fumaba de su larga boquilla negra y
tomaba grabaciones caseras. Monk estaba encantado con tener a una Rothschild a
sus pies, la quiso y la hizo respetar en todos los tugurios avisando que pese a
ser blanca “estaba dentro de la onda”, y si quería alardear llamaba a Nica y
Nelly “mi perra blanca, mi perra negra”, con ese código reo que el imaginario
del jazz alternó siempre con títulos nobiliarios como el Rey, el Duke, la
Baronesa, el Sumo Sacerdote, el Príncipe de la noche, y otras grandilocuencias.
DETRÁS DE ÍCARO
En la noche del 12 de
marzo de 1955 Charlie Parker golpeó a la puerta de Nica en el hotel Stanhope, y
le pidió algo de beber y de comer. Se suponía que Parker debía viajar a Boston
para dar un concierto, pero camino al aeropuerto se detuvo en lo de Nica, en un
estado deplorable. Hacía poco había intentado suicidarse tomando yodo, bajo el
impacto de la muerte de su pequeña hija Pree y el abandono de Chan, su mujer.
Nica estaba con Janka, la hija que secundaba sus pasos en el mundo del jazz, lo
hizo sentar en un sillón, le dio grandes cantidades de agua y llamó al doctor
Freymann, su médico personal. La historia ha sido contada muchas veces. El
médico creyó que Parker tenía sesenta años, cuando en realidad tenía treinta y
cuatro. Le preguntó si solía beber. “A veces un jerez antes de cenar”, le
contestó Charlie, con un resto de humor. Y poco después, mientras se entretenía
con el programa The Dorsey Brothers Stage Show que pasaban en la televisión, se
atragantó en medio de una carcajada y se murió. Una ambulancia se llevó el cuerpo
a la una de la mañana, pero no se informó de la muerte de Parker hasta pasadas
48 horas, una demora que fue pasto de infinitas especulaciones. Nica no era muy
amiga de Parker, pero todos los músicos sabían que podían contar con ella a
cualquier hora, frente a cualquier necesidad.
El escándalo la expulsó
del hotel y todos los medios de prensa dieron al episodio una gran publicidad.
Había muerto la mayor leyenda de la historia del jazz, destruido por las
drogas, en casa de Nica, y el último médico en atenderlo había sido Freymann,
un cirujano que tenía una clínica en el Upper East Side y Juan Carlos Onetti
habría declarado amigo de Díaz Grey. Ann Dunn, otra tía abuela de Hannah
Rothschild, asegura que en la sala de espera del doctor Freymann de un lado estaban
las señoras de Park Avenue, y al otro lado los músicos que aguardaban su
inyección. Se suponía que les daba Vitamina B, pero les suministraba “los
pinchazos de la felicidad”, con heroína y otros fármacos.
Las drogas devastaron a
varias generaciones de jazzistas, principalmente la heroína durante los años 40
y 50. No pueden explicar su extraordinario talento ni apartarse de la historia
del jazz, tampoco de la violencia racial que los músicos negros debieron
enfrentar a lo largo de sus carreras. Su único reino fue en los escenarios,
conquistado dentro de la música que levantó una escalera para trepar al cielo,
pero invariablemente se deshacía en las calles, carreteras y moteles de Estados
Unidos, donde volvían ser los mismos negros de mierda de siempre, por más
virtuosos y célebres que fueran. Thelonious Monk no fue una excepción.
Investigada a fondo por
la policía de narcóticos, Nica consiguió otro hotel, hasta que de nuevo la
expulsaron, y en 1958 su hermano Víctor consiguió comprarle una casa con jardín
en Nueva Jersey, con una vista espectacular al río Hudson y a Manhattan.
Después de una breve internación en un psiquiátrico, del que la familia y Nica
consiguieron rescatarlo, Monk había recuperado su libreta y estaba en un buen
momento, la crítica por fin lo reconocía, le ofrecían contratos y sus discos se
vendían. A fines de ese año Nica salió a la carretera en su nuevo auto, un
Bentley Convertible, con los músicos de la banda para hacer 500 kilómetros
hasta un club en Delaware, pero al llegar a New Castle se toparon con un
patrullero y dos oficiales que insistieron en que Monk se bajara del auto. Las
explicaciones de Nica lograron tranquilizarlos, por un rato. Los volvieron a
interceptar en la carretera, bajaron a Monk por la fuerza y lo golpearon hasta
dejarlo inconsciente, pese a los gritos de Nica, desesperada porque lastimaran
sus manos. Se ensañaron con ellas. Cuando encontraron marihuana en el auto, los
policías sonrieron de satisfacción. Pero esta vez fue Nica la que se declaró
dueña de la droga, dejaron a un lado a Monk y le iniciaron un juicio que estuvo
a punto de llevarla a la cárcel con una condena de diez años.
Sus abogados finalmente
consiguieron anular el juicio y desde entonces Nica y Monk compartieron la
complicidad de buenos momentos, y de los otros, porque Monk era un genio
inestable, capaz de pasarse cuatro y cinco días sin dormir, ponerse a girar en
la calle como un niño de cinco años, sonar una noche como los dioses y malograr
la siguiente tocando el piano con los codos. Cuando ya enfermo se separó de
Nelly, Nica se lo llevó a su casa, buscó curarlo por todos los medios posibles
y lo amparó durante los diez años siguientes, en los que Monk se negó a volver
a tocar. La casa de Nica no era especialmente acogedora, alojaba más de 300 gatos
—solo 45 tenían permiso para entrar a su dormitorio— y Thelonious no hacía otra
cosa que permanecer acostado en el dormitorio de arriba, sin hablar, en un
estado catatónico que se hizo crónico. Envejecieron juntos. Thelonious murió el
17 de febrero de 1982, a los 64 años, y Nica el 30 de noviembre de 1988.
Porque la vida dibuja sin
preguntar, y sin responder, la historia de ambos acaba, sin embargo, el día del
velorio de Monk. Entonces Nica ocupó el primer lugar en la fila de los deudos
junto a Nelly. Muchos músicos se acercaron a darles el pésame, y cuando salió
el cortejo hacia el cementerio de Ferncliff, en Hartsdale, Nica montó un
escándalo para que Nelly y sus hijos encabezaran la marcha en su Bentley.
Debían viajar cuarenta kilómetros, y quiso el destino que el auto se rompiera a
mitad de camino. Los Monk pasaron a la limusina de alquiler y Nica quedó al
costado de la ruta, sola. Entonces debió encender un cigarrillo, apartar una
polilla, tal vez llorar, o mirar la ruta con la cabeza apoyada en una mano, el
codo sobre la ventanilla del auto, mientras el cortejo se alejaba y se perdía
para siempre.
PANNONICA, de Hannah
Rothschild, Circe, Barcelona, 2014. 350 páginas. Distribuye Océano
Biografía de Annie Pannonica Rothschild: La baronesa del Jazz
28/Nov/2014
El País Cultural, Carlos María Domínguez