Las vejaciones del régimen sirio Sirios rezan ante los cuerpos de fallecidos en la represión en la localidad de Hula. | Reuters
Isabel Munera | Madrid
10/12/2011
Amputaciones, descargas eléctricas, golpes, quemaduras, violaciones… Ésta es la estrategia que está empleando el régimen sirio que preside Bashar Asad para ahogar la voz de su pueblo. Sin embargo, su macabra estrategia parece que no está dando sus frutos porque los sirios siguen saliendo a la calle día tras día.
El viernes la brutal represión desplegada por las fuerzas de seguridad acabó con la vida de al menos 32 personas en un nuevo viernes de violencia. Esta sábado se celebra en todo el mundo el Día Internacional de los Derechos Humanos y la alta comisionada de la ONU en esta materia, Navy Pillay, ha pedido una vez más al Consejo de Seguridad que actúe para frenar la sangría en Siria. Pillay ha recordado que más de 4.000 personas han muerto desde el inicio de las revueltas a mediados de marzo y que se deberían adoptar medidas para detener la represión antes de que las cifras de víctimas crezcan «en miles y miles de personas».
Los sirios se han cansado de buscar a sus familiares en las morgues y de descubrir que sus cuerpos han sido objeto de todo tipo de vejaciones. Y es que, pese a la negativa de Asad de permitir la entrada de observadores internacionales en el país, nada ha podido impedir que los testimonios del horror sufrido en las salas de los interrogatorios y en las prisiones viera la luz.
La organización Observadores Sirios para los Derechos Humanos ha hecho público un informe en el que denuncia la existencia de cámaras de tortura en Siria. Lugares en los que los detenidos son sometidos a prácticas como la tortura del gato, que consiste en introducir a un preso desnudo en un saco junto a un gato –una técnica que se emplea sobre todo con las mujeres para hacerlas hablar–. O la del pollo asado, en la que un preso es colgado de un palo de metal y, durante horas, es sometido a golpes, quemaduras e incluso le llegan a introducir objetos en el ano.
De ese calvario sabe mucho el periodista argelino, colaborador del diario francés ‘Le Monde’, Khaled Sid Mohand, que sufrió en su propia piel las torturas que sus carceleros le infligieron mientras estuvo en prisión. Sin embargo, para él no fue nada, «en comparación con lo que sufrían los otros presos, incluidos los adolescentes».
‘Bofetadas, puñetazos, patadas…’
Su testimonio, al igual que el de otros muchos, ha sido recogido por la Organización Acción Cristiana para la abolición de la tortura en su informe anual. Mohand recibió «bofetadas, puñetazos, patadas» e incluso lo amenazaron con violarlo, pero asegura que todos los días oía «a los gritos de presos que iban en aumento hasta que hombres maduros parecían transformarse en niñas pequeñas».
Este periodista argelino cayó en la trampa que le tendieron los servicios de seguridad sirios y durante más de tres semanas vivió encerrado en una celda sin luz de apenas dos metros. Muchas veces pensó que allí terminaría sus días. Estaba convencido de que no le dejarían libre, después de haber sido testigo de hasta dónde podía llegar la crueldad del régimen. Pero sus peores augurios no se cumplieron y tras más de 21 días de sufrimiento fue puesto en libertad, gracias según él a la presión de la embajada argelina.
Khaled ha llegado a tiempo para contar su historia, algo que no pudo hacer el doctor Sakher Hallak, que fue visto por última vez con vida el pasado 25 de mayo. La siguiente ocasión en la que sus familiares se reencontraron con él fue en una morgue y su cuerpo estaba cubierto de moretones y magulladuras. Sin ojos, con muchos huesos rotos y con el pene mutilado.
Sus verdugos, pese a que explicaron a sus allegados que lo habían encontrado en ese estado en la calle, no ocultaron en ningún momento las marcas visibles de las torturas a las que Hallak fue sometido. Trataban, como en otros muchos casos, de «aterrorizarles e infundirles miedo», según denuncia la Organización Acción Cristiana, para que sepan lo que les espera si siguen oponiéndose al régimen.
Sin embargo, ni las torturas ni el ver cada día como aumenta el número de muertos han podido frenar al pueblo sirio que sigue saliendo a la calle para exigir la marcha de su presidente, porque no quieren que un tirano siga gobernando sus vidas.
Nadie parece creerse las palabras de Asad que en una entrevista para ABC News el pasado miércoles aseguró que jamás había dado «órdenes para matar o ser violento». Los valientes testimonios de sus víctimas afirman lo contrario.
Bashar Asad castiga a su pueblo torturándolo
12/Dic/2011
El Mundo, España, Isabel Munera