El laberinto del Nobel

Quienes hemos tenido el privilegio de frecuentar círculos y tertulias intelectuales en Nueva York, París, Londres, Berlín y México, por nombrar solamente algunas de las ciudades donde pasa la cultura del mundo de un modo intenso y vital, sabemos que una plática frecuente de los medios culturales gira cada año en torno a los nombres de autores “nobilizables”, esto es, de autores que por su trayectoria, por sus méritos, por el impacto de su obra y, en ocasiones, por más o menos veladas razones de “geo política”, son candidatos “relativamente” firmes para obtener el que ha sido reputado como máximo galardón de las letras universales.

Se sabe: hay Nobeles olvidables y Nobeles merecidos que nunca llegaron a la meta: Borges es un caso típico de Nobel frustrado, de escritor que lo merecía y jamás lo obtuvo. Cela es un Nobel muy probablemente merecido literariamente pero, a la vez, muy poco “políticamente correcto”, aunque por el momento en que fue otorgado el galardón y atendiendo al retorno de España a la democracia y al seno de la civilización europea, se entiende que José Camilo Cela fuera una figura de consenso entre izquierdas y derechas.

Un hombre serio

Un sorpresivo prólogo dialogado en Yiddish y ubicado en algún lugar de la Europa del este tal vez en el siglo XIX da comienzo al filme, presagiando lo que veremos y comprenderemos a continuación: la vida es un misterio sin resolver. Tras este inicio, comienza otra historia, esta vez ambientada en 1967.

Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg) es un profesor de física que se asume como un hombre serio y decente, sin embargo el mundo y Dios parecen darle la espalda. Judith (Sari Lennick), su esposa, abiertamente tiene una relación sentimental con Sy (Fred Melamed), quien trata muy condescendientemente a Larry en pos del divorcio ritual, el Get. Esto sacude a este hombre que nunca ha hecho nada malo (de hecho, nunca ha hecho nada), ante cuyos ojos ahora todo a su alrededor parece derrumbarse pieza por pieza.

Israel

Estaba sentado en el Expreso de Joe, nuestro Café Internet local. Hace más o menos una semana apareció un corto ensayo mío en la Murfreesboro Post. Escuché a un hombre de mediana edad hablando acerca del ensayo, y me presenté como el autor. Después de algunos minutos de conversación intrascendente, me preguntó, “¿Hay alguna idea que Uds. los judíos no se animen a abordar?”

La pregunta me desconcertó. Le pregunté que quería decir. Me dijo, “No sé, simplemente me parece que a los judíos les ha dado por la ideas. Quiero decir, yo fui al colegio en el noroeste y conocí a muchos judíos, y ninguno estaba de acuerdo sobre nada judío. Un tipo era muy tradicional, y algunos otros eran ateos. Pero todos estaban orgullosos de ser judíos. Quiero decir mi iglesia está toda alborotada por esta nueva película “Golden Compass” (La Brújula Dorada) como si la película nos fuera a robar la fe a nosotros y a nuestros chicos. Parecemos peleles. Como si tuviéramos miedo a las ideas, especialmente a las ideas que no apoyan nuestra noción de lo que está bien y es cierto. No veo que pase esto entre los judíos y me preguntaba que piensa Ud. hacer de esto.”

Turquía, Hamas y las “Guerras Mediáticas” del siglo XXI

La acción de la Marina israelí sobre la “flotilla pro-palestina” del pasado lunes 31/05 derivó en un escándalo internacional a gran escala. Si a Israel se le impuso un choque armado que claramente no buscaba, y pudo finalmente detener los barcos que pretendían quebrar su soberanía, ¿por qué para el mundo entero Israel perdió esta batalla?; ¿y por qué Turquía y Hamas se anotan unos tantos a su favor? Un nuevo tipo de guerra está en desarrollo.

Buena parte de las guerras a lo largo de la historia han respondido al interés de los Estados en servirse de resultados mediáticos para objetivos políticos internos (y el Medio Oriente lo ha vivido repetidas veces). Sin embargo, emprender para ello “Guerras Convencionales” implica enormes riesgos para los límites territoriales y la propia estabilidad del régimen.