Auschwitz: un recorrido por el corazón del horror nazi

29/Jul/2016

La Nación, Argentina, Por Víctor Ingrassia

Auschwitz: un recorrido por el corazón del horror nazi

LA
NACION recorrió el mayor lugar de exterminio que levantó Adolf Hitler en 1941 y
donde murieron más de un millón de personas
Hiela la
sangre, aunque no sea invierno. Se corta la respiración, aunque sople un viento
fresco. No salen las palabras y el alma parece hacerse añicos. Mil sensaciones
recorren el cuerpo y la mente cuando uno sabe que va a ingresar al mayor escenario
de horror que supo tener el planeta durante el siglo XX: el Campo de
Concentración de Auschwitz, en Polonia.
LA
NACION recorrió este horroroso lugar, construido por orden de Adolf Hitler,
tras la invasión de la Alemania nazi a Polonia en 1939, que se erigió como el
mayor campo de concentración y eliminación de personas en la historia. Hoy,
está convertido en un gran museo Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, para
recordar siempre lo que aquí paso y evitar que se repita.
Francisco
visita hoy este lugar, pero a diferencia de sus dos predecesores, el polaco
Juan Pablo II, con su sentida homilía, y el alemán Benedicto XVI, criticado por
su discurso, el papa argentino guardará silencio.
Son 70
los kilómetros que separan a Cracovia, la más bella ciudad polaca y capital del
país hasta el siglo XVII, de Oswiecim, la localidad que concentra los dos
campos: Auschwitz I, el de concentración original, y Auschwitz II o Birkenau,
construido posteriormente como lugar de exterminio de más de 1,1 millones de personas.
Y en
cada uno de esos kilómetros recorridos, los pensamientos se profundizan y la
angustia crece, mientras el conductor de la camioneta que nos lleva al
«tour del horror», enciende un pequeño monitor y comienza a rodar un
video para conocer un poco más de la historia de tan tétrico lugar.
La
puerta hierro de acceso a Auschwitz con la tristemente famosa frase Arbeit
Macht Frei (El trabajo los hará libres), es el comienzo de un recorrido lleno
de profundas sensaciones, que nos hará el guía Manlio Beltrán, un colombiano
que desde 2012 trabaja aquí y conduce dos visitas por día en español.
«La
famosa frase de la puerta principal es el comienzo de un gran engaño porque
aquí nunca se hizo realidad, ya que en Auschwitz nada te hacía libre, además de
la muerte», explica Manlio a LA NACION y a un pequeño grupo de diez
personas que ingresaban al campo de exterminio.
Tras
atravesar la puerta con la curiosa frase, los pasillos del complejo conducen a
inmensas barracas, donde estuvieron amontonados los hombres y mujeres que luego
iban a ser exterminados.
«Auschwitz
fue construido en 1940 para albergar a los prisioneros políticos polacos que ya
no cabían en las cárceles. Ellos fueron los primeros en llegar, pero no
tardaron en seguir los miembros de la resistencia, intelectuales, homosexuales,
gitanos y judíos», agrega Manlio.
Y
agrega: «Además de apelar a la fuerza, el ejército nazi se encargaba de
engañar a los judíos, como método alternativo para ingresar al campo de
concentración, ya que les quitaban sus viviendas y les llegaban a ofrecer
trabajos importantes para que dejaran atrás todo y llevaran sus más preciados
bienes consigo. El viaje en camiones o en tren los dejaba exhaustos y cuando
llegaban a Auschwitz eran separados para trabajar, si eran aptos, o directamente
para ser ejecutados con diferentes técnicas».
El
recorrido se sumerge en los distintos barracones abiertos como museos y en sus
pasillos se observan largas filas de fotos de prisioneros que estuvieron allí
alojados. En uno de ellos se puede leer la famosa frase del escritor George de
Santayana: «Los pueblos que no conocen su historia están condenados a
repetirla». Una leyenda como mensaje al mundo: que jamás se repita esta
barbarie.
Tras
cruzar un frío patio, ingresamos al barracón número 11, llamado «El bloque
de la muerte», destinado para los prisioneros rebeldes donde se les
aplicaban torturas y castigos en pequeñas celdas de 1 x 1 metros.
Posteriormente, pasaban sus últimos días encerrados sin comida, hasta morir de
hambre o eran colgados o ejecutados en una pared de fusilamiento contigua donde
se destacan los orificios de bala grabados.
«Al
ingresar a los distintos pabellones, los prisioneros que no servían para
trabajar por ser débiles, lisiados, o muchas veces mujeres, debían despojarse de
todas sus pertenencias y en otra sala, de sus ropas, con la excusa de tomar una
ducha caliente e higienizarse tras un agotador viaje. Pero ya sabemos de qué se
trataban esas duchas que no eran duchas, sino cámaras de gas», afirma el
guía con voz calma pero que ahoga un grito de indignación.
La
valija de la prima de Anna Frank se distingue entre otras
Esa es
la introducción a otro pabellón, donde se pueden observar distintos bloques
vidriados, en donde se apilan en cada uno de ellos, valijas o bolsos; en otro,
anteojos; en otro, distintas prótesis, bastones y muletas; en otro, artículos
de limpieza personal como afeitadoras, brochas y navajas. Pero el que más
impresiona es el que apila cabello humano, muchas veces vendido para la
fabricación de telas que en ocasiones los nazis llevaban en sus abrigos.
El tour
se traslada ahora al otro campo de exterminio de mayor tamaño, Auschwitz II o
Birkenau, ubicado a tres kilómetros del primero, donde en su entrada principal
se destacan las vías que llevan al último tren estacionado dentro del complejo,
donde los prisioneros eran bajados y seleccionados según sus aptitudes, para
trabajar, para realizarles experimentos o para ser exterminados.
Este
campo de concentración, construido en 1941 no se levantó como todos los demás
(para que se realizaran trabajos forzados), sino como un lugar propio de
exterminio. Con una extensión de 175 hectáreas dividido en varias secciones
delimitadas con alambres de púas y rejas electrificadas. Para ello fue equipado
con cinco cámaras de gas y hornos crematorios, cada uno de ellos con capacidad
para 2500 prisioneros.
Las
cámaras de gas allí instaladas son el único lugar donde no se permite tomar
fotografías, y las latas, algunas con el contenido de gas Zyklon B se apilan a
un costado, detrás de un vidrio. Cuando todos los prisioneros habían muerto se
los revisaba para que no tuvieran ningún objeto de valor, como dientes de oro,
aros o anillos, y eran llevados a los hornos crematorios.
En una
de las paredes de la sala se lee una frase del comandante de la SS que dirigía
Auschwitz, Rudolf Höss, cuando fue detenido e interrogado: «Se llevaba a
la gente a las cámaras de gas. Entraban de a 200, todos apretados. Normalmente
se tardaba de 3 a 15 minutos en aniquilar a toda la gente, es decir, en que no
quedasen signos de vida. En 24 horas se podía incinerar a 2000 personas en los
cinco hornos».
Muestra
del gas pesticida que utilizaban los nazis para matar personas
La cita
termina con una frase que no contiene ningún tipo de remordimiento por sus
actos: «Que fuera necesario o no ese exterminio en masa de los judíos, a
mí no me correspondía ponerlo en tela de juicio, quedaba fuera de mis
atribuciones».
Al
principio, no ingresaban mujeres al campo, pero en 1942 comenzaron a
trasladarlas allí, donde algunas eran sometidas a crueles experimentos médicos,
como mutilaciones y esterilizaciones, o directamente eran asesinadas.
La
caminata prosigue por algunas barracas que no fueron modificadas, donde se
muestran las enormes letrinas y los restos de los hornos crematorios y las
cámaras de gas. Los nazis intentaron destruirlas antes de su precipitada huida
por la llegada del Ejército Rojo, proveniente de Moscú que ingresó el 27 de
enero de 1945, liberando a los 7000 prisioneros que seguían allí con vida.
La
visita termina en una gran fosa, donde eran enterradas las cenizas provenientes
de las cámaras crematorias.
El
silencio del papa Francisco durante su visita a Auschwitz, es el que se apoderó
de nosotros durante los 70 kilómetros de regreso a Cracovia.