Apostillas a una rebelión

29/Ago/2011

El Observador, Pablo Aragón

Apostillas a una rebelión

29-8-2011 POR PABLO ARAGÓN ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
Intentemos resistir el caer en una adjetivada rapsodia a la fuerza de la libertad que, en Libia, mece el trono de una tiranía de más de 40 años: al fin y al cabo, el zorro aún se esconde en su madriguera, cuenta con apoyos en reductos como Sirte, su ciudad de origen, o la frontera sur del país, desde la que aún le llegan recursos. Para no hablar de sus enemigos, hoy nucleados en torno a lo que se llama el Consejo de Transición Nacional (CTN), un opaco paraguas bajo el cual se resguardan antiguos personeros del régimen, líderes tribales desafectos, guerrilleros montañeses y jóvenes urbanos, de los que nadie fuera de Libia sabe nada.
Intentemos, por ende, resumir en algunos puntos las novedades que la rebelión libia deja a su paso, y a la espera de los desarrollos que aún encierra su futuro.
El primero hace al modesto triunfo diplomático de la administración Obama. Cuando, el pasado abril, Washington recorría los pasillos de la diplomacia pidiendo a la OTAN impedir una matanza en el reducto rebelde de Benghazi, un artículo del New Yorker señalaba que eso era lo único que la administración Obama podía hacer, a la luz de las comprometidas campañas militares en Irak y Afganistán, o la confrontación con Irán, o el ajuste a una China en ascenso. Uno de sus asesores habría expresado al redactor de la nota que las acciones del presidente Obama en Libia equivalían a «conducir desde el asiento trasero». Esto significó un dolido ulular de la derecha republicana, para la cual Washington no puede sino cabalgar al frente, librar cuantas guerras se crucen en su camino y convertir al consiguiente desastre en una «doctrina» que los niños aprenderán más tarde en las escuelas. Pues bien: no hay aún una «doctrina Obama», conducir desde el asiento trasero ha sido un modo realista de contribuir a la caía de Gadafi y, lo que es más positivo, nadie vio un soldado estadounidense desfilando en Trípoli, o derribando estatuas del tirano. Enfrentar, en los albores del siglo XXI, a una administración estadounidense consciente de sus limitaciones y dispuesta a ceder la iniciativa y responsabilidad a otros, no deja de ser una bienvenida y modesta entrega.
El segundo punto tiene que ver con las señales de insólita madurez de la llamada «calle árabe». Mientras Europa y Washington hicieron en estos últimos años la triste contorsión de convertir a un execrable payaso como Gadafi en un jefe de Estado bienvenido a las galas con el pretexto de que era un aliado en la «lucha contra el terror», los libios no dejaron de verlo no como el ridículo personaje que aparentaba ser (vírgenes de escolta, masajista ucraniana, toallas convertidas en multicolores mantos), sino como el tétrico dictador al que deben la pérdida de 40 años de libertades. La salida de Gadafi del escenario es un aldabonazo sobre la puerta de Bashar al-Assad y su régimen, como no lo llegó a ser la de Saddam Hussein, impuesta por una injustificable intervención armada de EEUU.
El tercer punto tiene que ver con la OTAN, esa organización en busca de un objetivo casi desde el día mismo del fin de la ex URSS, hace ahora más de 20 años. El discurso era simple: ya nadie quería a Washington metiendo las narices en Europa, y esta iba camino a su tonto sueño federalista. Pues bien: Libia nos ha mostrado, una vez más y por si lo precisáramos, que Europa sigue siendo un continente de dispares nacionalidades y no una unión pensada desde Bruselas. Como ocurriera en Bosnia (1995) o Kosovo (1999), Europa ha mostrado carecer de respuestas únicas a los grandes dilemas humanitarios y bélicos. La OTAN aún tiene, por tanto, un rol que cumplir.
El cuarto punto se vincula al anterior: el único país ajeno al diseño de la OTAN, Francia, ha sido el que liderara la campaña de apoyo a los rebeldes libios, coordinando el entrenamiento que, con británicos y quataríes, se les brindara, así como las campañas de bombardeos aéreos selectivos que tanto limitaran la acción de Gadafi y sus tropas en el este del país. En lo inmediato, este papel debería ser un activo para el presidente francés, Nicolas Sarkozy, en su carrera por obtener la reelección, pero lo mediato es lo que más importa: si EEUU asume que el orden internacional del futuro lo encontrará ocupando el asiento trasero, el asiento delantero será, por fuerza, de aquellos más dispuestos a soportar el peso de ser una potencia estabilizadora. ¿El Reino Unido? Mmmm ¿Francia? Quién sabe ¿Alemania? De ninguna manera: Berlín ha hecho por los rebeldes tanto como Hugo Chávez por Gadafi parlotear.
El quinto punto atañe al mundo árabe. La Unión de Emiratos Árabes y Qatar no sintieron temor de jugar su suerte tras la de los rebeldes. Ignorando la estúpida complicidad que los gobiernos árabes han mantenido tradicionalmente con los matones del barrio, acudieron prontamente a colaborar con la OTAN, asumiendo su papel de custodios de un orden regional. Es un mensaje inquietante para dos lugares: en primer término, los reductos dictatoriales de Yemen y Siria (donde la soledad de los tiranos con la ira de sus pueblos es cada vez más atronadora), y, en segundo, Israel, donde la presencia de un mundo árabe convulsionado, seguro de sí mismo, y legitimado por la lucha contra gobiernos de fuerza, es una realidad a la que claramente no se le da la bienvenida.
Estas novedades, por cierto, tendrán el desarrollo que la historia les tenga en reserva: ¿logrará la rebelión de los expoliados convertirse en una esperanza, o cederá frente al apetito de las facciones o la seducción de otro iluminado? ¿La libertad conquistada en las calles degenerará, tal vez, en anarquía?
La OTAN, cuyos aviones sonaban a liberación, ¿será mañana execrada por un torbellino de extremismo islámico que haga de Gadafi y sus excesos una era dorada, a añorar?
Nadie puede dar una respuesta a estos interrogantes en el fascinante caleidoscopio del Cercano Oriente.