“…el antisemitismo es un virus que viene afectando a la humanidad en por lo menos los últimos dos milenios, y que tiene como característica que va mutando, trasformándose, cambiando de rostro”. Crédito imagen: estaentumano.org
En marzo de 2020, la humanidad se vio sorprendida por un misterioso virus denominado Covid-19, que infectó a alrededor de 800 millones de personas, causando aproximadamente unos 7 millones de víctimas fatales.
Este virus afectaba el sistema respiratorio causando daño pulmonar, el sistema cardiovascular provocando arritmias y miocarditis, se producía pérdida del olfato y del gusto entre otras peculiaridades.
Los laboratorios del mundo trabajaron las 24 horas en una lucha frenética por obtener una vacuna que pudiera frenar el avance de este peligroso flagelo, que había no solo asesinado a millones, sino paralizado a la humanidad con pérdidas incuantificables.
Al final, a los nueve meses del inicio de la pandemia, en diciembre de 2020, se empezaron a suministrar las vacunas Pfizer, Biotech, Moderna, Astra Zeneca, etc. Es decir, los grandes laboratorios del mundo trabajaron 24/7 para combatir el flagelo que atentaba contra la salud fisiológica del ser humano, y desde mi punto de vista, con éxito.
Ahora bien, sabemos que el antisemitismo es un virus que viene afectando a la humanidad en por lo menos los últimos dos milenios, y que tiene como característica que va mutando, trasformándose, cambiando de rostro; de la persecución al judío por motivos religiosos como “deicida”, a motivos raciales en el siglo XIX cuando apareció la tesis del darwinismo social, y el primer concepto universal del antisemitismo como odio o prejuicio hacía lo judío y que tuvo su máxima expresión en el nazismo, para luego mutar hacia el “antisionismo” como una forma de atacar la existencia del Estado de Israel, achacándole todo tipo de epítetos y descalificaciones y, como vemos hoy, se usa al sionismo como recipiente de toda la maledicencia enfermiza que produce el virus del antisemitismo.
Lo triste de todo esto es que este virus infecta al alma del enfermo, sobre lo cual no hay una inyección salvadora; porque no es una enfermedad fisiológica, es una enfermedad del espíritu.
A diferencia del Covid-19, cuando los laboratorios, investigaron, trabajaron y produjeron el antídoto, aquí pasó lo contrario: los laboratorios trabajaron con ahínco y tesón para inocular el virus del odio, un virus ponzoñoso que pone a las personas a gritar como energúmenas en favor de grupos radicales islámicos, que son en génesis, ideología y actuación, inversamente proporcionales a los enunciados que los energúmenos dicen defender, como por ejemplo la diversidad.
Los laboratorios que inoculan el odio y el prejuicio antisemita se instalaron hace décadas en universidades de gran prestigio, en salas de prensa de medios reconocidos, en movimientos que defienden desde el clima hasta las focas en peligro de extinción. Es cierto que la inversión de ese virus ha sido multimillonaria, pero qué lástima que se haya invertido en una forma tan desquiciada y maquiavélica para intentar destruir al único Estado judío del globo terráqueo.
Hay tantas calamidades sucediendo en diferentes partes, como Sudán, donde casi 25 millones de personas sufren inseguridad alimentaria, y ahí no entran cientos de camiones de ayuda humanitaria como en Gaza. En Yemén existe un colapso humanitario muy grande, con una crisis por el cólera entre otras enfermedades producto de la guerra civil. En Nigeria, 31 millones de personas sufren inseguridad alimentaria; y pudiera seguir, porque la lista de realidades reales, y no montajes fotográficos o de videos, deberían llamarnos a la reflexión.
Los laboratorios que inoculan el odio y el prejuicio antisemita se instalaron hace décadas en universidades de gran prestigio, en salas de prensa de medios reconocidos, en movimientos que defienden desde el clima hasta las focas en peligro de extinción
Los ciudadanos estamos obligados a equiparnos con nuestros antivirus para combatir el antisemitismo, la xenofobia y el racismo, aplicándolo con historia, sabiduría y amor, en primer lugar en el seno familiar, para que nuestros hijos no sean infestados por los promotores del odio. Luego hay que luchar para que ese antivirus pueda instalarse en todas nuestras escuelas, en las universidades, y por supuesto en los liderazgos religiosos, para que se propicie un ambiente de respeto y fraternidad, que pueda transcender a todos los espacios de la sociedad.
En pocos días el pueblo judío estará arribando al año 5786, que será B’H de evolución espiritual hacia una humanidad más humana.