«Amor y horror nazi»: el libro de Mónica G. Álvarez que relata 7 entrañables historias de amor prohibido en los campos de concentración

26/Feb/2018

BBC Mundo, por: Irene Hernández Velasco Madrid

«Amor y horror nazi»: el libro de Mónica G. Álvarez que relata 7 entrañables historias de amor prohibido en los campos de concentración

Un oficial nazi que se enamora de una prisionera judía y le
salva la vida. Dos prisioneros judíos que se ven por primera vez a través de la
alambrada de un campo de concentración y terminan casándose.
Son algunas de las 7 aventuras amorosas que tuvieron lugar
en escenarios tan terribles como el campo de exterminio de Auschwitz que
recopila la escritora y periodista española Mónica G. Álvarez en su nuevo libro
«Amor y Horror Nazi. Historias reales en los campos de
concentración».
Historias de parejas que estuvieron separadas durante 28
meses en distintos campos de concentración sin saber si el otro había
sobrevivido y consiguieron reencontrarse después.
O el profundo amor de Lilly y Felice, la primera, una mujer
alemana, aria, nazi y casada con un oficial de las SS que termina enamorándose
de una lesbiana judía.
Historias incluso de bebés que llegaron a nacer en secreto
fruto del amor que brotó entre las vallas de espino…
La historia secreta de amor del tatuador de Auschwitz que
surgió entre el horror del mayor campo de concentración nazi
Cómo la sombra del pasado nazi persigue a las fuerzas
armadas de Alemania
Mónica G. Álvarez (Valladolid, 1979) investigó durante meses
esas historias de amor en los campos de concentración nazi, entrevistó a
algunos de los protagonistas de las mismas, a sus descendientes. El resultado
es un libro absolutamente sobrecogedor.
Esta es parte de su entrevista para BBC Mundo.
Los campos de concentración nazis fueron lugares terribles
en los que murieron millones de judíos y donde los que consiguieron sobrevivir
se vieron reducidos a esqueletos humanos. ¿Cómo es posible que floreciera el
amor en medio de ese absoluto horror, de ese escenario tan siniestro?
Yo creía que era imposible. De hecho, me negaba a creerlo.
Pero me equivoqué. Paula, Howard y Nancy, tres de los sobrevivientes que aún
viven y a los que pude conocer (del resto solo pude charlar con sus
descendientes), me ratificaron que sí era posible. Que aunque los nazis les
despojaron de prácticamente todo en sus vidas -ropa, cabellos, pertenencias,
familia- jamás lograron arrebatarles los sentimientos. Y por supuesto, esa
necesidad de amar y de enamorarse.
Su libro recoge siete historias de amor reales que tuvieron
como escenarios campos de concentración nazis. ¿El amor jugó un papel
importante a la hora de permitir a esas personas sobrevivir a las terribles
condiciones que se vieron obligados a soportar?
El amor fue un protagonista en sí mismo, en realidad. Porque
gracias a esta emoción tan intangible e irracional que cuando llega nos
revuelve por dentro, muchos de los personajes del libro encontraron un motivo
por el que luchar. Sin amor, seguramente hubiesen terminado sus días en la
cámara de gas.
Usted llega incluso a afirmar que si algunos judíos lograron
salir vivos de lugares como Auschwitz no fue tanto por valentía o por fortaleza
como por la fuerza que les dio el amor. ¿Cómo actuaba ese amor?
Fue su tabla de salvación y el principal motor posible para
no desfallecer tras las largas jornadas de trabajos forzados y las palizas.
Pensar en la persona amada permitía a los protagonistas mantener viva la
ilusión de una vida mejor y a salvo lejos de toda aquella tragedia.
Que aunque los nazis les despojaron de prácticamente todo en
sus vidas, jamás lograron arrebatarles los sentimientos»
Mónica G. Álvarez, escritora
Los nazis golpeaban a los judíos, les humillaban, los
trataban como si fueran ganado, pretendían despojarles de toda traza de
dignidad. ¿Cree que el amor, una característica intrínsecamente humana, fue en
ese sentido un arma de resistencia, de lucha? ¿Una manera de rebelarse contra
quienes trataban de deshumanizarlos, de convertirles en animales?
Absolutamente. El arma más poderosa para combatir tanta
crueldad y odio fue el amor. Quisieron despojarles de todo, hasta de su alma.
Pero no lo consiguieron. Solo lograron arrebatarles lo concerniente a lo
material. En cambio, jamás destruyeron su esencia, su dignidad, su coraje, su
fortaleza y, por supuesto, el amor.
Image caption Elizabeth Wust y Felice Schragenheim se
enamoraron en medio del horror de los campos de concentración. Foto cortesía de
Mónica G. Álvarez.
¿Los protagonistas de su libro llegaron a arriesgar aún más
de lo que ya estaba su propia vida en nombre del amor? ¿Nos puede poner algún
ejemplo?
Tras tres años en Auschwitz, Jerzy conoció a Cyla. Se
enamoraron perdidamente y, entonces, el polaco ideó un plan de escape. Esa
huida se materializó y lograron salir por la puerta del campo de concentración.
Aquí él arriesgó su vida en cuanto conoció a su amada. No antes. Y lo hizo por
amor.
Como Franz, un despiadado oficial de las SS que quedó
prendado de la judía eslovaca Helena. Él salvó a la joven y a su hermana de
morir en la cámara de gas, intentó conquistarla, incluso llegaron a amarse
según explican. Parece ser que el amor que sintió hacia ella le había
transformado.
¿Cómo se las apañaban para burlar la estrecha vigilancia a
la que les sometían los guardias nazis?
Con picardía, inconsciencia y cierta dosis de suerte. Solo
la locura que uno siente por amor hace que contravengas las normas y te
arriesgues hasta el punto de morir por pasar un solo instante con la persona a
la que amas. Algo que durante cuatro meses hizo Meyer para ver a Manya. De
noche, se escondía en el barracón de las mujeres en Auschwitz para pasar unas
horas con ella, a sabiendas que si le pillaban le matarían.
Solo la locura que uno siente por amor hace que contravengas
las normas y te arriesgues hasta el punto de morir por pasar un solo instante
con la persona a la que amas»
Mónica G. Álvarez, escritora
Muchos de los protagonistas de su libro acabaron perdonando
-que no olvidando- a los nazis por las atrocidades que cometieron. ¿Cree que el
amor les ayudó a perdonar?
Solo unos pocos perdonaron a sus carceleros. En realidad,
ellos me hablaban de no olvidar el Holocausto ni lo que sucedió allí; de no
ignorar los crímenes tan terribles que se perpetraron; y por supuesto, emplear
el amor para combatir tanto rencor. No caer en la venganza.
A Helena Citrovana, una judía eslovaca que fue encerrada en
Auschwitz, la salvó el hecho de que un sargento nazi se enamorara de ella. El
suyo era un amor absolutamente prohibido, ¿verdad?
Durante el Tercer Reich existía la «Ley de Protección
de la Salud Hereditaria del Pueblo Alemán» que entre otras cosas, negaba a
los judíos la posibilidad de casarse o tener relaciones íntimas con personas de
«sangre alemana o afín».
De hecho, esa «infamia racial» se convirtió en un
delito. Por tanto, que un oficial de las SS como Franz se enamorase de una
judía como Helena no solo era un «pecado contra la sangre y la raza»
como decía Hitler, sino que estaba penado con la muerte. El riesgo de este tipo
de relaciones era muy alto. Y aun así, Franz se arriesgó.
Image caption Howard y Nancy disfrutan de su luna de miel en
Montreal, Canadá, en 1950. Cinco años después de la guerra. Foto cortesía de
Mónica G. Álvarez.
Su libro también recoge una historia de amor lésbico…
Entre Lilly, una mujer alemana, aria, nazi, casada con un
oficial de las SS y madre de cuatros hijos; y Felice, alemana, judía y lesbiana.
Su historia de amor desafió al nazismo. Primero, porque la mujer en aquella
época era tratada como un mero objeto y sus únicas funciones eran las de esposa
y madre. Y segundo, porque aunque la homosexualidad femenina no estaba
tipificada como delito, no estaba bien vista.
Aun así, esta pareja luchó por su amor hasta el último día y
derribó el mayor impedimento que las separaba: la ideología. Cuando Felice
confesó a Lilly que era judía, su primera reacción fue de enfado. «Qué
terrible», decía. Sin embargo, su amor era tan magnánimo, importante e
incondicional, que decidió desterrar el nazismo de su vida por siempre y
colocar en primer lugar, el amor hacia Felice.
Hubo incluso quienes no se conocían y se enamoraron al verse
a través de una alambrada en campos de concentración como el de Auschwitz, como
David y Perla, quienes acabaron estableciéndose en Buenos Aires…
Así se vieron por primera vez, con las caras desencajadas
debido al hambre y a la enfermedad, con una delgadez extrema, sucios, sin pelo…
Y aun así, surge entre ambos un amor a primera vista que duró casi 60 años.
Ellos son el ejemplo de que uno se enamora no de las apariencias sino de
aquello invisible a los ojos y que nos conecta a los seres humanos.
Image caption Helena Citronova y su hermana, ambas judías
eslovacas, lograron salir de un campo de concentración gracias a que un soldado
de la SS llamado Franz se enamoró de ella. Foto cortesía de Mónica G. Álvarez.
En varios de los casos que usted ha investigado, fue
realmente un milagro que algunos de los protagonistas de esas historias de amor
se reencontrasen. Es el caso por ejemplo de Howard y Nancy Kleinberg…
Conocer a esta entrañable pareja es uno de los regalos de mi
carrera. No solo por su testimonio sino por su generosidad y su calidad humana.
Cuando me explicaron su historia de amor, lloré. No era para menos. Al fin y al
cabo, y como me contaba Howard, ¿quién recoge a un muchacho del suelo,
moribundo, lo salva y lo trae de vuelta a la vida? El absoluto acto de bondad
de Nancy es lo que llevó a estos octogenarios a convertirse en verdaderas almas
gemelas.
Uno se enamora no de las apariencias sino de aquello
invisible a los ojos y que nos conecta a los seres humanos»
¿Cuál es de todas su historia preferida?
Todas lo son. Pero las historias de Paula y Klaus Stern y
las de Howard y Nancy Kleinberg son muy especiales para mí. He tenido la
oportunidad de conocerles, charlar con ellos, llorar con ellos… Ser amigos. Y
el vínculo que hemos creado es tan maravilloso que durará por siempre. Los
llevo en mi corazón.
En los campos de concentración, ¿había más historias de amor
de las que nos imaginamos? ¿Qué le ha llevado a elegir las siete historias que
narra en su libro?
No las elegí. Ellas me eligieron desde el primer día. En
cuanto comencé la labor de investigación, cada una me fue abriendo puertas a
personas y emociones desconocidas. Por primera vez, las historias me eligen a
mí. Y no es de extrañar, hablamos de amor, de sentimientos… Y eso no se elige.
Sucede sin más.
Usted ha entrevistado personalmente a algunos de los
protagonistas de las siete historias de amor en campos de concentración nazis
que cuenta en su libro. ¿Qué es lo más le ha llegado al corazón de su
testimonio?
Admiro cómo han sabido aprender de nuevo a vivir tras
aquella barbarie, su calidad humana y su generosidad, su optimismo… Pero sobre
todo, los valores que han transmitido a sus descendientes lejos del rencor, el
odio y la animadversión. No hay venganza, solo ese «no olvidar» y ese
contar la historia para no volver a repetirla.
Anteriormente había escrito un libro terrible titulado
«Guardianas nazis. El lado femenino del mal», en el que analizaba el
lado más perverso de la naturaleza femenina. ¿Qué le llevó interesarse por lo
contrario, por el amor?
Me negaba a pensar que los nazis habían conseguido arrancar
absolutamente todo a sus prisioneros. No quise creer que habían logrado
despojarles de su calidad humana, bondad o sentimientos. Y estaba en lo cierto.
Jamás lo lograron. Porque nadie puede arrebatar a un ser humano su esencia más
preciada. Ni por supuesto, el amor más profundo.
¿Qué ha aprendido al escribir este libro?
Que el amor es lo único que mueve el mundo. Ni
el dinero, ni el poder, ni la fama, ni la política logran algo similar. Lo
único que provoca que el ser humano se estremezca tanto es el amor. Porque al
final, da igual en qué tiempo estés, en qué lugar o qué circunstancias vivas,
el amor es universal.