13-11-11 La por momentos distante relación entre Turquía y la UE, y el intento de ese país por integrarse al bloque europeo entraña mucho más que el mero orgullo
ANTONIO R. RUBIO
Después de todo, ya pasó más de medio siglo desde que Ankara solicitó su adhesión a la Unión Europea (UE). Ese camino ha estado jalonado por etapas prometedoras, como el acuerdo de asociación de 1963, el tratado de unión aduanera de 1996 y la designación de Turquía como candidata al ingreso en 1999. La cumbre de diciembre de 2005 aprobó la apertura de negociaciones, si bien el momento histórico ya resultaba poco favorable tras el fracaso de la Constitución europea y el auge del soberanismo en muchos países que no querían ni mayores dosis de integración ni nuevos socios en el club comunitario. Turquía era vista con desconfianza por su creciente peso demográfico y económico, y por los consabidos prejuicios históricos y culturales.
No se agotó el plazo negociador de 10 años, aunque las perspectivas de adhesión resultan más sombrías que nunca. No es solo por cuestiones técnicas como, por ejemplo, que no se alcancen acuerdos en 18 de los capítulos de la negociación.
El capítulo de quejas y decepciones de Turquía es amplio en todos los aspectos. Por ejemplo, los turcos, a diferencia de otros países candidatos, necesitan visado para entrar en el área de Schengen, lo que contrasta con la supresión de visados que Turquía acordó con Rusia, Georgia y Serbia.
Chipre: una cuestión espinosa
Por lo demás, la cuestión más espinosa sigue siendo la de Chipre. Ankara considera que la UE no hizo lo suficiente para fomentar la reunificación de la isla por medio del fomento del desarrollo económico de los turcochipriotas. Prosigue el aislamiento de esta comunidad mientras que el Chipre de origen griego, que entró en la UE en 2004, se sintió fuerte desde el primer momento como para rechazar el plan de reunificación propuesto por la ONU.
Ankara tampoco cedió en su negativa a abrir sus puertos al comercio chipriota y todo apunta a una crisis mucho mayor el 1o de julio de 2012, fecha en la que Chipre asumirá la presidencia rotativa de la Unión, pues Turquía amenaza para entonces con la suspensión de relaciones con Bruselas.
Por si fuera poco, el reciente descubrimiento de reservas de gas natural en aguas de Chipre, Líbano e Israel está sirviendo para aumentar tensiones en el Mediterráneo occidental, aunque estas se queden a un nivel retórico bastante elevado de tono.
Es obvio que a Turquía le incomodó el acuerdo entre Chipre e Israel para delimitar sus zonas económicas exclusivas, lo que implica mantener al margen a los turcochipriotas del noreste de la isla.
¿Quién necesita a quién?
A esto se puede añadir que los turcos están disgustados porque la UE no los invita a las cumbres organizadas con países de su área regional, pese a la creciente influencia económica y política de Turquía.
También resulta insultante para Ankara que Europa considere por un lado al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) como una organización terrorista, pero no haga otro tanto con su brazo político, el KCK (Unión de Comunidades del Kurdistán).
Aunque es mucho peor que en algunos países europeos no se controlen a fondo las actividades del PKK tendientes a recaudar fondos por medio de redes de extorsión o en colaboración con el crimen organizado.
El reproche es similar al que Rusia hace respecto a los independentistas chechenos, pues se queja de que Europa le pide cooperación contra el terrorismo, pero al mismo tiempo no pone obstáculos a las ramas políticas de grupos terroristas que viven en el exilio.
En definitiva, se diría que Ankara está molesta porque Europa no reconoce explícitamente su rol como potencia emergente.
De ahí que el ministro de asuntos europeos, Egemen Bagis, acostumbre a recalcar que la UE necesita más de Turquía que Turquía de la UE. Está sugiriendo, en consecuencia, que Turquía es un país de 78 millones de habitantes, con una economía dinámica, miembro del G20, y que es visto como modelo por sus vecinos árabes por su estabilidad política y económica.
Es un reproche implícito a Europa por haber casi reducido su relación mutua a un documento anual de evaluación: el informe divulgado por la Comisión sobre el progreso de Turquía en su camino de adhesión a la UE.
En 2011 el informe no ocupó tantos titulares de prensa como en ocasiones anteriores, acaso porque se sabía que no faltarían las críticas sobre el estado de la libertad de expresión y de prensa en Turquía, así como sobre la situación de la minoría kurda.
Bruselas sigue considerando un gran avance hacia la democracia la creciente sumisión del poder militar al poder civil, aunque esto suponga el debilitamiento de los militares como guardianes de la ortodoxia laica establecida por Kemal Atatürk en 1923.
Ni que decir que esto se ajusta a los propósitos del partido islamista gobernante de Recep Tayyip Erdogan (AKP, Partido de la Justicia y el Desarrollo), para quien más Europa supone menos peso de los militares en el siempre influyente Consejo de Seguridad Nacional.
Una orgullosa memoria histórica
Las frustraciones de una Turquía sin facilidades para su integración en Europa traen como consecuencia el incremento de un orgulloso nacionalismo, al que tampoco será ajeno el principal grupo de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), de centroizquierda, que se considera el legítimo heredero del kemalismo. La opción pro occidentalista de Turquía, tras la segunda guerra mundial, que llevó al país a integrarse en el Consejo de Europa y en la OTAN, habría sido más un efecto de la guerra fría, por el temor secular de los turcos hacia el expansionismo ruso, que un desarrollo de las ideas modernizadoras kemalistas.
Históricamente Atatürk representó el combate antiimperialista contra las potencias occidentales que desmembraron el imperio otomano al finalizar la primera guerra mundial, por lo que es comprensible que en 1921 iniciara un acercamiento a la Rusia de Lenin, aislada también por entonces del concierto de potencias europeas.
Sin embargo, el orgullo nacional turco, reavivado por la política exterior «neootomana» de Ahmet Davotuglu, actual ministro de Asuntos Exteriores, puede buscar raíces históricas más remotas. En especial, cabe recordar los dos asedios de Viena en 1529 y 1683, cuando Europa tembló ante el avance militar de los turcos, algo que se evoca a menudo entre la opinión pública o en los discursos políticos y que, por cierto, también estuvo en el centro del debate nacional después de la derrota de 1918. En la conciencia colectiva quedó grabada la idea de que el Occidente imperialista quería hacer desaparecer del mapa a los turcos, percepción que vuelve a repetirse en el actual estancamiento de la adhesión de Ankara a la UE.
El recuerdo del sitio de Viena no es tanto una voluntad de reconstruir un pasado imperial sino un modo de reforzar la propia identidad buscando la memoria en las grandezas del ayer. Pero hay indicios de que las cosas están cambiando. Mientras, Turquía se considera una de las grandes potencias emergentes del siglo XXI y busca su propia proyección regional y global. No será extraño que en un futuro próximo llegue a formar parte del selecto grupo de los Brics, sin abandonar formalmente sus pretensiones de integración europea.
Algo más que una cuestión de orgullo
14/Nov/2011
El Observador, Correo de Ideas, Antonio R. Rubio