Alá y los cobardes

14/Ene/2015

CCJ Colombia (tomado de El Tiempo de Colombia), Salud Hernández Mora

Alá y los cobardes

Tal vez no lo hicieron
por cobardía, pero quedaron como cobardes. El liberal The New York Times,
nacido en el paraíso de la libertad de expresión, adujo que se abstenía de
publicar las viñetas de la revista satírica francesa por tratarse de “insultos
gratuitos”. Igual que otros medios, por “no herir sensibilidades”, sin
considerar que hay momentos en que lo más importante es mostrar a los violentos
que sus amenazas son estériles. Si fuesen caricaturas del catolicismo, no lo
habrían dudado.
Esa actitud medrosa
coincide con la que llevan años predicando numerosos líderes europeos, a coro
con el oráculo que dicta las normas de lo “políticamente correcto”. Ahora
reproducen en las redes sociales el célebre ‘Je suis Charlie!’, pero hasta el
día de la masacre tildaban a Charlie Hebdo y a sus colaboradores asesinados de
provocadores irresponsables que no respetaban la diversidad cultural y
religiosa.
En esa línea andaba el
expresidente español Rodríguez Zapatero, promotor de la Alianza de las
Civilizaciones, entelequia cuyo único fin consiste en que Occidente rebaje los
parámetros de los derechos individuales para cobijar bajo su ala a sociedades
que consideran que no todos los seres humanos son iguales, empezando por las
mujeres. Y que las leyes islámicas deben prevalecer sobre las del Estado laico.
La matanza de París
volvió a poner sobre el tapete europeo el debate acerca de cómo alcanzar el
doble objetivo de combatir el yihadismo y lograr que los inmigrantes musulmanes
se apropien de los principios fundamentales de las constituciones democráticas.
Un ejemplo ilustrativo de
la discusión, que ahora puede parecer nimio, es el de algunos colegios españoles,
donde las niñas musulmanas no hacen gimnasia porque a sus devotos papás (las
mamás no opinan) les parece indecoroso. Las autoridades educativas alcahuetean
la discriminación, la primera de un largo rosario, para agradar a los
políticamente correctos que predican el lema de no ofender a una comunidad que
en España cuenta con más de 1’700.000 integrantes, cifra que superan Francia
(cinco millones de musulmanes), así como Gran Bretaña y Alemania (con más de
tres millones cada uno).
Una razón para tanta condescendencia
radica en el complejo que tienen algunos por el oscuro pasado colonial de
naciones del Viejo Continente en África y Medio Oriente. Olvidan que tanto o
más responsables de la expansión del radicalismo islámico actual son varias
dictaduras religiosas del mundo árabe, con Arabia Saudí e Irán a la cabeza.
Tampoco hay que desdeñar
graves errores de esa Europa que se precia de pacifista y visionaria. Ayudó a
los “rebeldes” sirios y libios en la guerra civil, y apoyó la invasión de Irak,
sin prever que engordaba una hidra de incontables cabezas.
No es, en suma, un
problema sencillo que se arregla expulsando musulmanes, como propugna la
extrema derecha francesa. Pero tampoco con cesiones permanentes, decisiones
políticas erráticas, una justicia demasiado laxa y declaraciones
grandilocuentes de que a los terroristas les caerá “todo el peso de la ley”, si
sabemos que esos criminales no les temen a la cárcel ni a la muerte.
El mismo día del atentado
de París, también en nombre de Alá fueron masacradas decenas de personas en
Yemen y cientos en el norte de Nigeria. El terrorismo islámico y la ineptitud
occidental para confrontarlo serán, junto con los desastres naturales, la
pesadilla del lustro que comienza.