Adiós a Eva Olivetti: la delicadeza en la pintura de una gran artista plástica

26/Jun/2013

El País Por Jorge Abbondanza

Adiós a Eva Olivetti: la delicadeza en la pintura de una gran artista plástica

El próximo lunes 1º de julio de 17:00 a 19:30 horas, la Fundación y el Museo Gurvich, su familia y un grupo de amigos llevaran a cabo un homenaje que han organizado para recordar a la entrañable artista Eva Olivetti (1924-2013).La exposición de sus obras continuará a lo largo de todo el mes de julio en la calle Ituzaingó 1377.Eva Olivetti murió el domingo en Montevideo a los 89 años. Había nacido en Berlín en 1924 y junto con su familia llegó al Uruguay en 1939, como parte de la oleada que escapó del nazismo.Tenía 15 años y aquí se formó como artista plástica, estudiando cerámica con José Collell y luego pintura en el Taller Torres García con José Gurvich. Casada con Mario Olivetti (hermano de Linda Kohen), Eva desarrolló su lenguaje pictórico de manera sosegada y gradual, hasta alcanzar una plenitud expresiva que era inseparable de su nombre. No tenía mucho que ver con las normas torres garcianas, sino que configuraba una modalidad de extrema delicadeza, donde lo material parecía volatilizarse. Eso sí: empleaba una paleta baja, de pardos, ocres y castaños que eran típicos del Taller, pero aplicados a un paisajismo sutil, donde las formas se simplificaban para adquirir un perfil de notable simplicidad y estupenda síntesis.Eva era una mujer de trato extremadamente risueño y cordial, revestido de una suavidad que se redescubre cuando uno hojea el librito que editó sobre su vida, donde las viejas fotografías la muestran junto a su padre, en una infancia todavía no profanada por el régimen hitleriano. De aquella Alemania debió viajar a estas latitudes donde pasó los 74 años siguientes de su vida y desplegó su carrera artística, comenzando a exponer individualmente en la década del 60 e imponiendo poco a poco su presencia en el medio. Había aterrizado, seguramente sin saberlo, en un país de pintores paisajistas, y allí inscribió su sello con obras de una naturaleza campestre y despoblada, en la cual el lenguaje se iba haciendo cada vez más despojado, de líneas simples, como ocurre con la expresividad de ciertos realizadores cinematográficos cuya maestría se alcanza con la desnudez formal. A Eva le sucedió lo mismo, y lo más sugerente y hermoso de su producción sobreviene con esas líneas de absoluta estilización en que transmite algo parecido a su diálogo recatado y encantador.Su sensibilidad se volcó en una pincelada leve, un trazo lineal casi ingrávido, una escala tonal de dorados y marrones apaciguados. Con su pintura pasaba lo mismo que con el efecto que provoca el trato de la gente emocionalmente estabilizada: mirar sus trabajos contagiaba una calma que es aliada del silencio y de la afabilidad, como si el horizonte desierto formara parte de una vida personal que también reposaba en el espíritu calmo y el saboreado disfrute de la belleza natural. Sus retratos, flores, naturalezas muertas pero sobre todo sus paisajes, están ahora ligados al recuerdo de su presencia, que se interrumpió el domingo pero ha dejado una huella que, colgada en el muro, no se borrará. Adiós, Eva.