A sangre y plomo

26/Abr/2013

Caras y Caretas, Alberto Grille

A sangre y plomo

Con motivo del 70ª Aniversario del Levantamiento del Gueto de Varsovia, la revista Caras y Caretas (Año XII nº 604 del 26/04/2013) publica un informe sobre el tema.
Durante los días sucesivos, iremos incluyendo en nuestro mailing, los artículos que se publicaron sobre el particular. A saber: “El levantamiento de los muchachos judíos en Varsovia, a sangre y plomo” del Director de la revista Dr. Alberto Grille.
“La igualdad del hombre para la libertad y la paz” del Embajador de Israel Dori Goren. “Justos entre las naciones” del Presidente del Comité Central Israelita del Uruguay Roberto Cyjon. “Levantamiento Gueto de Varsovia, 70 Aniversario” de Hashomer Hatzair. “Relato y significación, el Holocausto y la condición humana” del periodista Carlos Luppi. “Jefe de la resistencia antinazi: judío y socialista. Reflexionar en Mordejai es reflexionar en derechos humanos” de Ernesto Kreimerman. “Vibrante acto de conmemoración. Mujica: “esta es una fecha de la humanidad” , crónica del acto llevado a cabo por la Organización Cultural Dr. Jaime Zhitlovsky.
El levantamiento de los muchachos judíos en Varsovia
A sangre y plomo
Texto: Dr. Alberto Grille
De la ciudad de Varsovia anterior a la segunda Guerra Mundial queda muy poco. Hoy día hasta la zona más antigua es solamente una reconstrucción exquisita de la arquitectura medieval que ha merecido ser declarada por la Unesco como Patrimonio de la humanidad por la excelencia de su restauración.
Alrededor de ésta hay otra ciudad que fue construida en el lapso en que Polonia fue parte del llamado “socialismo real” y que es una monótona expresión de la arquitectura colectivista de esos años inspirada en el realismo socialista.
Como injertada en semejante austeridad, hoy día Varsovia parece feliz de usufructuar un boom de la construcción y, tal vez, del consumo.
Grandes shoppings y productos de marcas top, inversionistas multinacionales que invierten en infraestructura y en las grandes industrias del carbón y siderúrgica, algún rascacielos frustrado, marquesinas iluminadas, inmensos cubos de vidrio y acero, y alguna forma arquitectónica curva o parabólica, medio sofisticada, entre grandes avenidas y muchísimo tránsito vehicular y mucho turismo.
De la guerra no queda casi nada, del socialismo tampoco, de la clase obrera tan promocionada en los astilleros de Gdansk y del sindicato Solidaridad ni rastros, de la cultura soviética sólo una inmensa mole de ladrillo con un extremo afilado como una aguja y una estrella roja como marcando un camino que quedó inconcluso.
Los polacos son muy nacionalistas, no se llevan bien con nadie, ni con los rusos, ni con los judíos, ni con los alemanes, ni con los checos, ni con ellos mismos.
La vieja Polonia fue devastada por las bombas nazis pero la cultura polaca sobrevivió. Sigue habiendo excelente teatro en Polonia, sigue produciéndose buen cine, continúan desarrollándose la plástica, son fantásticos en las artes y el diseño gráfico y sobre todo siguen siendo grandes músicos.
Las catedrales son muy bellas y monumentales, por suerte Dios las protegió de los bombardeos; los palacios rodeados de jardines y con reminiscencias imperiales también permanecieron en pie y renuevan su esplendor en cada primavera. Es curioso pero los palacios y los que viven adentro casi siempre siguen en pie.
De lo que no queda nada es del Gueto de Varsovia. Solamente una vieja edificación tapiada en una esquina y un par de monumentos que recuerdan el Holocausto y algunos restos testimoniales de la muralla. Tampoco parecen haber quedado muchos judíos en Varsovia.
Y solamente han pasado setenta años de aquel episodio que llega hasta lo más hondo del corazón y marca uno de los actos de resistencia a la opresión y de reivindicación de la dignidad humana más nobles que se recuerden.
En la primavera de 1942 los nazis deciden exterminar a los judíos de Europa. Tal vez percibían la inminencia de la escasez de un crudo invierno en el año siguiente, presagiaban la proximidad de su derrota y necesitaban mano de obra calificada y barata.
En mayo abren el campo de exterminio de Treblinka y empiezan a trasladar judíos polacos, húngaros y de otras partes de Europa a sus industrias esclavas y a sus cámaras de gas.
En rigor, no solamente judíos, también opositores políticos, demócratas, socialistas, comunistas, discapacitados, homosexuales, niños, mujeres, gitanos y otras minorías raciales.
En Varsovia, la terca parte de la población (500.000 personas) era judía. Había trabajadores, obreros, artesanos, académicos, músicos, artistas, médicos, comerciantes y estudiantes.
Los nazis los encerraron en un gueto en donde había sólo 27.000 viviendas, la mayoría con dos dormitorios.
En cada habitación vivían diez personas que se alimentaban con una ración de 180 calorías diarias, un 10% de lo asignado al resto de los habitantes de Polonia.
En pocos meses el hambre, las enfermedades, -particularmente la fiebre tifoidea y la tuberculosis- y el hacinamiento, hicieron el resto.
Al principio, la vida en el gueto reproducía el mundo de la época. Había judíos ricos y pobres, privilegiados y trabajadores, derechos y traidores.
Hasta una policía y una Gestapo judía colaboraba con los nazis para mantener el orden en el gueto.
Pero a los pocos meses la miseria igualaba a casi todos y los privilegios de la Judenrat (organización Judía en el gueto) se desmoronaba frente a la crudísima realidad).
Ya era inocultable que además de la miseria y la esclavitud a la que eran sometidos, miles de judíos eran llevados a campos de trabajo forzoso de los que no se regresaba nunca.
Luego de la visita de Himmler a Varsovia el 9 de enero de 1943, el proceso de las deportaciones se acelera y diez días más tarde comienzan los primeros actos de resistencia física.
Los grupos más jóvenes que ya vivían escondidos y operaban en la clandestinidad, pasan a la resistencia activa, hacen barricadas, fusilan a los judíos colaboracionistas y lanzan explosivos caseros que obligan a retirarse del gueto a los alemanes.
Dos grupos, la ZQB y la ZZW, armados con pistolas, revólveres, cócteles molotov y explosivos caseros se unen para resistir con “plomo y sangre” hasta morir.
“Si hay que elegir la forma de morir vamos a hacerlo dignamente”, decían en sus discursos. En pocos meses, estos muchachos habían cavado madrigueras, se habían refugiado en los sótanos, habían guardado agua y provisiones para resistir y habían intentado tomar contacto con variado éxito con los guerrilleros comunistas y con la resistencia nacionalista polaca fuera del gueto.
En verdad, no se trataba solamente de una reacción espontánea de jóvenes al borde la muerte que elegían entre el martirologio y la ignominia.
Por el contrario, eran grupos organizados, con más o menos larga trayectoria pese a la corta edad de sus integrantes, que llevaban adelante desde el pensamiento socialista a veces sionista y a veces antisionista una actuación más o menos eficaz para alentar la resistencia judía.
El más destacado de ellos era Mordejai Anielevich, un muchacho con algo más de veinte años que se convirtió en el comandante de la resistencia y que se suicidó con su novia antes de entregarse a los nazis cuando ya no quedaban más municiones para resistir.
Miles de soldados alemanes, batallones de la Gestapo y cientos de nazis polacos invadieron el gueto el 19 de abril, el primer día del Pésaj y fueron recibidos por los partisanos judíos desde los balcones y las azoteas con disparos y botellas con nafta.
Anta fue la fiereza de la resistencia que los alemanes debieron retroceder luego de perder dos tanques, pero una semana más tarde volvieron bajo la conducción del Jurgen Stroop, quien ordenó incendiar todo hasta dejar la tierra arrasada.
Siete mil muchachos murieron en el combate, otros cinco mil fueron fusilados y otros siete mil enviados a morir en Treblinka.
Sólo cuatrocientos lograron escapar del gueto y algunos sobrevivieron para contar lo sucedido un año después cuando los aliados lograron vencer en el año 1944 al nazismo.
Promediando mayo, cuando los nazis lograron entrar a las madrigueras y los desagües llenos de cadáveres y ratos encontraron a ochenta muchachos que juntos habían preferido inmolarse antes que entregarse y ser sometidos a una muerte ignominiosa.
Los nazis, al retirarse quemaron la última sinagoga.
Setenta años después la memoria del levantamiento del Gheto de Varsovia está plasmada en el Monumento que lo recuerda y que rememora el sufrimiento del pueblo judío, la tragedia del Holocausto, la resistencia a la opresión y la lucha contra el antisemitismo.
Nada más conmovedor que ingresar al cementerio judío de Varsovia en donde entre doscientas mil lápidas que cubren las tumbas de hombres simples y personalidades de la cultura, la ciencia, la pedagogía, la política y la religión, descansan simbólicamente las víctimas del gueto en espacios que señalan la ubicación de tumbas comunes que reciben el homenaje y el respeto de quienes lleguen hasta allí.
Amaba la vida como un niño,
Despreciaba la muerte como un hombre
Hombres os he amado. Estad alertas!!!
Hay muy poca gente en el cementerio judío de Varsovia cuando lo visito una mañana de mayo. Camino entre el desorden de las lápidas, entre un bosque de álamos y abetos que crecen al azar entre las tumbas.
Un círculo de pequeñas piedras hace de monumento a los caídos y sepultados en fosas comunes.
Pienso en los muchachos que murieron combatiendo aquí en Varsovia, en Mordejai Anielevich y en todos los que se inmolaron luchando contra el horro del nazismo.
Pienso en las lecturas de mi adolescencia y particularmente en la tortura y el ahorcamiento del patriota checo Julius Fucik y sobre todo en una frase que se grabó en me memoria: “¿Qué vendrá primero, la muerte del fascismo o mi propia muerte? Yo he pensado siempre en lo triste que resulta ser el último soldado herido en el corazón, por la última bala y en último segundo… Pero alguien tiene que ser el último. Si supiera que puedo ser yo, quisiera serlo aún ahora”.