A la manera de Medio Oriente

17/Sep/2018

El País- por Martín Aguirre

A la manera de Medio Oriente

Una semana de inmersión en Israel da para
maravillarse con los logros, y reconocer los puntos en común. Pero nunca para
terminar de racionalizar un conflicto en el que los protagonistas, de un lado y
de otro, están convencidos de que solo ellos pueden entender lo que pasa.
«Una nueva guerra en el Líbano está a
la vuelta de la esquina». Casi tan fuerte como el fondo de la frase es el
tono en el que la pronuncia el brigadier general Nitzan Nuriel, calvo, delgado,
fibroso, con un dejo al hablar que hace acordar al sargento Hartman de la
película «Nacido para matar», de Stanley Kubrick. Desde los Altos del
Golán, zona tomada por Israel a Siria durante la guerra de 1967, y de donde se
puede ver a simple vista el suelo de ese país sumido en el peor enfrentamiento
civil de esta era, Nuriel delinea un mapa siempre a punto de volarse, un
panorama perturbador del futuro cercano de Medio Oriente. Donde la guerra y la
paz dependen más de equilibrios de fuerzas que de visiones humanistas. Y donde
fronteras marcadas en el suelo parecen tan absurdas como las ideas
preconcebidas con las que un uruguayo suele intentar entender Oriente Medio.
Claro que la geopolítica es una disciplina
fascinante cuando se la analiza desde lo alto de una montaña, con un militar
experto que hace filigranas sobre un mapa, y uno tiene la tentación de sentirse
Napoléon. Pero la realidad de la guerra es mucho menos glamorosa cuando se ven
cara a cara sus consecuencias.
Cerebros.
A pocos metros de los Altos del Golán se
encuentra el Centro Médico de Nahariya, un hospital súper moderno, erigido bajo
tierra y el más cercano a la frontera caliente de Israel con Siria y el Líbano.
Caminar por sus pasillos soterrados genera esa mezcla de admiración por la
capacidad de inventiva del ser humano, y de inquietud ante las razones de su
existencia. Sobre todo cuando cada pocos metros se atraviesan las enormes
puertas aisladas, diseñadas para sobrevivir a un ataque químico.
Allí trabaja el doctor Samuel Tobías,
neurocirujano de origen mexicano. Con un aspecto de hippie playero buena onda
(pelo atado en larga cola de caballo y cataratas de pulseras de colores en las
muñecas), Tobías tiene uno de los trabajos más cruentos del mundo. Por estar
próximo a la frontera con Siria, es allí donde recalan los heridos sin
esperanza de la guerra civil que desangra al país. Tobías explica con pasmosa
calma los estragos que las balas de alta potencia generan en los cráneos de sus
pacientes, muchos de ellos niños, y de cómo lo que en hospitales normales son
tratamientos de último recurso, en Nahariya es pan de cada día.
Desfilan ante nosotros las imágenes de
niños con el cráneo abierto como un melón, cerebros deformados por la
inflamación, cuerpos mutilados de maneras inimaginables. «A veces nos
llegan heridos a los que les han puesto un punto o dos en el cráneo para
sostener el daño, y cuando vemos lo que hay debajo, es un desastre»,
cuenta Tobías. Lejos de la frialdad y distancia que muchas veces aplican los médicos
para poder vivir en ambientes donde la muerte flota cada hora, el mexicano es
explícito en su dolor. «Hace ya años que recibimos a los despojos de esta
guerra sangrienta, pero al mundo parece no importarle en lo más mínimo»,
señala.
No deja de sorprender cómo esos heridos del
conflicto sirio terminan atendidos en un hospital israelí, países que están
técnicamente en guerra. Según explica Tobías, a veces son dejados por
familiares en la frontera ante la imposibilidad de darles atención en su propio
país. A veces son llevados por soldados israelíes que operan de manera más o
menos velada dentro de Siria. «Cuando pregunto de dónde traen a estos
heridos, la respuesta es que no necesito esa información», dice. Su mayor
dolor es no conocer el destino de la cantidad de gente a la que ha conseguido
salvar en su hospital y que luego regresa a Siria, en muchos casos a seguir
combatiendo.
En la otra punta de Israel, la guerra
tampoco es un ejercicio teórico para Yael Raz-Lachiani. Yael vive en el Kibbutz
Nachal Oz, el más cercano a la Franja de Gaza, uno de los dos sectores que
componen los territorios palestinos, y dominada desde hace años por el grupo
islamista Hamás. La cercanía es tan grande, que a través de una serie de
alambrados se ven a simple vista los edificios de Gaza. El sofisticado sistema
de protección antiaéreo del que hace gala Israel no los protege por estar tan
cerca, y cada vez que el conflicto se calienta los misiles llueven sobre las
casas y cultivos del kibbutz. En ese mismo lugar, en 2014, el niño de origen
argentino Daniel Tragerman, de solo cuatro años, se sumó a la lista de víctimas
de este conflicto al morir tras el estallido de un misil. El contraste entre
las viviendas y el estilo de vida rural, occidental, «normal», que
intenta llevar adelante la gente del kibbutz, que podría pasar por cualquier
chacra agrícola de Canelones, y el panorama de guerra abierta que deja ver el
tanque israelí que descansa tras los alambrados, es reflejo de la complejidad
que envuelve la vida en esta zona del mundo. Y lo difícil que es entender esta
realidad para quien busca asimilarla a miles de kilómetros de distancia,
intermediado por cables de noticias y «enviados especiales».
Ramallah.
Esa complejidad se potencia cuando uno se
mueve desde las playas californianas de Tel Aviv —capital del mundo «start
up» israelí, y donde el mayor riesgo para la vida parece ser esquivar las
bicicletas eléctricas que circulan a velocidades imposibles— y atraviesa el
check point para entrar en Cisjordania.
Los vehículos blindados, los fusiles de
asalto, las caras serias y hasta las montañas de basura al costado de la ruta,
dejan en evidencia que ingresamos a un mundo distinto. Aunque, contrario a la
impresión que uno se hace viendo los informativos, la capital del mundo
palestino, Ramallah, está lejos de ser un despojo lleno de cráteres. Se trata
de una ciudad densa, con edificios prolijos en cada manzana, algunos con toques
de modernidad acristalada y, por lo que nos cuenta Amal, la traductora
palestina, con una vida nocturna muy movida.
En Ramallah viven unas 25 mil personas,
entre ellas el doctor Khalil Shikaki, director del Centro Palestino de
Investigaciones Políticas, quien con su inglés pulido en Columbia nos pinta un
panorama sobre el «estado de ánimo en las calles palestinas».
Tras años de conflicto de baja intensidad
con los israelíes, ese estado de ánimo no es muy entusiasta. Dos cosas marcan,
según Shikaki, el ambiente actual: por un lado, un descrédito grande del propio
liderazgo palestino, en el cual el quiebre entre la vieja dirigencia del grupo
Fatah (nacionalista, no religioso, y visto como dominado por la corrupción) que
controla Cisjordania, y Hamas (islamistas que niegan el derecho a Israel de
existir) que controla Gaza, tiene agotada a la población local.
En segundo lugar, un corte generacional
drástico, donde los menores de 40 años tienen visiones políticas radicalmente
distintas a las de sus mayores. Entre estas nuevas generaciones que se han
formado bajo la influencia de los acuerdos de Oslo, el camino de la paz pierde
apoyo y crece en simpatía la posibilidad de la violencia para lograr objetivos
políticos. También pierde sustento la idea que ha sido eje de todos los
intentos de paz: la existencia de dos estados, uno judío y otro palestino,
viviendo en paz uno junto a otro. Los jóvenes palestinos, seducidos por la
prosperidad económica y las libertades sociales de Israel, empiezan a apoyar
masivamente la eventualidad de un solo país, con igualdad de derechos y
oportunidades para todos.
Los problemas de esta «solución»
quedan claros al hablar con Mohammed Darawshe, parte de ese 20% de árabes que
son, también, ciudadanos israelíes.
Darawshe nos aclara que su familia tiene
más de 20 generaciones viviendo en Galilea. Y mientras muerde una aceituna nos
pinta un panorama trágico del destino de su comunidad en los primeros años de
existencia del Estado de Israel. Su familia decidió no emigrar, como muchos
palestinos que se convirtieron en refugiados tras la guerra declarada por los
países árabes que no querían reconocer a Israel. Por eso son en cierta forma
despreciados por sus hermanos árabes, a la vez que debieron vivir en un régimen
militar israelí.
Explica, sin medias tintas, que durante
décadas su gente vivió como ciudadanos de segunda. Algo que tuvo un giro cuando
a principios del 2000 se creó la Comisión Or, liderada por un juez de la
Suprema Corte israelí, que denunció que la población árabe del país había sido
víctima de discriminación inaceptable, y definió medidas para enfrentarla.
Si bien la situación actual sigue siendo
compleja, Darawshe destaca que la integración a nivel universitario entre
jóvenes judíos y árabes israelíes está generando nuevas dinámicas. Su hija, por
ejemplo, trabaja hoy en una empresa de tecnología israelí. Cuando invitó sus
compañeros judíos a cenar por primera vez, ellos le contaban que nunca habían
ido a la casa de un árabe, por la sencilla razón de que no conocían a ninguno.
Al consultar a Darawshe qué opinaría si su hija el día de mañana le dijera que
se quiere casar con un judío, respiró hondo y contó que «por suerte»
su hija se casaba en una semana con un joven árabe. Relajo pero con orden,
parece ser la consigna.
Jerusalem.
Nada prepara al viajero para el impacto que
representa llegar a Jerusalem. Cada calle, cada piedra, trae referencias
emocionales incluso para alguien habitualmente inmune a las pasiones
religiosas. La ciudad que es santa para las tres principales religiones del
mundo vapulea en pocos minutos los aires de indiferencia snob del periodista.
Y, también, deja a las claras toda la multitud de aristas que hace que el
conflicto sea tan difícil de entender, no ya de resolver.
Caminando por la ciudad antigua se cruza
uno con grupos de judíos ortodoxos, coexistiendo con árabes que venden
camisetas de Palestina libre, monjes cristianos armenios, curas católicos,
peregrinos de los rincones más diversos. Contrario a lo que uno imaginaría, no
se siente tensión. Es más, el cruce de los rayos x para ingresar a la explanada
donde está el Muro de los Lamentos y el acceso a la Mezquita de la Cúpula
Dorada, es bastante más amigable que el de cualquier aeropuerto occidental.
Sin embargo, toda la virulencia que anida
en el alma de una región que lleva siglos, bah, milenios, de guerra casi
constante, se expresa en las reuniones consecutivas que tenemos con los dos
representantes de las partes en conflicto.
Primero, con la diputada Sharren Haskel del
Likud, partido del premier Benjamín Netanyahu. Tiene 34 años, nació en Canadá y
tiene experiencia militar durante la Segunda Intifada, algo que según su perfil
de Wikipedia «ayudó a moldear su ideología». Al escucharla da la
sensación de que la moldeó en mármol. Un discurso implacable, sin fisuras,
donde Israel es y será el Estado de los judíos, donde los palestinos han
recibido demasiado y nunca han tenido voluntad de diálogo, y donde la fuerza
militar será la carta final de cualquier «solución». «Usted no
puede entender este problema porque no es de Medio Oriente y no sabe la forma
en la que se hacen las cosas acá», es la respuesta a cualquier pregunta
que cuestione su discurso.
Luego con Elías Zaniniri, periodista y
asesor de la OLP. Su argumento es igual de pasional, igual de implacable. El
gobierno israelí no quiere la paz, Estados Unidos ha dejado de ser un socio
creíble, es necesaria la intervención de la comunidad internacional, los
palestinos son las pobres víctimas de una confabulación global. Asombrosamente,
o no tanto, la respuesta ante preguntas obvias como ¿por qué no acordaron con
las propuestas de gobiernos israelíes previos que buscaron la paz de buena fe?,
¿por qué el liderazgo palestino luce tan dividido y frágil?, ¿por qué es tan
difícil poner fin a un conflicto que desangra a ambas comunidades desde hace
medio siglo?, es: «Usted no entiende cómo funcionan las cosas en Medio Oriente».
Al final, no queda más remedio que aceptar
la realidad. Aterrizar como paracaidista en la cuna de la civilización, y
pretender aplicar criterios lógicos occidentales a un conflicto que hunde sus
raíces en la historia más profunda de la humanidad, no deja de ser un acto de
soberbia. Y eso a pesar de que el argumento excepcionalista que usan los
protagonistas para justificar abstraerse de toda lógica racional, parece un
tanto rebuscado. Por lo visto habrá que compadecer a periodistas, analistas, y
hasta a las comunidades judías y palestinas que viven fuera de la región y que
intentan explicarnos por qué se siguen matando en Medio Oriente. Porque hay
algo fuera de discusión: la paz, en esta tierra de fe y pasiones desatadas, es
tan solo un sueño efímero destinado a durar lo que duren los frágiles
equilibrios que la justifiquen. Por un rato.
El verdadero conflicto de fondo
«El problema de fondo es Irán»,
explica desde el aire el brigadier general israelí Nitzan Nuriel. «Este no
es un conflicto religioso, ni es un conflicto por tierras. Es mucho más
complejo que todo eso». El periodista se rasca un poco la cabeza, pero lo
que llega a entender es algo más o menos así: mucho más profundo y ancestral
que el choque entre árabes y judíos en Medio Oriente, es el conflicto entre
chiítas y sunitas. Desde hace años, los chiítas —cuyo líder natural es Irán—
vienen operando para ganar influencia en la región. Su táctica sería aprovechar
(cuando no fomentar) la inestabilidad de los países sunitas, desarrollar
milicias afines y de a poco condicionar a los gobiernos de forma tal de
convertirlos en aliados o neutralizarlos como rivales.
De una u otra forma eso ha ido ocurriendo
en Irak, gracias a la invasión miope de EE.UU. en Siria, en Líbano, y hoy en
día lucha en Yemen. A tal punto llega ese conflicto sectario, originado en la
turbulenta sucesión del profeta Mahoma, que existe hoy un diálogo bastante
fluido entre Arabia Saudita e Israel, países que técnicamente estuvieron en
guerra en 1948 y 1973, y que aún no tienen relaciones diplomáticas. En el
complicado tablero de Medio Oriente, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y el
monarca saudí, Mohammed Bin Salman, nuevo rockstar de la región con su plan de
reformas sociales, se ha mostrado tan amable con Israel como frío con los
palestinos.
De acuerdo a la explicación general, este
nexo es lo que potencia la decisión de Israel de arremeter contra un enemigo
histórico: las milicias de Hezbolla que, apoyadas por Irán, son un poder
fáctico que contribuye a la desestabilización de el Líbano, y desde donde
apuntan más de 100 mil misiles hacia tierra israelí. Una amenaza que el Estado
judío no puede permitir, y que a la primera excusa piensa erradicar ahora que
Siria parece más estable, y que cuenta con el apoyo más o menos explícito de
Arabia, Egipto y Jordania.