A 59 años del inicio de la Guerra de los Seis Días

05/Jun/2026

Por Adrián Epstein, de CCIU

 

 

El 5 de junio de 1967 comenzó la Guerra de los Seis Días, uno de los conflictos más trascendentes de la historia contemporánea de Medio Oriente. En apenas seis días, Israel derrotó a los ejércitos de Egipto, Siria y Jordania, modificó drásticamente las fronteras de la región y abrió una nueva etapa cuyas consecuencias políticas, diplomáticas y estratégicas continúan sintiéndose hasta hoy.

 

Durante los meses previos a la guerra, la situación regional se había deteriorado aceleradamente. El presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, ordenó la expulsión de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas desplegadas en la península del Sinaí desde 1956. Poco después, Egipto concentró decenas de miles de soldados en la frontera con Israel y cerró los Estrechos de Tirán al paso de barcos israelíes, una medida considerada por Israel como un acto de guerra.

 

Mientras tanto, Siria mantenía enfrentamientos frecuentes con Israel desde los Altos del Golán, y Jordania se sumó a una alianza militar con Egipto. En el mundo árabe predominaba una retórica que hablaba abiertamente de la destrucción del Estado de Israel, generando una profunda sensación de amenaza existencial entre los israelíes.

 

En la mañana del 5 de junio, Israel lanzó la operación aérea conocida como «Moked» («Foco»), un ataque preventivo que destruyó gran parte de las fuerzas aéreas egipcias mientras sus aviones permanecían en tierra. En pocas horas, la superioridad aérea israelí quedó asegurada.

 

La ofensiva se extendió rápidamente a los demás frentes. En el Sinaí, las fuerzas israelíes avanzaron contra el ejército egipcio; en Jerusalén y Cisjordania combatieron contra Jordania; y en el norte enfrentaron a Siria.

 

Uno de los acontecimientos más significativos de la guerra ocurrió el 7 de junio de 1967, cuando las fuerzas israelíes tomaron la Ciudad Vieja de Jerusalén y recuperaron el acceso al Muro Occidental, el sitio más sagrado donde los judíos pueden rezar.

 

La imagen de los paracaidistas israelíes frente al Muro se convirtió en uno de los símbolos más emblemáticos de la historia moderna de Israel. Para gran parte del pueblo judío, la reunificación de Jerusalén tuvo una dimensión histórica, nacional y espiritual que trascendió el ámbito militar.

 

Cuando el alto el fuego entró en vigor el 10 de junio, Israel había obtenido el control de la península del Sinaí y la Franja de Gaza, anteriormente administradas por Egipto; de Cisjordania y Jerusalén Oriental, que estaban bajo control jordano; y de los Altos del Golán, que pertenecían a Siria.

 

La magnitud de la victoria sorprendió al mundo. Israel, un país pequeño rodeado por adversarios numéricamente superiores, había logrado una de las campañas militares más rápidas y decisivas del siglo XX.

 

La guerra transformó profundamente la realidad regional. Por un lado, fortaleció la posición estratégica de Israel y generó un fuerte sentimiento de orgullo nacional. Por otro, abrió nuevos debates sobre el futuro de los territorios conquistados y sobre las posibilidades de alcanzar una paz duradera con los países vecinos y con los palestinos.

 

Algunos de esos territorios serían posteriormente devueltos. La península del Sinaí regresó a Egipto tras los acuerdos de paz firmados entre Israel y Egipto en 1979, un hito protagonizado por Menachem Begin y Anwar Sadat.

 

Sin embargo, otras cuestiones surgidas a partir de la guerra continúan siendo objeto de negociación y controversia internacional.

 

A 59 años de su inicio, la Guerra de los Seis Días sigue siendo un acontecimiento central para comprender la historia de Israel y del Medio Oriente moderno. Para muchos israelíes representó una lucha por la supervivencia nacional frente a amenazas existenciales; para otros pueblos de la región marcó el comienzo de nuevas disputas territoriales y políticas.

 

Más allá de las diferentes interpretaciones, existe consenso en que aquellos seis días de junio de 1967 cambiaron el curso de la historia regional y dejaron una huella que continúa influyendo en los acontecimientos del presente.