“Yo sobreviví al 11 de septiembre”

11/Sep/2013

Diario Las Américas, Francisco M. Rodríguez

“Yo sobreviví al 11 de septiembre”

POR FRANCISCO M. RODRÍGUEZ
Francisco M. Rodríguez, quien reside en Miami, vio estrellarse los aviones contra las Torres; desde entonces su vida no ha sido igual
Cada 11 de septiembre, desde el 2001, se ha convertido casi en una tradición que la gente en el trabajo, tus amigos, tus conocidos, hablen sobre donde estaban cuando dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas. Mi respuesta siempre causa silencio y sorpresa. “Yo estaba allí”.
El cine nos ha acostumbrado a ser espectadores de catástrofes que conllevan el fin del mundo pero, cuando suena el despertador por la mañana, uno nunca se imagina que realmente algo parecido pueda ocurrir.
La alarma sonó a las 7:00 a.m. y, como todos los días, cumplí con la rutina para llegar al trabajo. Tomé el tren número 6, en la 79, y llegué hasta Brooklyn Bridge Station, en el Lower Manhattan. La vida en Nueva York no se puede entender sin esos pequeños detalles que, sin saber por qué, todo el mundo acaba imitando. Por eso, tras pasar por el City Hall, me encaminé hacia la esquina donde se encontraba el puesto en el que siempre compraba el café y mi bagel matutino. Eran las 8:45 a.m.
De repente, me encontré en el suelo; obligado por un impulso instintivo, como un acto reflejo, me lancé al piso tras oír un estruendo ensordecedor que no supe identificar. Son esos segundos en los que uno no sabe exactamente qué ha sucedido y mira a su alrededor en busca de respuestas: pero no hallé ninguna. La gente, indiferente, continuaba preocupada tan sólo por cumplir con los horarios que sus jornadas laborales les marcaban. Ante el miedo de haber hecho el ridículo, me incorporé y traté de aparentar la misma normalidad que veía a mi alrededor. Tal vez es cierto que la vida en Nueva York hace a las personas demasiado impasibles.
“A plane crashed into the World Trade Center!” (¡Un avión se estrelló contra el World Trade Center!), fue el grito que comenzó a escucharse desde la azotea de uno de los edificios de alrededor y desde donde podía observarse nítidamente qué había pasado. Tratando de comprender lo que ocurría, corrí hacia un lugar que me permitiera una mayor visibilidad: desde el City Hall Park pude ver el hueco que había producido el avión de AA en la torre norte del WTC.
El cielo despejado y azul se llenó de cristales pequeños y lo más horrible ocurrió: personas comenzaron a lanzarse desde los pisos más altos de las torres, huyendo del fuego que la explosión del avión había producido. Algunos de ellos, tomados de la mano.
Mientras contemplaba esta pavorosa escena, el segundo avión se estrelló contra la torre sur del WTC. Eran las 9:03 a.m. Yo estaba ubicado en la parte este de las torres por lo que vi la llamarada que más tarde recorrería todas las noticias del mundo. Ése fue el momento cuando yo, y todos los que estaban a mi alrededor, salimos corriendo hacia el norte de la isla. Corrí y caminé apresurado por varios minutos. Me detuve en un teléfono público para llamar a mi oficina. Dejé un mensaje a Andrea, mi supervisora, a quien le describía lo que estaba pasando y le notificaba que no iba a llegar. Recuerdo que Lafayette, la calle por la que iba huyendo, estaba llena de gente aterrorizada, llorando, gritando.
En este primer tramo de regreso a casa descubrí que la burbuja de seguridad con la que habíamos vivido hasta ese momento se había destruido. Pensé en Elaine, mi amiga irlandesa, que contaba de la inseguridad con que había crecido en Belfast. De alguna manera, este evento tan traumático nos acercó al resto del mundo en peligro.
Unas cuadras al norte, después de pasar Canal Street, me detuve en un parqueo abierto, donde había un “van” con las puertas abiertas y la radio puesta.
Fue la primera vez que oí alguna noticia sobre lo que estaba ocurriendo: un tercer avión se estrellaba contra el Pentágono en Washington, DC. El terror era generalizado. Por la radio se escuchaba que los puentes y túneles que conectaban a Nueva York habían sido cerrados y que todos los aviones habían sido forzados a aterrizar en el aeropuerto más cercano. Una vez más sentí la angustia de los que vivimos en una isla donde las salidas han sido restringidas.
Mientras comentaba lo que estaba ocurriendo con otros que también se habían detenido para escuchar las noticias, se escuchó otro ruido ensordecedor. Nos viramos hacia el sur y vimos cómo una de las torres se estaba desplomando. De pronto el sur de la isla desapareció: un polvo blanco lo cubría todo.
En ese momento decidí seguir caminando hacia el norte. Unas cuadras después, un ómnibus se detuvo en una esquina, abrió sus puertas y muchos nos montamos. Allí venían personas que se habían escapado de las torres, otros que lloraban histéricamente porque no sabían nada de sus familiares y amigos que trabajaban en el WTC. Una persona a mi lado prendió otro radio y nos enteramos que 11 aviones estaban desaparecidos de los radares. Un cuarto avión se estrelló en Pennsylvania y un rato después, se derrumbaba la segunda torre. Las “Twin Towers”, el símbolo de Nueva York, eran historia.
El ómnibus se movía muy lentamente debido al tráfico tan denso, todos tratábamos de huir del sur de Manhattan. En la radio advertían de que todos los edificios símbolos de Nueva York podían ser los próximos objetivos: el Empire State Building, la Biblioteca Pública, el edificio de la ONU, el Chrysler… ¡y todos se encontraban en la ruta de nuestro bus!
Fueron casi dos horas que parecieron eternas. Recuerdo debatirme entre continuar en el ómnibus atrapado, pero con la compañía de la radio y de los otros viajeros, o bajarme y caminar solo. Decidí quedarme. Creo que estos momentos de extrema angustia no son para vivirlos solo, esa debe ser la razón por la que algunos de los que se lanzaban de la torre, lo hacían en parejas. La compañía siempre alivia.
Llegué a la casa en el Upper East Side de Manhattan pasado el mediodía. Mis amigos estaban desesperados porque no sabían de mí. Los teléfonos celulares dejaron de funcionar y no había tenido forma de comunicarme.
Esa noche, y muchas otras noches siguientes, participé en vigilias por la paz en Central Park. Mi compañía que estaba localizada una cuadra y media de la torre norte, se había traslado a Long Island.
Una semana después, Andrea y yo regresamos a recoger nuestra oficina. Tuvimos que ir a un punto de control donde un policía nos acompañó a nuestra oficina. La “Zona Cero” parecía un área devastada por la guerra. Ya en la oficina descubrí que todos los calendarios se habían detenido el 11 de septiembre y que mi teléfono tenía más de 20 mensajes de familiares y amigos. En el de mi supervisora, aún estaba el mío en el que le anunciaba que el 11 de septiembre no iría a trabajar. Allí, mientras el policía esperaba, Andrea y yo lloramos en silencio. Nunca hubiésemos imaginado cómo este martes tranquilo de septiembre cambiaría nuestras vidas.
El autor, de origen cubano, vivió en Nueva York por 16 años. En la actualidad, reside en Miami.