Sakineh Ashtianí recibió 99 latigazos delante de sus hijos. Los sollozos de los niños se mezclaban con los alaridos de la mujer azotada en un juzgado de la ciudad de Tabriz. La culparon de adulterio y de complicidad con el asesino de su esposo. Y la pena no se agotaba en los latigazos que despellejaron su espalda. También fue condenada a muerte. Más precisamente, a morir en la más cruel y brutal de las ejecuciones: la lapidación.Los hijos de Sakiné Ashtiani, además de ver como laceraban a su madre, también tuvieron que escuchar al juez cuando la sentenciaba a morir apedreada, como en los tiempos relatados por La Biblia.Si el mundo se enteró del padecimiento de Sakineh y sus dos hijos, no fue a través de una prensa iraní independiente, sino porque el primogénito de la mujer condenada, siendo apenas un adolescente, se consagró a la tarea de salvar a la madre, encontrando la solidaridad de ONGs occidentales.La presión internacional terminó salvando a la mujer, que había afrontado un juicio con muy pocos derechos y garantías.Lo mismo le pasó a Nemat Safavi, un joven que fue condenado a muerte en un tribunal de la ciudad de Ardabil, en el 2009, por una relación sexual con otro hombre cuando tenía 16 años. En Irán, a la homosexualidad se la condena con la horca. Así murieron en el 2005 Mahmoud Ashgari y Ayaz Marhoni. Otros dos muchachos, Hamzé Chavi y Loghman Hamzehpour, recibieron la condena de morir ahorcados luego de haber confesado su relación homosexual bajo tortura, en un juzgado de Sardasht, ciudad del Azerbaiján iraní.La lista de homosexuales que sufrieron castigos físicos o fueron ahorcados es más larga. Pero la interpretación iraní de la sharía (ley coránica) lleva gente al patíbulo también por otras razones desopilantes en estos tiempos.Apóstatas. A Youcef Nadarkhani lo condenaron a muerte por apostasía, o sea por haber abandonado la “fe verdadera” por abrazar una creencia falsa. Siendo joven se había hecho cristiano, aduciendo que jamás había profesado la religión islámica de su familia. El cambio había pasado desapercibido, en parte porque la Constitución iraní permite la libre profesión de “las religiones del Libro”, o sea que legaliza al judaísmo y al cristianismo (en Irán hay ínfimas minorías judía y cristianos armenios y asirios), a pesar de consagrar al Estado como una teocracia islámica. Pero cuando, ya convertido en pastor evangelista, Nadarkhani intentó cambiar a sus hijos de colegio para que estudiaran cristianismo y no el Corán, fue apresado y sometido a un largo proceso judicial, acusado de ser un apóstata.El Código Penal iraní no condena a la pena capital por abjurar del islamismo, pero permite que los jueces se inspiren en la sharía o en fatuas (edictos religiosos emitidos por teólogos y ayatolas), para aplicar sentencia por fuera de la ley civil. Esa legislación le da tres oportunidades de arrepentirse de su pecado-delito, pero en las tres ocasiones Nadarkhani se mantuvo cristiano. Y si hasta ahora no ha sido ejecutado, es por la presión internacional. Pero solo algunos se salvan. Muchos otros son religiosamente conducidos al patíbulo.
Irán, el amigo de un amigo
25/Feb/2013
Noticias Perfil