SEÑOR PRESIDENTE.- Continuando con la lista de oradores, corresponde que hagan uso de la palabra, en primer lugar, el legislador Asti y, seguidamente, el legislador Amado. Así concluirán las intervenciones de esta sesión tan importante.Tiene la palabra el señor legislador Asti.SEÑOR ASTI.- Señor Presidente: en primer lugar, quiero saludar a los dirigentes del Comité Central Israelita, de la B’nai B’rith y de todas las organizaciones judías que hoy están presentes aquí. Señor Presidente: como ya han expresado otros compañeros, cuando los homenajes son reiterados pueden dejar de ser homenajes. Por lo tanto, nuestra intervención estará guiada por el ánimo de complementar algunas cosas que se han dicho y trataremos de no repetir algunos conceptos que se han manejado y que compartimos. De cualquier manera, solicitaremos que la versión completa de lo que pensábamos manifestar se haga llegar –al igual que la de los demás compañeros– a la colectividad judía. En mi caso particular, tanto por conexiones familiares, de compañerismo, de amistad e institucionales que mantengo con la colectividad judía de nuestro país, como por el interés que el tema genera en quienes buscamos una vida digna para todos los seres humanos, me he informado, indignado y conmovido por el tema de la Shoah. Es la primera vez que me toca hacer uso de la palabra en esta Casa sobre el tema, en este día fijado por las Naciones Unidas en que, como ya se ha dicho, se recuerda la liberación de Auschwitz en la Segunda Guerra Mundial, el 27 de enero de 1945. De todos modos, días antes ya se había liberado algún otro campo. Los soldados que entraban en esos campos –en este caso soviéticos– tuvieron una muestra del horror del “sacrificio por fuego”, que por su derivación del griego se institucionaliza con el nombre de “Holocausto”. Ese horror que vieron los soldados al ingresar al campo no había comenzado con Auschwitz, sino que, en particular en Alemania, había empezado una década atrás, con la llegada del régimen nazi –nacido legalmente en 1932, pero convertido en gobierno de facto en 1934–, aunque por supuesto podemos remontarnos –como ya lo han hecho otros legisladores– a toda la discriminación que contra el pueblo judío ha habido en la historia de la humanidad.La indiferencia, la tolerancia o inconfesables razones de geopolítica habían mantenido en silencio a los países que estaban alrededor de Alemania ante el desborde que provocaba este régimen nazi. Así, habían callado ante la activa participación de la Alemania nazi y de la Italia fascista en la sangrienta destrucción de la República Española, la anexión de Austria y posteriormente de Checoslovaquia, etcétera, hasta aquel fatídico 1.º de setiembre de 1939, cuando la víctima institucional fue Polonia –todo lo hacían en nombre del “espacio vital” que necesitaba la Alemania hitleriana– se dijo “basta” y comenzó la guerra que se extendería por toda Europa, Asia, Oceanía y África. Como dijera el Premio Nobel de la Paz y sobreviviente del Holocausto, Elie Wiesel: “Aunque no todas las víctimas eran judíos, todos los judíos eran víctimas”; aunque no hubieran sido asesinados o torturados en ese período, fueron víctimas porque su colectividad fue perseguida y sacrificada. El mencionado Premio Nobel también decía: “Los judíos estaban destinados a su eliminación por el solo hecho de haber nacido judíos.Estaban condenados no por haber hecho, proclamado o adquirido algo sino por ser quienes eran, hijos e hijas de judíos, y por ello fueron sentenciados a muerte colectiva e individualmente”. Todos los judíos, por el solo hecho de tener ascendencia judía, más allá de la nacionalidad o la religión que profesaren, fueron perseguidos en todos los territorios ocupados por el nazi-fascismo y esto también formó parte de esa tragedia basada en la creencia que tenían los alemanes de que eran una raza superior y, por lo tanto, los judíos eran una raza considerada inferior y merecían morir. El Holocausto fue durante muchos años la persecución y el martirio sistemático, burocráticamente organizado y auspiciado por el Estado, que terminó con el asesinato de seis millones de judíos, además de millones de otras personas de diferentes orígenes, por parte del régimen nazi y sus aliados. Por otra parte, el psicólogo Bruno Bettelheim, superviviente de los campos de Dachau y Buchenwald –pido disculpas por la pronunciación del alemán y el polaco, pero pueden ser fácilmente traducidos–, decía que por medio de estos campos de concentración la Gestapo pretendía: “Acabar con los prisioneros como individuos, extender el terror entre el resto de la población, proporcionar a los individuos de la Gestapo un campo de entrenamiento en el que se les enseñaba a prescindir de todas las emociones y actitudes humanas, proporcionar, en fin, a la Gestapo, un laboratorio experimental para el estudio de medios eficaces para quebrantar la resistencia civil”.La Segunda Guerra Mundial sigue siendo para la humanidad un episodio, no único pero sí el mayor, de una tragedia atroz, cruel, primitiva, profundamente marcada por el odio y la violencia, con pérdida de vidas, violaciones, torturas, mutilaciones y el desplazamiento de decenas de millones de personas por operaciones militares, con bombardeos de poblaciones civiles que tuvieron como final el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki, o procesos de discriminación como el Holocausto, al que nos hemos referido. Desde esa cruel realidad nace y se consolida la Organización de las Naciones Unidas y se abre paso a un esperanzador tiempo nuevo en la historia de la humanidad, que pretende aprender y no repetir los errores que llevaron a esta tragedia a escala mundial, con un nuevo orden internacional que aspira a establecer un nuevo estándar en la calidad de los derechos de los ciudadanos, de los derechos inherentes a las democracias con el respeto de los derechos humanos de todos, sin distinción de raza, sexo, idioma, ideas políticas o religión. Como ejemplo de esa voluntad, en 1948 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aspirando a un tiempo nuevo, radicalmente diferente y esperanzador, pero aún con tensiones y contradicciones, como ya veremos. Muchos de los judíos que salvaron su vida en esta tragedia lo hicieron porque se fueron de los países ocupados por la Alemania nazi. Miles de esas personas, durante ese período –que se extendió de 1933 a 1941–, vinieron a buscar asilo a esta tierra uruguaya, no sin dificultades –como se señaló anteriormente– puesto que había leyes restrictivas; muchos otros llegaron después de finalizada la guerra y con los recuerdos imborrables de los horrores sufridos por ellos, sus familias y colectividades. Uruguay siempre fue un país de brazos abiertos frente a la inmigración, máxime en este caso, ya que esas personas, más que inmigrantes, eran refugiados de guerra, venían huyendo y luchando por su existencia, por su supervivencia. Además, Uruguay, representado por el doctor Rodríguez Fabregat –si me permiten, voy a hacer una referencia partidaria, puesto que fue un compañero que, siendo Batllista, adhirió a la formación de nuestro Frente Amplio en 1971–, fue uno de los países que más decididamente apoyaron la Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947, un plan que dividía a Palestina –hasta ese momento bajo protectorado británico– en dos Estados, dando a los árabes y a los judíos una extensión similar de terreno. Lamentablemente, esa solución no fue aceptada pacíficamente y nuevamente las armas volvieron a matar, a destruir y a desplazar poblaciones, y algunas de sus consecuencias perduran hoy en día. En aquella ocasión, nuestro país hizo un importantísimo aporte para la creación de la patria, de la tierra israelita, que era algo que el pueblo judío venía buscando desde hacía miles de años y que se convirtió en una realidad palpable a partir de 1948. Por esa razón, hoy Israel es un Estado democrático, pujante, abierto y amigo del Uruguay. En realidad, es una nación amiga y hermana del Uruguay desde que nació a la vida institucional, y eso, sin ninguna duda, se va a mantener para siempre. Más allá de apoyar o no algunas acciones políticas y militares en torno al conflicto que con sus vecinos llevan adelante sus gobernantes, electos democráticamente, seguiremos apoyando todos sus esfuerzos por obtener una paz duradera y justa, en una convivencia pacífica con sus vecinos. Los miles de judíos europeos que antes, durante y después de la Guerra se instalaron en el Uruguay, se integraron a esta nación de múltiples orígenes e hicieron una enorme contribución a la causa del país y a la historia nacional, aportando en lo científico, económico, artístico, espiritual y humanístico. En los distintos sectores de la vida nacional todos conocemos a distinguidísimos uruguayos que integran la colectividad judía o tienen ascendencia judía. Hoy mismo, en nuestro Gabinete Ministerial y en numerosos ámbitos de representación política, hay un significativo número de integrantes de esa colectividad. Por lo tanto, entendiendo en forma cabal la conmemoración que hacemos hoy, la reflexión debe ser lo suficientemente profunda como para sacudir a la sociedad y a la humanidad, que pierde valores o no reconoce en los valores fundamentales las metas a alcanzar. El ser humano debe ser el centro y, por lo tanto, la construcción de valores debe basarse en el respeto a la vida y a los derechos de todas y todos, y debe ir más allá de si son judíos, cristianos, musulmanes, budistas o ateos; negros, blancos o de poblaciones originarias; mujeres u hombres; homo o heterosexuales; niños o viejos; abandonados o desplazados; educados o analfabetos; todos son sujetos de Derecho y seres humanos al fin. No debemos quedarnos en el recuerdo del horror, sino tomar conciencia y evitar que se repita. No fue la primera vez ni será la última que el poder desbordado se propone como meta el exterminio de una nación, pero sí fue la primera en que tal acto de salvajismo alcanzó proporciones de inusitada magnitud. No olvidemos afirmar nuestra vocación de hombres libres, siempre dispuestos a denunciar la intolerancia y la opresión, a condenar el odio y a quienes lo predican, que se visten con los más variados ropajes; en el fondo, lo que siempre subyace es el afán de poder que genera la intolerancia. Por eso estamos hoy aquí: para rendir homenaje a las víctimas del Holocausto, a los seres que entraron en esas cámaras por designio de quienes, con su poder militar, político o económico y en aras del “interés nacional”, decidían la vida y la muerte de los que para ellos eran “distintos”. En la historia más o menos reciente, muchas veces una parte de la humanidad civilizada, motivada por decisiones políticas basadas en la religión, la economía o el expansionismo por razones “vitales”, ha abusado de la otra parte, condenándola a la muerte, la desaparición, el desplazamiento, la discriminación y el hambre. Dijimos que con el fin de la guerra, el nacimiento de las Naciones Unidas y el Pacto Internacional de los Derechos Humanos –que, de alguna manera, todos firmamos– podrían haberse agotado estas actitudes que todo el mundo condena, pero en la segunda mitad del siglo XX y lo que va de éste, las guerras más o menos internacionalizadas, los conflictos bélicos localizados, las guerras civiles, las limpiezas étnicas y el terrorismo de Estado –más cercano a nosotros, los latinoamericanos– han seguido violentando los principios que rigen el Pacto sobre la protección de los derechos humanos. Como afrenta a ese Pacto no debemos olvidar el hambre, la desnutrición y la falta de condiciones mínimas de vida a las que son sometidos millones de personas, fundamentalmente niños, en varias zonas de nuestro planeta, por parte del mundo consumista. La Shoah no fue un hecho más y debe incidir en nuestra forma de pensar la historia, el presente y el futuro en tiempos complejos y difíciles. Cuando de una forma u otra, aquí y allá, se reivindican cosas que son lo mismo y no al revés –como algunos pretenden–, nosotros decimos que la peor derrota que podemos tener es convertirnos en iguales a aquellos que fueron capaces de esas atrocidades. El profesor Yehuda Bauer, asesor académico de Yad Vashem y del Grupo de Trabajo para la Cooperación Internacional en la Enseñanza, Rememoración e Investigación del Holocausto, dijo el 27 de enero de 2006: “El asesinato es asesinato, la tortura es tortura, la violación es violación; el hambre, la enfermedad y la humillación son los mismos en todos los asesinatos en masa. No existe ninguna escala y ningún genocidio es mejor o peor que otro, nadie es más víctima que otro”. Estas reflexiones son las mismas que sentimos propias cuando analizamos nuestra Historia reciente. La memoria colectiva de un pueblo es una construcción; es una construcción social y no un recurso acrítico sustentado en la repetición de ciertas historias en fechas señaladas. Por el contrario, memoria es vida y recordar bien ayuda a prevenir males futuros. Por lo tanto, como la Historia no es la repetición mecánica, éste debe ser un día de compromiso para que todos y cada uno, desde su responsabilidad –que podrá ser institucional, social, familiar o la que fuere– en cada lugar y frente a todos y cada uno de los hechos, sin vacilaciones, sin ataduras y sin hacerse víctima de las presiones –que las hay– para no gritar la verdad cuando ella está sobre la mesa, afirme no solo un recuerdo sino un compromiso. Termino, señor Presidente, reiterando el particular homenaje a la colectividad judía de mi país, porque nos ha enseñado a valorar la MEMORIA –dicho con mayúsculas– y cómo se debe hacer uso de ella en función de la búsqueda de la Verdad, la Justicia y fundamentalmente del “NUNCA MÁS”.Muchas gracias.
«Termino, señor Presidente, reiterando el particular homenaje a la colectividad judía de mi país, porque nos ha enseñado a valorar la MEMORIA»
14/Feb/2013
Diputado Alfredo Asti, Discurso en la Comisión Permanente (28 de enero de 2013)