1933: Ascensión y barbarie

07/Feb/2013

Revista Galería

1933: Ascensión y barbarie

Alemania conmemora este año la llegada al poder de Hitler, hace ocho décadas, cuando las urnas legitimaron su liderazgo; en actos oficiales, la canciller Angela Merkel advirtió y recordó que al Führer le bastaron seis meses “para aplastar toda la diversidad” de la sociedad de su país.Rostros serios, ropa oscura, palabras de condena y advertencia. A fines de enero, el 80º aniversario de la llegada de Adolfo Hitler al poder estuvo marcado en Alemania por la apertura de exposiciones que recuerdan a aquel país y al mundo el horror que desencadenó el nazismo. La jefa del gobierno, Angela Merkel, encabezó el rimero de estos actos en Berlín, el miércoles 30 de enero, en lo que fuera sede de la temida Gestapo, la policía secreta del régimen nacionalsocialista. En ese lugar, ahora un espacio de muestras al aire libre, la dirigente dijo: “Hace exactamente 80 años y casi a esta misma hora, el presidente Paul von Hindenburg nombraba a Hitler canciller del Reich”. Con tono solemne, añadió: “Eso deber ser una advertencia permanente para nosotros, alemanes (…) Los derechos humanos se imponen por sí mismos. La libertad no es algo natural y la democracia no es evidente. Una sociedad viva y humana exige hombres que manifiesten respeto y atención por los demás, que suman la responsabilidad de sí mismos y de los demás”.
En su discurso, pronunciado a pocos metros del Memorial del Holocausto, la canciller reafirmó “la responsabilidad permanente” de Alemania por la “ruptura de civilización” que representó la Shoa, y recordó que a Hitler le habían bastado seis meses “para aplastar toda la diversidad” de la sociedad alemana. Merkel, de 58 años, habló de “advertencia” porque el ascenso de Hitler fue posible “por el apoyo de la elite alemana y el consentimiento de la mayoría” que demostró “indiferencia, en el mejor de los casos”, ante la falta de libertades.
Antes, el 27 de enero, en un video subido a Internet, Merkel había dicho: “Nos enfrentamos (los alemanes) a nuestra historia, no ocultamos nada, no reprimimos nada. Debemos afrontarlo para asegurarnos de ser en el futuro un asociado bueno, digno de confianza”.
El jueves 31 fue abierta otra exposición, “Berlín y los nazis”, en el Museo de Historia Alemana, que hace un recorrido temático por los sitios simbólicos del Tercer Reich. Un cable de AFP señaló que el interés por el período en que rigió la dictadura nazi está avanzando en una Alemania en la cual, por primera vez desde 1945, se encara la posibilidad de reeditar “Mi lucha”, el libro que Hitler escribió mientras estaba preso en 1923-1924 en la cárcel de Landsberg.
La sentencia a prisión fue ordenada luego de que, en noviembre de 1923, el ex cabo de la I Guerra Mundial, pintor aficionado y agitador político consumara una intentona golpista (putsch) en Baviera, al frente de sus seguidores. Entonces corrían tiempos muy duros para Alemania institucionalmente enmarcada desde 1919 en la Constitución de Weimar, que consagró la República. El país se debatía en una hiperinflación como nunca se vio otra: circularon billetes de billones de marcos. Pero eso, con ser grave, no era sino parte de una situación mucho más compleja.
Antes que nada había amargura por haber perdido la guerra. Muchos estaban convencidos de que se pudo ganar, de no mediar la supuesta traición del frente interno contra el ejército. Luego, se rechazaban las rigurosas condiciones impuestas a Alemania, en la paz de Versalles (1919), por las potencias vencedoras. Estas condiciones consistían en el reconocimiento germano de que la culpa del conflicto de 1914-1918 era de su sola responsabilidad; en la aceptación del pago de cuantiosas indeminizaciones, en una drástica reducción de las fuerzas armadas y en la pérdida de territorios como Alsacia, Lorena y Silesia. La conjunción de estos factores sirvió de caldo de cultivo para promover un descontento que hábilmente sabría explotar el nazismo.
Hitler, nacido en Braunau (Austria) en 1889, había militado en el Partido Obrero Alemán (DPA), que conducía Anton Drexler, antes de formar su propia fuerza política, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), activo en mitines y acciones callejeras a comienzos de los años 20. Carecía de programa y sus consignas eran difusas. Pero pregonaba una serie de nociones que prefiguraan lo que iba a ser su base propagandística: revanchismo, antisemitismo, racismo, antimarxismo, “renacimiento” alemán.
Hitler tenía notoriedad debido a sus dotes como orador de elocuencia vulgar pero eficaz. En 1921, el diplomático estadounidense Truman Smith, destacado en Berlín, escribía de él: “¡Que demagogo extraordinario! Pocas veces he escuchado a un hombre tan lógico y fanático. Su capacidad para influenciar a un auditorio popular tiene algo de sobrenatural, de narcotizante”. En 1923, la crisis económica, un levantamiento comunista penosamente reprimido en Hamburgo y los reclamos franceses en materia de reparaciones generaron un escenario propicio para que el NSDAP recibiera miles de adhesiones.
El 9 de noviembre de ese año, Hitler y sus milicianos de la SA (Sección de Asalto o Strumabteilung) asaltaron una asamblea derechista en una cervecería de Munich y obligaron a los asistentes a respaldar una proclama sediciosa por la cual el gobierno de Baviera y el Reich de Weimar quedaban destituídos. El texto fue publicado al día siguiente en la prensa. Hitler, apoyado por el prestigioso general Emil Ludendorff, organizó una marcha buscando adueñarse de la ciudad. El ejército y la policía dispersaron a los manifestantes: el putsch, al que los nazis llamaban “revolución nacional”, fracasó; sus cabecillas, detenidos, terminaron entre rejas.
CAMBIO DE TÁCTICA. El año que pasó preso le sirvió a Hitler para escribir “Mi lucha”, con la colaboración del avispado Rudolf Hess, y para decidir el cambio de su táctica política. En adelante desecharía la metodología del golpe y optaría por la vía legislativa para llegar al poder. Eso, escribió el autor francés Raymond Cartier, lo haría “contra las impaciencias, los arrebatos, los furores e, incluso, las insurrecciones de su partido. La papeleta de votación podía ser un arma revolucionaria”.
En consecuencia, al dejar la celda, en diciembre de 1924, volvió a la actividad proselitista con un discurso cambiado. No se trataba de hacer a un lado la violencia, pues en las refriegas callejeras los “camisas pardas” de las SA continuaron peleando a brazo partido con los comunistas. Pero, con una perspectiva diametralmente opuesta a la de 1923, el NSDAP iba a competir en las urnas.
Así, entre 1924 y 1932 el nacionalsocialismo iba a comparecer media docena de veces ante las urnas. Empezó con un pobre desempeño: en 1928 era el noveno partido del Reich, con 809.000 sufragios. Pero dos años después consiguió 6,4 millones, lo que le permitió ocupar 107 escaños en el Reichstag (Parlamento), aventajado solo por la socialdemocracia.
En el interín, había ocurrido el crac de la Bolsa neoyorquina, en 1929, y la secuela de aquel quebranto financiero se hacía sentir en Alemania, castigada por deflación, recesión y desempleo. En julio de 1932, el NSDAP ganó las elecciones legislativas, al conseguir 13,7 millones de votos, equivalentes al 37% del sufragio válido. En noviembre volvió a imponerse, aunque con una pérdida de 2 millones de votos, lo que no le impidió ser la principal fuerza del Reichstag.
La República de Weimar se había debilitado luego de una recuperación vivida desde 1926 a 1929. En 1925 había asumido la presidencia Paul von Hindenburg, un militar adusto, de tendencia monárquica, que se había destacado en la I Guerra.
Los efectos de la crisis mundial originada en EEUU fueron ruinosos para Alemania, que en 1932 tenía cinco millones de desocupados. Cartier afirma que el nazismo encontó apoyo entre estas personas, pero sobre todo entre quieens aún tenían trabajo y temían perderlo. También lo seguían la clase media urbana y los pequeños rentistas. El gran capital iba a solventar parcialmente las pretensiones de Hitler por hacerse con el poder, pero solo a último momento.
A fines de 1932, la República se debatía en la impotencia para resolver una crisis que se le escapaba de las manos. Los parados rozaban los seis millones y el gabinete de Kurt von Schleisher (tercero de Weimar) no lograba enfrentar la adversidad.
En esas circunstancias sombrías, surge Hitler como un salvador; pero no se conforma con ser vicecanciller como le proponen. Aspira a la jefatura del gobierno. La dimisión de Schleisher, el 28 de enero, le abre el camino, con el respaldo político del dirigente nacionalista Alfred Hugenberg y del centroderechista y exprimer ministro Franz von Papen.
Hindenburg, de 85 años, se niega a admitir que el “cabo bohemio”, como lo llamaba, encabezara al gobierno; pero cederá a los argumentos de Hugenberg y Von Papen y el 30 de enero designa al nuevo canciller; Hitler, nacionalizado alemán el año anterior. La coalición que detrminó el ascenso de Hitler se basaba en el supuesto de que los nazis “podrían ser frenados y amansados una vez puestos en el poder”, destaca el historiador británico Alan Bullock.
VENDAVAL TOTALITARIO. En su reciente discurso Merkel hizo notar que a Hitler le bastaron seis meses “para aplastar toda la diversidad” de la sociedad alemana.
Si bien solo tres de los once ministros eran nazis en el gabinete, había un cargo que probaría ser importante. El expiloto de la I Guerra y miembro fundador del partido Hermann Göring fue nombrado ministro sin cartera y también –esto es lo remarcable- titular prusiano del Interior, aunque bajo el control teórico de Von Papen, que pasó a ser vicecanciller.
“En el lapso decisivo de 1933-1934, nadie después de Hitler jugó un papel tan activo como Göring” para consolidar el nazismo, indica Bullock. “Göring no demostró la menor intención de dejarse controlar por nadie: expidió órdenes e hizo de su voluntad una verdadera ley, como si estuviese en posesión del poder absoluto”.
Simultáneamente, las formaciones militarizadas del partido, las SA y las SS (Schutzstaffel o Fuerzas de Seguridad), acentuaban la persecución de opositores, mientras Joseph Goebbels, que iba a se pronto ministro de Propaganda, probaba la eficacia de sus métodos para llevar adelante el marketing nazista. Goebbel, un exsocialista renano que se pasó al hitlerismo desde el ala izquierda del NSDAP –liderada por Gregor Strasser-, usaba eficientemente los dos diarios partidarios, el “Völkischer Beobachter” y el “Angriff”, lo mismo que la radio, para engrandecer la figura del Führer.
En Londres, la embajada inglesa señaló que la prensa diaria contenía esos días tres listas: una de funcionarios civiles y de la policía suspendidos o despedidos; otra de periódicos suspendidos o suprimidos; una tercera de personas muertas o heridas en disturbios políticos.
La noche del 27 de febrero de 1933 la sede del Reichstag se incendió misteriosamente. Se acusó a un comunista holandés que después terminó ejecutado, pero hasta hoy no se sabe quién inició el fuego. Los nazis aprovecharon el hecho: el 28 Hitler emitió un decreto, firmado por Hindenburg, “para la protección del pueblo y del Estado”. El decreto suspendía las garantías individuales de la Constitución de Weimar.
Así armados, Hitler y Göring podían tomar cualquier medida contra sus adversarios. A la vez, maniobraban para conseguir una mayoría holgada en el Parlamento. La obtuvieron merced a una alianza con el centro y los nacionalistas. Pero antes habían logrado que el presidente llamara a elecciones parlamentarias para el 5 de marzo. En esos comicios, el NSDAP sumó 17,3 millones de votos y ganó 44% de los escaños. Sumadas estas bancas a las de sus aliados coyunturales tenía asegurado 53% del total. Así, el 23 de marzo, el Reichstag –reunido provisoriamente en el teatro de la Ópera- aprobó una ley de plenos poderes para el canciller, que tenía cinco artículos. Esta norma facultaba al gobierno para legislar durante cuatro años sin participación del Parlamento, le otorgaba el derecho de prescindir de la Constitución y preceptuaba que las leyes serían redactadas por el canciller, cobrando vigencia al día siguiente de su publicación.
Antes de que entraran los diputados había sido colgada una gran bandera con la esvástica detrás de la tribuna reservada al presidente del Reichstag y al gabinete. Afuera del teatro los legisladores habían tenido que pasar entre dos filas de SS que rodeaban el edificio. Habían pasado solo dos meses desde la asunción de Hitler y ya estaba claro quiénes mandaban en el país. Pero eso era solo el comienzo.
En abril, empezó la persecución a los judíos. Al principio, se trató de un boicot que significó el despido de empleados, médicos, maestros, universitarios. Por orden del gobierno, fueron destituídos de sus cargos todos los jueces judíos, mientras a los abogados les fue prohibido ejercer.
Tras la meta de la “depuración racial”, y el predominio ario, el nazismo emprendió también contra los gitanos. A las víctimas del furor racista se les llevó a campos de concentración, junto con políticos y clérigos opuestos al régimen. El 25 de marzo, el jefe de la Policía de Munich, Heinrich Himmler, inauguró el tristemente célebre campo de Dachau, destinado al inicio a la reclusión de presos políticos.
El 10 de mayo se procedió a la quema pública de miles de libros en las principales ciudades alemanas. Las hogueras fueron alimentadas no solo por SA y SS, sino también  por estudiantes y profesores de las grandes universidades. Los ejemplares arrojados al fuego habían sido escritos por judíos, pacifistas, liberales, marxistas y, en general, autores considrados “antigermanos”.
La culminación del proceso que en apenas seis meses ponía a Alemania (65 millones de habitantes en aquel entonces) en manos del nazismo, fue el 14 de julio de 1933. Ese día en la Gaceta Oficial apareció un breve anuncio que decía “El gobierno aprobó la siguiente ley, que ahora se publica para su promulgación: Art. 1. El Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes constituye el único partido político de Alemania. Art. 2. Cualquier persona que trate de mantener la estructura orgánica de cualquier otro partido, será condenada a la pena de trabajos forzados por hasta tres años o a prisión por igual tiempo, si el acto no incurre en sanción mayor según otras leyes. Hitler (canciller), Frick (ministro del Interior), Gürtner (ministro de Justicia)”.
El nazismo estuvo 12 años en el poder; provocó la II Guerra Mundial, causó 60 millones de muertos y una destrucción material catastrófica. A juicio del historiador inglés Ian Kershaw, los “acontecimientos de enero de 1933”, que ahora se evocan, “constituyeron un drama político extraordinario”. Y ese drama, subraya el autor, “se desarrolló predominantemente sin que el pueblo alemán pudiera verlo”.
El mismo año, hace ahora ocho décadas, llegaba a la Presidencia de EEUU el dirigente demócrata Franklin D. Roosevelt. Él también iba a estar 12 años en el poder. Pero, mientras Hitler pondría fin a su vida descerrajándose un tiro en un búnker berlinés, Roosevelt dejaría este mundo en medio del pesar de sus conciudadanos y de la mayoría de la humanidad. Lejos de recurrir a leyes de plenos poderes, se había sometido cuatro veces al veredicto de las urnas, triunfando en todas y conduciendo a su país e la victoria en el más grande conflicto armado de la Historia.