Que se vayan todos

04/Feb/2013

El País, Que Pasa, Vivian Salama

Que se vayan todos

De la esperanza de las revueltas populares que derrocaron autocracias árabes a la decepción de conflictos internos, guerras sectarias y una prosperidad esquiva.
VIVIAN SALAMA (*)
Ismail Ahmed pasa gran parte del día sentado en una pequeña silla de madera fuera de su almacén devenida en tienda de souvenirs en Giza, a las afueras de El Cairo, viendo pasar los autos mientras fuma unos cigarrillos Cleopatra, que crepitan con cada calada. Atrás han quedado los días en que ómnibus llenos de turistas invadían su tienda cercana a las pirámides para comprar agua y reproducciones de tres dólares de la esfinge. Desde que sus compatriotas se levantaron contra el presidente Hosni Mubarak en enero de 2011, el negocio de Ahmed ha venido en picada. Atrás quedaron sus planes de expansión del comercio y su hijo Mohammed, que trabajaba con él, salió a buscar empleo ya que los ingresos de la tienda no están siendo suficientes. «Ahora si veo a dos turistas en un día, es un buen día», dice Ahmed mientras enciende otro cigarrillo. «Los turistas tienen demasiado miedo de venir a Egipto. Lo que hago no alcanza para mantener a la familia».
Dos años después que la revolución removió la región y de pasó volvió a trazar el mapa político del mundo árabe, la esperanza que inspiró a tantos no se vio recompensada con el cambio deseado. En toda la región, las economías están complicadas, los grupos de la oposición totalmente quebrados y las promesas de establecimiento de gobiernos democráticos seculares ahora se ven como un sueño alucinado.
La semana pasada, en Egipto, los Hermanos Musulmanes, en medio de un extendido malestar popular, quiso marcar el segundo aniversario de la revolución plantando 500.000 árboles, ayudando a un millón de pacientes de hospital y renovando 2.000 escuelas. En lugar de eso, pareció que el país se venía abajo: gases lacrimógenos en la plaza Tahir, 10 personas muertas durante marchas opositoras en Suez, manifestaciones en Port Said dejaron 35 muertos. El domingo, el presidente Mohammed Morsi declaró el estado de emergencia en esas ciudades y en Ismalia prometiendo más mano dura si seguían la protestas. Las manifestaciones son más sombrías y más anárquicas que las de la revuelta de 2011.
La guerra atormenta a Siria, con más de 60.000 muertos hasta ahora. En un solo día recientemente, más de 100 personas fueron fusiladas, asesinadas, apuñaladas o quemadas hasta morir por las brutales fuerzas de seguridad que acatan órdenes del presidente Bashar al-Assad. Muchos sirios que tuvieron la suerte de haber conseguido sobrevivir a la batalla están a la fuga y, sin un final a la vista, el conflicto que ya lleva 22 meses, amenaza con cambiar la forma de la región. Unos dos millones de personas -más de la mitad de ellos niños- ya han huido de Siria hacia Turquía, Líbano, Jordania, Irak e incluso más allá. Ya ha habido problemas en el Líbano, que tiene su propia historia sangrienta, fácil de recordar y aún inflamable, por lo que los observadores regionales temen que reivindicaciones políticas y sectarias vayan acompañando al flujo de refugiados.
Gomaa, el dueño de un restaurante de 35 años, que prefiere esconder su nombre por razones de seguridad, cree que su país estaba mejor antes de la sublevación, y no hay dudas que su familia sí lo estaba. Su ciudad natal, Idlib, un bastión de la oposición, estaba siendo maltratada con dureza por el gobierno y, cuando los francotiradores se mudaron a su edificio de apartamentos, la vida de su familia se convirtió en una pesadilla marcada por una lluvia de disparos. Cuando huyó a Egipto con su esposa y dos hijos pequeños, encontró que allí los empleos escaseaban y eran imposibles de conseguir para un extranjero, aunque al final vio una oportunidad como ayudante de camarero en Marruecos, donde vivirá con otro montón de hombres en un apartamento en Rabat. Con poco dinero a su nombre, arregló para que su esposa e hijos se queden gratis con amigos de la familia en Argelia. «Por supuesto, quiero estar con mi familia, pero gracias a Alá estamos vivos», dice.
En Túnez, donde, desesperado por la injusticia gubernamental, el vendedor callejero Mohamed Bouazizi se prendió fuego inspirando así la ola de protestas que llegó a ser conocida como la Primavera Árabe, los manifestantes inundaron las calles a principios de enero. Fue por el segundo año del derrocamiento del ex presidente Zine al-Abidine Ali Ben, pero no se trataba de una reunión de celebración, sino más bien de una muestra de frustración de aquellos que temen que su nuevo gobierno sea corrupto, religioso y ventajero. «¿Dónde está la Constitución? ¿Dónde está la democracia?», gritaban, mientras la Policía lanzaba gases lacrimógenos para dispersar a la multitud. Túnez se ha visto sacudida por un escándalo conocido como Sheratongate, que se centra en las acusaciones de que el canciller tunecino, Rafik Abdessalem, habría utilizado fondos públicos para pagar las habitaciones en el hotel de cinco estrellas Sheraton en Túnez, en las que tenía citas clandestinas con su amante.
«Hay menos puestos de trabajo y la corrupción y el crimen están peor que antes», se queja Yazid Ouerfelli, de 19 años, estudiante universitario de Túnez. «El país está más dividido ahora también a causa de la religión. Antes no era así».
En Egipto y Túnez, las revoluciones, impulsadas principalmente por jóvenes apasionados, han terminado en manos de una vieja generación de políticos no seculares que, después de décadas de operar subterráneamente, ahora están surgiendo en el centro mismo de la política. Los partidos islamistas en la región están consiguiendo importantes victorias electorales -aunque acosados por las acusaciones de fraude- y dominando la tarea de reescribir sus constituciones y, además, reconstruir las instituciones nacionales. Al mismo tiempo, los grupos seculares están convulsionados, aparentemente incapaces de unirse y presentar una alternativa viable. Las protestas, una vez saludadas por su carácter pacífico, se han vuelto cada vez más violentas, y los analistas advierten sobre el riesgo de una guerra civil con todas las letras, si los líderes islámicos no se ponen de acuerdo en compartir el poder.
Mientras que Yemen tenía suficientes quebraderos de cabeza antes de su revolución, casi un año después de la renuncia del presidente Ali Abdullah Saleh, los yemeníes enfrentan ahora hambruna, divisiones sectarias y guerra tribal. La desnutrición y la escasez de alimentos -en gran parte derivadas del subdesarrollo crónico y un empeoramiento de la crisis del agua- está creando una emergencia comparable a lo que está sucediendo en Somalia, Etiopía y el norte de África, según las Naciones Unidas. Un paquete de ayuda de 8.000 millones de dólares de parte de los donantes internacionales, incluyendo la vecina Arabia Saudita, depende del éxito en la reconciliación entre las facciones enfrentadas por lo que la política interna tiene un papel más que relevante.
El año pasado, al menos 66 funcionarios de seguridad fueron asesinados, lo que plantea interrogantes sobre el control que ejerce el gobierno. Los continuos ataques contra la infraestructura del gobierno, tales como oleoductos y plantas de energía, sin embargo, no sólo genera inconvenientes a los 25 millones de yemeníes. Esas huelgas tienen implicaciones más allá de las fronteras del país. Al final, los yemeníes salen perdiendo ya que a medida que los jihadistas se expanden, aumentan los ataques estadounidenses con aviones no tripulados y crece la inseguridad económica.
Y entonces, ¿las frágiles libertades políticas valían el precio de las revoluciones? Ciertamente algunos -algo avergonzado- dirán que no, incluso si son conscientes que reconstruir una sociedad puede tardar años, incluso décadas. «La vida cotidiana se ha vuelto muy difícil», dice Shaimaa Abdou, madre de tres hijos en la capital yemení, Sana. «No tenemos gas para cocinar. Los mercados no tienen muchas de las cosas que necesito y, si las encuentro en el mercado negro, significa que tengo que pagar dos o tres veces más, y no podemos». Otros, sin embargo, argumentan que estos problemas son producto de toda una vida bajo la bota de los dictadores. Pero el ritmo perezoso de los cambios -y eventualmente su dirección- desgasta a la ciudadanía que ve que la vida sigue siendo la misma lucha de siempre.
La semana pasada, el 25 de enero, se cumplió el segundo aniversario del levantamiento egipcio. Pero en las semanas y meses que siguieron a los primeros embriagadores días de la revolución, la agitación política ha maltratado las finanzas de Egipto, y la lucha entre los partidos islamistas y seculares ha polarizado al país. Al mismo tiempo, las reservas egipcias de divisas se han desplomado en más de cinco mil millones de dólares. Y el turismo, que alguna vez fue la principal fuente de ingresos para esta ancestral nación, se ha reducido a su mínima expresión.
Heba Ahmed, una ama de casa cuyo marido es dueño de una consultora financiera en El Cairo, ha sentido los cambios en su propia familia. En los días posteriores a la revolución, fueron cayendo desde un cómodo nivel de clase media-existencia a la pobreza. «No estamos ni siquiera en la clase media: somos pobres», dice ella. «Estamos en serios problemas.»
(*) Newsweek (Traducción: F.R.C.)
LA VIDA DEL DICTADOR
¿Cómo vivía el dictador tunecino Zine El Abidine Ben Ali? La respuesta a esa pregunta cuesta 20 dólares. Por esa suma se puede entrar a la Muestra-Remate que el actual gobierno de Túnez realiza luego de haber confiscado la mayor parte de las pertenencias del dictador. Se calcula que la Comisión de Confiscación juntó artículos -de autos lujosos como Ferrari y Lamborghini a cinturones Vuitton- por un valor aproximado de 13 millones de dólares. La comisión vació varias de las mansiones y palacios del dictador y puso todo al mejor postor. La revista Vice acompañó a una ama de casa, Scherazade Amri en su recorrido entre la opulencia del ex gobernante de Túnez: «Sabíamos que tenía todo esto. Pero verlo todo junto es deprimente. Nuestro pueblo pasa por penurias y él y su familia… es muy muy triste».