Con el juez argentino Daniel Rafecas
Por Fabián Kovacic
Antes de ser magistrado e investigar los crímenes de la dictadura argentina en Automotores Orletti, Daniel Rafecas se interesó por la legitimidad política que Adolfo Hitler construyó a partir de 1933 para eliminar a sus enemigos políticos y terminar en el Holocausto judío. El resultado quedó plasmado en el libro Historia de la solución final,* que el autor presentó en Montevideo y en el que apunta a la derrota nazi en el frente ruso como un acelerador del exterminio judío. Con Brecha abordó la lógica económica del genocidio y la importación del fenómeno por parte de las dictaduras sudamericanas en los años setenta.
—¿Hay algún antecedente de una política de Estado tan abiertamente persecutoria contra un grupo social como la seguida por los nazis?
—Sí. Creo que la dirigencia nazi se envalentonó a partir del genocidio del pueblo armenio por parte del imperio otomano en el marco de la Primera Guerra Mundial, específicamente entre 1915 y 1917. El imperio turco tenía una visión utópica de un Estado panturco, homogéneo desde el punto de vista étnico y religioso, y de esta manera llevó adelante lo que se conoció en ese momento como la solución final de la cuestión armenia. Llevó al genocidio de un millón y medio de hombres, mujeres, niños y ancianos. Este antecedente deja sus huellas dactilares y su carga genética en un plan maestro del régimen nazi, que dominó los escritorios de los burócratas entre octubre de 1940 y fines de 1941, que era el plan de deportar a todos los judíos europeos al este, a Siberia. Los turcos habían sido aliados de los alemanes en la Primera Guerra Mundial.
—¿Había una legalidad tan puntual como la elaborada por los nazis con relación a los judíos?
—Absolutamente. En marzo de 1915 se sancionan las leyes por las cuales se ordena, por razones militares y de seguridad interior, considerar a los armenios como enemigos internos, acusándolos de ser aliados secretos del imperio ruso, con el que tienen una afinidad étnica y religiosa. Y se ordena legalmente la reubicación de las poblaciones armenias.
—Un detalle que usted marca como fundacional es que, apenas Hitler asume como canciller, los primeros en ser perseguidos fueron los comunistas. ¿Eran los comunistas un globo de ensayo para la posterior legalidad persecutoria hacia los judíos?
—No, de ninguna manera. Para analizar esta etapa hay que adentrarse en la lógica de pensamiento de Hitler. Era un hombre profundamente pragmático y que anteponía por sobre todas las cosas su llegada al poder y la consolidación de ese poder. Entre 1933 y 1935, cuando Hitler se dedica a consolidar su poder, su principal preocupación eran los rivales políticos. No nos olvidemos de que entre 1931 y 1933 la posibilidad del advenimiento de un régimen bolchevique en Alemania estaba a la vuelta de la esquina. Era cuestión de que se aliaran socialistas y comunistas para acceder a la mayoría del Reichstag. Apenas llegó al poder, destrozó a los comunistas. Y una vez que logró este objetivo siguió con la socialdemocracia. No fue un globo de ensayo para lo que venía después, era su principal preocupación. La cuestión judía en ese momento estaba en un paréntesis. Si bien toma algunas medidas antijudías que él consideraba urgentes y prioritarias, por ejemplo expulsar a todos los funcionarios judíos y comunistas de la administración pública, Hitler recién las acelera a partir del tercer o cuarto año de su gestión.
—¿Cuál es su hipótesis acerca de por qué el resto del mundo occidental tardó tanto en reaccionar e hizo tanto silencio?
—Primero hay que ponderar que de los 515 mil judíos alemanes que había en el Reich en 1933 al menos la mitad de ellos lograron emigrar a lugares como Estados Unidos, Gran Bretaña y Latinoamérica, y a países como Francia o Checoslovaquia en menor medida. La cuestión es por qué no se logró la aceptación de la otra mitad de judíos del Reich. Hay varias razones. La mayoría de estos países estaban gobernados por regímenes democráticos que se sometían a comicios cada cuatro o seis años. Y lamentablemente el antisemitismo no era un fenómeno exclusivo de Alemania, estaba diseminado por todo Occidente. Todas las elites de nuestros países comulgaban con ese ideario antisemita que era también un ideario anticomunista, y miraban con espanto el advenimiento del bolchevismo con la caída del imperio ruso. El punto culminante de todo esto fue la conferencia de Evián en 1938, cuando una treintena de países se reúnen en Francia a pedido del presidente Roosevelt para ver cómo resolver la salida de los judíos de Alemania, y no se planteó una solución. Esa conferencia fue un fracaso y una vergüenza para Occidente, y la gran mayoría de judíos alemanes y austríacos terminaron pereciendo en el contexto de la Shoá en los años siguientes.
—Por el contexto histórico es dable pensar entonces que el binomio judío-comunista estaba muy arraigado en el imaginario social de Occidente.
—Muy arraigado, pero era una cosa totalmente falsa. La mayoría de los judíos alemanes y austríacos eran de un pensamiento conservador más que comunista. La mayoría de ellos eran de clase media o clase media alta, o sea de una capa social que tiende a tener una mirada conservadora sobre las relaciones sociales y de poder, con relación al advenimiento del proletariado y las cuestiones revolucionarias.
—¿Le sorprendió encontrar en su investigación que en los distintos países donde entraba el nazismo varias minorías se aliaran en su cruzada antisemita, como sucedió con algunos grupos de lituanos?
—Para nada. Muchos regímenes de Europa central, por razones oportunistas –acrecentar su territorio a expensas de otros países invadidos y por un profundo anticomunismo– adhirieron al régimen nazi. Pero esto no quiere decir que estos países hayan aceptado la solución final de la cuestión judía. Donde apareció un fenómeno de antisemitismo visceral y genocida fue en los sectores más reaccionarios y de ultraderecha de los países de Europa oriental, como Bielorrusia, Ucrania, Lituania y Letonia. Porque allí había desde siglos antes un odio a los judíos muy acendrado entre la población cristiana bajo el influjo de la Iglesia Ortodoxa, que era profundamente antisemita y no soportaba que las juderías de Europa oriental no se convirtieran al cristianismo. Esa lucha tenía un aspecto de antisemitismo muy visceral que emerge con la participación directa en los fusilamientos de unidades auxiliares conformadas por decenas de miles de voluntarios bielorrusos, lituanos, letones, rumanos y ucranianos. Es un fenómeno particular vinculado al antisemitismo secular muy fuerte de la vertiente religiosa. Con todos estos antecedentes resulta comprensible cómo las ss nutrieron sus filas con estas unidades de voluntarios.
—¿Por qué los nazis primero quisieron deportar a los judíos y finalmente optaron por el exterminio? Teniendo en cuenta la necesidad de no dejar huellas del crimen, resulta contradictorio.
—Para comprender la dinámica de estos acontecimientos de la Shoá es necesario entender la forma en que Hitler iba tomando las decisiones. Somos muchos quienes pensamos que a la solución final, que fue el exterminio físico en las cámaras de gas, se llega luego de una secuencia de hechos en los que el régimen nazi fue lidiando con distintas alternativas, incluso contradictorias. Y en muy importante medida ese desenlace final que fue Auschwitz se debió a las alternativas de la guerra mundial. No se comprende la inauguración de Auschwitz si no se la relaciona especialmente con las alternativas de la guerra en el frente oriental. La otra cuestión es despojarnos de la idea instalada en Occidente de que a este crimen con 6 millones de víctimas se llega a partir de un puñado de jerarcas psicópatas. Esa es una visión muy tranquilizadora de los sucesos. Cuando uno advierte las distintas etapas del genocidio en sí mismo se llega a la conclusión de que fueron cientos de miles los que participaron de modo directo y con conocimiento de causa de lo que estaba pasando y a sabiendas de que se estaba masacrando a familias enteras inocentes. Y si esto fue así hay que preguntarse cómo personas con un nivel de instrucción y cultura importantes, en un país desarrollado de Europa central se convirtieron en criminales de guerra, masacrando masas sociales enteras en pleno siglo xx. Ahí se dispara entonces la pregunta sobre el uso de los medios de comunicación y los medios de propaganda; el uso de los mecanismos industriales y de la lógica economicista para el genocidio, es decir: minimización de los costos y magnificación de la producción, en este caso al servicio de la muerte. Ahí también se dispara la pregunta sobre la modernidad, sobre la burocracia estatal como un mecanismo ciego que puede usarse para fines sociales o para un genocidio, con la misma eficiencia. Ese es el punto clave.
—En el libro se mencionan con nombre y apellido empresas multinacionales que hoy funcionan y obtienen grandes ganancias, y que participaron del régimen nazi aceptando mano de obra esclava.
—Muchas de ellas se instalaron directamente en Auschwitz.
—¿Se puede accionar hoy judicialmente contra esas empresas?
—Sin dudas. En Alemania hay iniciativas judiciales y extrajudiciales para que empresas como la Bavarian Motorische Werke, la BMW, de alguna manera reconozcan la utilización de trabajo esclavo en esos años. Lo mismo ocurrió con Siemens y la IG Farben, la gran empresa química alemana con sede en Fráncfort pero con filiales en toda Alemania, y que instaló una enorme fábrica en Auschwitz. Allí mismo trabajaba Primo Levi como esclavo en la fábrica de caucho, y según dice el historiador más reconocido del Holocausto, Raúl Hilberg, en su gran obra La destrucción de los judíos europeos** al final de la guerra IG Farben para lavar su pasado ignominioso decide cambiar su imagen adoptando el nombre de uno de sus laboratorios, que era Bayer. Lo mismo Ferdinand Porsche, uno de los diseñadores de armas más brillantes de los nazis. Fue el creador de los tanques Tiger y por supuesto proveía de maquinaria y diseño al régimen nazi. Queda claro que hay una relación entre el modelo capitalista de producción, los grandes capitales y el nazismo. Hoy la percepción y certeza mayoritarias es que el nacionalsocialismo abrevó en doctrinas científicas y políticas que eran dominantes en ese momento. Uno de los pilares del nazismo era la idea del imperialismo. Hay aspectos culturales que potenciaron al régimen nazi y son producto de la Ilustración, de la razón, del iluminismo.
—¿Qué elementos del régimen nazi y sus fórmulas de exterminio tienen un factor común con lo que ocurrió en los años setenta en Sudamérica y sus dictaduras?
—Me atrevo a pensar que el 24 de marzo de 1976, en el caso argentino, lo que aparece claro es que después de dos décadas las elites reaccionarias en el país lidiaron con la cuestión subversiva –para ponerlo en términos dictatoriales– explorando distintos métodos como la pena de muerte, leyes y tribunales especiales, reclusión en lugares apartados, organización de unidades paramilitares, pero los militares querían ir más allá. El 24 de marzo se puso en marcha la solución final a la cuestión subversiva, inspirada en las últimas etapas de la cuestión judía llevada a cabo por los nazis. ¿Cuál era la solución final en ambos casos? El exterminio físico de ese colectivo definido como enemigo. Todo hecho a través de métodos sistemáticos, masivos y secretos. Después tenemos dos cuestiones importantes demostrables: la primera es que en los centros clandestinos de detención (ccd) los militares argentinos recrearon la atmósfera y el ambiente del campo de concentración nazi. La vida cotidiana en los centros clandestinos argentinos está inspirada en los lager del régimen nazi, especialmente en la inmediata despersonalización y deshumanización de todos los cautivos que iban a parar allí. Dejaban de ser personas, y esa era la metodología del lager. La segunda cuestión es el ensañamiento con los detenidos de condición judía, hecho ya demostrado judicialmente.
—¿Hay un “nunca más” posible al Holocausto a partir de todas estas experiencias?
—No estamos vacunados contra otro holocausto. Una mirada honesta de los últimos dos siglos revela que el hombre una y otra vez, cuando se dan ciertas condiciones, se vuelve a convertir en un asesino de masas. Hay dos factores que promueven y aceleran los procesos genocidas. El primero es casi un denominador común, y se trata del modelo autoritario de Estado. La gran mayoría de los procesos genocidas se dan a partir de un Estado autoritario en vigencia. El segundo factor es la guerra, que acelera y aumenta la potencialidad de los impulsos genocidas. Se vio en la Primera Guerra Mundial, con el genocidio de los armenios, se vio en la Segunda Guerra con el genocidio de los judíos. Y es la lógica que buscaron imponer las dictaduras en los países sudamericanos con la excusa de que estábamos frente a una guerra interna. Era falso, pero ese discurso servía para motivar a los perpetradores para el genocidio.
* Editorial Siglo XXI, 2012.
** Akal, 2007.
«No estamos vacunados contra otro holocausto»
09/Nov/2012
Brecha, Fabián Kovacic