TECNOLOGÍA COMPORTAMIENTO En un libro de reciente presentación, la investigadora Rosalía Winocur explica las nuevas maneras de estar solo y acompañado en el mundo contemporáneo.
14-11-10
La palabra conexión, al igual que la palabra migración, ha adquirido una densidad semántica y metafórica que nunca antes había tenido. Es habitual decir que `estamos conectados afectivamente` en lugar de decir `estamos enamorados`, o `no me puedo conectar contigo` en lugar de `no me escuchás` (…) Probablemente la conexión no se hubiera vuelto tan significativa si la desconexión no se hubiese vuelto tan amenazante. Los desconectados son los nuevos marginados, los nuevos parias y los nuevos resentidos sociales».
Es tan solo uno de los conceptos que maneja la especialista argentina Rosalía Winocur en su libro Robinson Crusoe ya tiene celular, que presentó en Montevideo esta semana. La profesora, que reside en México, donde se desempeña como investigadora del Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana, se ha especializado en estudiar la apropiación de los medios electrónicos y las nuevas tecnologías de la información en la vida cotidiana desde una perspectiva socio-antropológica.
El título del libro es una metáfora que -aludiendo al famoso personaje creado por Daniel Defoe tres siglos atrás- apunta cómo en la actualidad para sentirse solo ya no es necesario estar en una isla desierta, sino que basta con la ausencia de conexión.
«Estar desconectado equivale a volverse invisible. Y la única invisibilidad que todos apreciamos es la del voyeur o la del espía: poder ver sin ser vistos, recurso que también ofrecen las redes sociales como Facebook. Todas las otras clases de invisibilidad, como no contar, no ser mencionado, no ser citado, no ser interpelado, no ser consultado, no ser mirado, en suma no ser reconocido resulta profundamente amenazador, sobre todo en el caso de los más jóvenes», escribe Winocur. Y añade: «La visibilidad es la condición de la existencia, de la integridad física y mental, y de la lealtad a la familia, a la empresa o al grupo de amigos».
Incertidumbre y control. Uno de los pilares del texto se basa en asegurar que tanto el celular como Internet crean una ilusión de control de la incertidumbre. Y de allí, la «adicción» que generan.
De acuerdo a la autora, algo que «tienen en común todos los personajes del reino de la conexión digital es su baja tolerancia a la incertidumbre (…) que se alimenta cotidianamente de toda clase de amenazas visibles e invisibles que los medios de comunicación, cual profetas del Apocalipsis, se encargan de anunciar reiteradamente. Todas las épocas de la humanidad han estado pobladas de catástrofes naturales y provocadas por el hombre, pero la imposibilidad de poder controlarlas nos habían domesticado para aceptar la fatalidad y ejercitar la esperanza».
La investigadora ilustra este punto con un ejemplo claro: antes, «si un hijo partía con destino incierto del otro lado del océano, podíamos tolerar que pasaran meses antes de recibir la primera carta que nos confirmara que había llegado vivo. Con la aparición del celular necesitamos que el hijo nos llame desde el aeropuerto antes de subir al avión, que vuelva a hacerlo enseguida después de aterrizar, y si las compañías aéreas lo permitieran también quisiéramos que nos llamara durante el vuelo para asegurarnos que todo va bien aunque éste dure unas escasas ocho horas y no tengamos absolutamente ninguna posibilidad de evitar que el avión se caiga. Obviamente, lo que han hecho las nuevas tecnologías no es sólo darnos la posibilidad de comunicarnos intensivamente, sino proveernos de un dispositivo simbólico para controlar la incertidumbre. Activan en el imaginario resortes ilusorios de que podemos dominar nuestras circunstancias y las de los otros».
soledad. La conexión constante, dice Winocur, también ha hecho variar el significado de este sentimiento. «Los que se sienten solos ya no son los que no tienen a nadie a su alrededor, sino los que están desconectados», afirma. Y vuelve a su metáfora: «Robinson Crusoe puede prescindir de Viernes (el nativo que lo acompañaba en su estadía en la isla desierta) para sobrevivir, y Viernes ya no necesita a Robinson para civilizarse (ambos tienen celular e Internet). Y no sólo para resolver cosas prácticas, sino para exorcizar la incertidumbre y elaborar simbólicamente la relación con los otros. No obstante, aún no sabemos si la posesión de estas tecnologías volvió a Robinson menos etnocéntrico, y a Viernes menos fundamentalista».
Estar en todos lados; explotar el presente
Otra característica que comparten todos los conectados digitales es, según la investigadora argentina Rosalía Winocur, su afición al presente, «no tanto por renegar del pasado sino por desconfiar del futuro». Tal como explica en el libro: «Nada puede esperar porque mañana no sabemos lo que puede pasar. La promesa de la vida eterna y la reproducción de nuestra herencia de genes están amenazadas por el calentamiento global, las pandemias, los terroristas islámicos y la voracidad del capital financiero».
Esta adicción al presente se expresa en «la práctica de la simultaneidad y en el disloque permanente de lo que se entendía por público y privado. La consigna clave es optimizar el tiempo de trabajo y la atención de las redes: estar aquí y en muchas partes al mismo tiempo, chatear con uno mientras se escribe un mensaje a otro, y se habla por el celular con un tercero, diversificar las tareas, aumentar la eficiencia del trabajo y de la sociabilidad en la red. Se impone incrementar la lista de contactos, evitar los protocolos y las conversaciones superfluas y los rituales de presentación que nos quitan tiempo y nos impiden ir a lo concreto. (…) No es verdad que perdamos el tiempo con el celular e Internet, lo explotamos al máximo. Por una módica cantidad todos podemos obtener una varita mágica para gobernar nuestro tiempo y trascender nuestras circunstancias, aunque esta ilusión de poder y de control sea ilusoria, su eficacia simbólica es indiscutible».
Ahora nunca estamos solos
15/Nov/2010
El País, 14/11/10