OPINIÓN
El enigma de los cristales rotos
¿Qué siniestra corriente de maldad convive, en el espíritu de los hombres, con las más elevadas y hermosas cualidades?
POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS
La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 será recordada por siempre como escenario de uno de los actos de animalidad más repulsivos de la historia. En la culta y evolucionada Alemania, turbas desenfrenadas e imbuidas del odio más irracional atacaron los comercios, sinagogas y cementerios judíos en todo el Reich –incluida Austria– y los destruyeron totalmente, sin razón ni sentido alguno, porque sí, en una muestra de maldad gratuita que haría ruborizar al más primitivo de los homínidos. Se recuerda aquella velada infame como “la Noche de los Cristales Rotos”, un nombre demasiado bello para semejante vergüenza.
El pretexto fue deleznable: el asesinato, en París, del diplomático nazi Ernst von Rath por el joven judío Herschel Grynszpan, quien se hallaba profundamente afectado por el tratamiento inhumano que se daba a los judíos de origen polaco –sus familiares entre ellos– deportados a ese país durante el mes de octubre. El hecho no tuvo importancia alguna; de no haber sido esa, la motivación esgrimida hubiera sido otra, porque el ataque a la comunidad judía residente en Alemania estaba cuidadosamente planeado desde bastante tiempo atrás. No hubo crueldad ni bajeza que no se cometiera entonces, y un número no determinado –pero seguramente más de un centenar– de pacíficos comerciantes y profesionales judíos perdieron la vida. Para decirlo sin tapujos, fueron vil y cobardemente asesinados.
La actitud del gobierno alemán de entonces se comenta sola: impuso a “la ciudadanía judía de Alemania” una multa de 1.000 millones de marcos “como castigo por sus crímenes abominables”, según expresiones del siniestro Hermann Goering. Los hechos son suficientemente conocidos como para ahorrarles a los lectores de esta columna más detalles. Y sin embargo, un halo de misterio, un enigma viscoso y urticante continúa rodeando aquella noche de horror y otras aun peores, que siguieron más tarde. Las ululantes criaturas que salieron a apalear y matar a personas que no conocían y que no les habían hecho daño alguno, brotaron de las entrañas del mismo pueblo que regaló a la especie humana a Johann Sebastian Bach, el hombre que musicalizó la Pasión según San Mateo con una elevación mística y una belleza que aún esperan ser igualadas; a Wolfgang Mozart, que elevó en La flauta mágica el más bello y conmovedor himno a la fraternidad universal; a Ludwig van Beethoven, que cantó a la alegría de estar vivo y a la calidez de la amistad en su inmarcesible Novena sinfonía; al tierno y poético Franz Schubert, al Brahms del Réquiem Alemán y al judío Felix Mendelssohn-Bartholdy, que compuso la música más cargada de gozosa vitalidad que se haya escuchado en toda la cultura occidental.
Y esta enumeración toma en cuenta solo a algunos músicos, y deja en el tintero a los pensadores, los poetas, los pintores y los filósofos. Sin duda, hay otros pueblos que contribuyeron de manera formidable al progreso de la especie humana y al ideal ecuménico de armonía en la diversidad; pero también sin duda, ninguno de ellos aportó más que el pueblo alemán. Y ahí reside, precisamente, el enigma al que hacíamos referencia. ¿Qué clase de fuerza incomprensible, qué siniestra corriente de maldad inexplicable convive, en el espíritu de los hombres, con las más elevadas y hermosas cualidades, aquellas que se supone lo distancian de los animales?
Las razones que suelen esgrimirse para explicar horrendos sinsentidos como el que hoy y aquí evocamos son por completo inconvincentes: el inicuo tratado de Versailles, la humillación gratuita de una generación entera, el extraño carisma de un demagogo risible y estrafalario que peroraba sin fundamento un darwinismo social corrompido y apto para oligofrénicos. Todos esos factores sin duda tuvieron su peso, pero hechos como los sucedidos hace ahora 72 años en la patria de Kant deben, por fuerza, obedecer a causas más hondas, a la presencia de un tenebroso filtro cuya composición aún no somos capaces de comprender, y que convierte en vulgar jarabe el que transformaba al pacífico Dr Jeckyll en el monstruoso Mr Hyde.
Este es, a mi juicio, el punto más inquietante de todo este episodio, el que golpea la conciencia de toda persona intelectualmente honesta con la fuerza de un badajo de campana: si les pasó a ellos, si el súbito precipitarse del veneno del odio a través de las venas transformó en un instante a personas a las que debe suponerse normales en bestias surgidas de las entrañas del averno, ¿por qué no puede sucederme lo mismo a mí? Confieso que cada vez que pienso en esto tengo dificultades para conciliar el sueño.
linmaica@hotmail.com
El enigma de los cristales rotos
15/Nov/2010
El Observador, Lincoln Maiztegui Casas