Tienen que compartir sus proyectos con la necesidad de defender a su país

10/Nov/2010

Aurora; por Daniel Pujol; 04/11/10

Tienen que compartir sus proyectos con la necesidad de defender a su país

Impresiones de un viaje a Israel Autor: Daniel Pujol, Barcelona
4-11-10
Treinta y cuatro años después que lo hiciéramos por primera vez, hemos visitado este país que tanto amamos por ser el país de la Biblia.
Mucho ha cambiado Israel en este espacio de tiempo: se aprecian señales del progreso que ha experimentado (modernos centros comerciales, buenas carreteras, etc.), algunas incluso no carentes de inconvenientes, como por ejemplo el denso tráfico de las grandes ciudades. A la vez, también hemos podido palpar ahora cierto cansancio debido a la tensión acumulada por un conflicto que dura ya mucho tiempo, desde sus inicios como Estado, y todavía no resuelto.
Israel ha ofrecido a nuestros sentidos sus contrastes: el paisaje verde del norte -por cierto con muchos parecidos al que tenemos en Cataluña-, y los montes áridos del desierto de Judea. El azul del Mar Mediterráneo -mar que compartimos, nuestro Mare Nostrum-, en contraposición al gris plomizo del Mar Muerto, del cual se extraen sales minerales tan útiles para la salud del ser humano; ¡qué paradoja!
También ha expuesto el legado de las civilizaciones de los diversos pueblos que la han habitado. Hemos podido apreciar en Cesarea el lujo con que los romanos se establecían en los territorios bajo su dominio. Como escogían las mejores ubicaciones y dotaban a sus ciudades de todo aquello que les permitía vivir y holgar. Lo mismo en Banias. En el primer caso junto al mar; en el segundo cerca de las fuentes del Jordán.
Tanto en un caso como en el otro, Roma compartía su “savoir faire” con los gobernantes aliados del país, como Herodes y Agripa. Los restos recogidos en estos parques no se circunscriben sólo a aquellos tiempos lejanos, sino que en muchos casos se entremezclan con los de épocas menos lejanas: imperio bizantino, cruzados, mamelucos, turcos, etc.
Buena muestra de ello es la misma ciudad de Jerusalén en la que, en una superficie de escasamente un kilómetro cuadrado, podemos encontrar cerca de los restos de la ciudad construida por el rey David, los del Cardo romano, iglesias del imperio bizantino y del tiempo de los cruzados, mezquitas de la época de los califatos árabes, todo ello rodeado por unas murallas construidas por el imperio otomano.
A lo largo de nuestro periplo, diversos rasgos del judaísmo se nos han mostrado a la vista: el de la mayoría, que desarrolla sus vidas como cualquiera de nosotros en Occidente; que atiende sus negocios y su familia, y se detiene el “shabat” para descansar pronunciando sus bendiciones, lo que le permitirá seguir adelante. El del sector más religioso que precisa acudir al Muro de las Lamentaciones para concentrarse en sus oraciones. Aquél más ortodoxo, de los que viven en Mea Shearim o en Safed dedicados al estudio, aparentemente ajenos al resto de la sociedad.
Finalmente, en Qumran hemos podido recibir el testimonio mudo de un judaísmo piadoso del pasado como fue el de los esenios. Qumran dio a Israel, en los inicios de su singladura actual como nación, el hallazgo arqueológico más importante que hayan podido recibir: los manuscritos del Mar Muerto.
Pero no sólo nos hemos encontrado con el judaísmo. Uno puede tropezarse a diario con seguidores de otras varias religiones: musulmanes, católicos, evangélicos, etc., cada una con las correspondientes variaciones. Todas convergen ahí sin llegar a mezclarse.
Así se muestran en este pequeño país, lo que hizo que un escritor español escribiera sobre el “Escándalo de Tierra Santa”.
El clímax de esta manifestación lo tuvimos en Jerusalén, especialmente en la Ciudad Vieja. En el Muro Occidental, “Hakotel Hamaaraví”, fuimos testigos presenciales de cómo judíos de todas las tendencias se aferran al único resto del Gran Templo que sobrevivió a la destrucción romana, convertido ahora en el centro de la memoria y de las añoranzas del pueblo según reza en el folleto explicativo del mismo. Mientras, los altavoces de la explanada superior llamaban a los musulmanes a acudir a la mezquita, el acceso a la cual nos estaba vedado.
La última etapa de nuestro viaje fue Yad Vashem. A lo largo de la visita al museo, iban fluyendo en nuestro corazón los sentimientos sin ningún orden preestablecido, de la solemnidad al horror, de la tristeza a la indignación, uniéndonos al final con la aspiración del arquitecto: la esperanza. ¡Que tal cosa no vuelva a ocurrir nunca, ni con este pueblo ni con ningún otro!
Finalmente, lo que más nos ha impactado en esta ocasión ha sido el encuentro con familias israelíes. Hemos tenido el privilegio de haber sido huéspedes de tres familias. Nos han brindado sus casas y su mesa. No obstante, lo más importante es que nos han permitido ver el alma de los habitantes de este país. Hemos conocido sus historias: como siguiendo un ideal impreso en sus genes, dejaron, como lo hizo hace siglos su antepasado Abraham, el país que los vio nacer, para acudir a esta tierra a fin de aportar sus ilusiones, su esfuerzo, para construir una nación a la que siempre puedan llamar su patria sin temor a ser jamás desposeídos.
Nos han contado como junto con estos sueños han enfrentado la lucha, muchas veces con sufrimiento e inseguridad, o miedo incluso, lo que, como decía al principio, ha impreso un cierto cansancio en sus vidas.
Hemos podido conocer también a sus hijos, auténticos “sabras”, jóvenes que están en plena etapa de formación para labrarse un futuro a nivel profesional y familiar, y que tienen que compartir sus proyectos con la necesidad de defender a su país y a los suyos. ¿Para cuándo la paz?
Nos hemos sentido muy honrados por la acogida de Israel y especialmente de sus gentes. Como cualquier turista hemos vuelto a casa con nuestras fotos que nos permitirán alimentar el recuerdo, pero sobre todo con estas impresiones que sin duda dejarán en nuestra alma una huella indeleble. Shalom Israel. Lehitraot.