ANÁLISIS Cómo un filme sin taquilla puede generar una crisis en la política de Washington hacia Medio Oriente
RICARDO J. GALARZA ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
La ola de agresiones y protestas violentas contra sedes diplomáticas de Estados Unidos en el mundo árabe ha puesto en evidencia los complejos resortes culturales y religiosos que aún mueven a amplios sectores de esas sociedades en su dificultosa transición hacia algún tipo de democracia tutelada por Estados Unidos y Occidente.
La llamada primavera árabe —que desencadenó revueltas en varios países y fueron enfrentadas con la brutal represión de sus regímenes despóticos— dio pie al cuestionado mandato de Estados Unidos y la OTAN para «proteger a la población civil» e intervenir de diversas maneras en esos conflictos locales. La idea de democratizar y liberar a esas poblaciones de sus longevas tiranías fue entendida en Occidente como una «causa noble» y un llamado superior, más allá de las dificultades que pudiera presentar.
Pero cuando se analizan las causas de los recientes atentados y desmanes, que ya le han costado la vida al embajador estadounidense en Libia y a otros tres diplomáticos, el asalto a la embajada de EEUU en Yemen y disturbios en Egipto, Túnez, Irán y otros países, resulta que se trata de una sola cosa: la difusión en internet de una película de pobre factura. Inocencia de los musulmanes, un filme prácticamente insignificante y con serios problemas de distribución, que ensaya una burda descripción de Mahoma. Allí se lo presenta al profeta de Medina como un asesino, secuestrador y esclavizador de menores, mutilador de infieles y violador de mujeres, además de cobarde; pero de una manera tan pueril y panfletaria que cuesta creer que alguien se pueda tomar aquello en serio.
El director y productor de la película es el estadounidense Sam Bacile, quien además asegura tener ciudadanía israelí. ¿Alguien lo conoce? Pues eso es lo que ha desatado toda esta agresión e indignación islámica contra Estados Unidos. ¿Por qué contra Estados Unidos? Por el solo hecho de que el individuo es estadounidense y además ciudadano de Israel. Sí, es inexplicable.
Por supuesto que no es la primera vez que se suscita una reacción de esta naturaleza en el fundamentalismo musulmán. La publicación en 2005 de una docena de caricaturas sobre Mahoma por un diario danés también desató una ola de protestas violentas y atentados contra las sedes diplomáticas de Dinamarca en varios países de Medio Oriente. Y el cineasta holandés Theo van Gogh fue asesinado en 2004 en Ámsterdam, tras el estreno en la televisión pública holandesa de su cortometraje Sumisión, una dura crítica del Islam y su visión de la mujer, además de llevar en su título la consabida y sugestiva traducción de esa denominación religiosa. Pero el caso más sonado de todos estos tal vez haya sido el del autor Salman Rushdie, cuya novela Los versos satánicos le ganó en 1989 el repudio del mundo islámico y una condena a muerte del Ayatolah Khomeini.
En el caso de Sam Bacile y su polémica Inocencia de los musulmanes, en cambio, si por algo se merecería sin duda la pena de muerte es por hacer una película tan mala, lo que más de un crítico de cine estaría dispuesto a sentenciar sin miramientos. Los diálogos imposibles, las tomas de estudio notoriamente superpuestas sobre un fondo de desierto, la pésima actuación, la cobardía y la crueldad caricaturescas de Mahoma… Todo da la impresión de una mala copia de alguna película de Monty Python, de que había allí un intento de humor. Pero no, Bacile ha dicho que la intención del filme «es política».
Como fuere, no parece justificar de ninguna manera tan vesánica reacción, con miles de personas enardecidas, atacando sedes diplomáticas, prendiéndolas fuego y matando gente en nombre de Mahoma y su honor mancillado por una película sin taquilla.
Y aunque tuviera la taquilla de Titanic, parece algo tan descabellado que no admitiría siquiera una referencia al filme.
El fanatismo religioso es el escollo más grande -acaso insalvable- que enfrenta Estados Unidos en su intento de exportar la democracia a Medio Oriente.
Una vez que se remueven esos dictadores árabes, por lo general, se abre una verdadera caja de Pandora. Lo que hay debajo de ese sobrepiso despótico suelen ser fuerzas incontrolables de un fundamentalismo islámico que se despliega en una plétora de milicias y grupos violentos, yihadistas, salafistas, viudos de Bin Laden y otros radicales que abrevan en las creencias religiosas de la gente de la región y su escasa cultura democrática.
El derecho a la irreverencia, al humor, a las manifestaciones iconoclastas, que forma parte de la cultura de Occidente desde hace 500 años, y sobre todo de ese pilar del sistema democrático como es la libertad de expresión, en el mundo árabe puede ser condenado a la pena capital. Se trata de un duro hueso de roer para la libertad y los derechos del hombre.
Con todo ello, sumado al contrapeso que ejerce el eje Moscú-Pekín a la nueva doctrina de EEUU y Occidente en la región en países como Siria, la primavera árabe y las intenciones de democratización de Washington se enfrentan a su momento más crítico. Y todo por una mala película.
Todo por una mala película
14/Sep/2012
El Observador, Ricardo J. Galarza