De Auschwitz a los procesos de Kafka

05/Nov/2010

Jorge Arias, La República.

De Auschwitz a los procesos de Kafka

EL EXAMEN. OBRA DE CARLOS REHERMANN, EN EL EX SERVICIO DE INTENDENCIA DEL EJÉRCITO Primo Levi fue interrogado sobre sus conocimientos de química durante su reclusión en los campos de Auschwitz, a fines de la segunda guerra mundial. La relación de su «El examen de química» con esta pieza de Carlos Rehermann que lo invoca como antecedente, es tenue.
Jorge Arias |
En esta obra el examinador es un fiscal (Sergio Mautone) que no acusa pero acosa, tanto a la víctima como al «Jefe»; el interrogado se llama Primo, dulce de carácter pero respondón. Un tercer personaje, el Jefe (Alejandro Camino) tiene a su cargo la prepotencia sonora y la tontería esencial.
El preso hará una exposición a partir de temas que se le proponen por escrito con tiempo limitado por un reloj de arena; el posible «aplazado» es sine die, se pena con una visita sin regreso a las «duchas» (cámaras de gas). El preso logra salvarse; será juzgado el «Jefe» por el mismo procedimiento y con los mismos diálogos; como era de suponer, al fin el «fiscal» pasa a la máquina.
Ya no estamos en el nazismo ni en Auschwtiz. Para nuestra visión, «El examen» quiere ser el desarrollo de una idea de Primo Levi y su examen en el campo de concentración en el universo y con los procedimientos de Kafka.
Rehermann ha intentado este giro del relato de Levi mediante diversas distorsiones de la prosa original que la hacen irreconocible e irreal. El vestuario (Sandra Massera) es fantástico aunque alusivo, incómodo y cómico, con sus altísimos bonetes y feos bicornios; el interrogatorio se demora en preliminares sobre gramática, en particular sobre el correcto uso del «Nosotros». Están todas las humillaciones que eran de esperar, a veces absurdas y siempre por demás insistidas, en particular el basureo del Jefe por el fiscal; pero esas violencias guardan distancia de los sucedidos en campos de concentración. Más claramente se advierte la voluntad de crear una atmósfera intermedia, ni del todo real ni del todo irreal, en la interpretación. No diríamos que la interpretación sea pura retórica de actor, pero la dicción casi nunca es natural, sobreabundante en tonos cavernosos y ritmos sorprendentes, al punto que los gestos de las «autoridades» no terminan de convocar al nazismo.
La realización de este proyecto es por demás geométrico. Dadas ciertas frases, es inevitable que se las repita, de modo de que haya una especie de simetría en relación a un eje, o una historia que gira en círculos. Pero el espíritu de geometría ahoga al espíritu de sutileza. Por momentos, en medio de la banda sonora, las palabras de los actores, vaciadas de matices salvo en el caso de Primo, se asemejan a ruido de poleas, chirridos de cintas o silbidos de sierras mecánicas. La obra se inclina demasiado a la estratósfera y el universo concentracionario parece exangüe. Como consecuencia de esta excesiva inclinación a la fantasía, la pieza no se acuerda de su imprescindible dialéctica. No hay desarrollo, crecimiento, crisis, desenlace. Al terminar la obra el público quedó en suspendo, porque nada parecía haber terminado. Sólo cuando al encenderse las luces los actores saludaron, de frente al público, los espectadores se animaron a aplaudir.
Cabe examinar, al fin, el valor de la idea, para el supuesto de que se hubiera realizado conforme a sus propósitos. El tópico, en la forma en que lo hace Rehermann, no es nuevo. Como exhibición de los mecanismos de degradación del hombre, «El examen» prácticamente no existe, y la obra deja una sensación de «ya visto»: el tema del nazismo, a más de sesenta años de su fin, plantea pocas posibilidades de variedad. Las ha habido, y toda obra nueva sobre el tema debe justificarse. Luego de la brillante «La lista de Schindler» (Steven Spielberg), que fincó todo su valor en el feliz hallazgo de un nuevo ángulo de visión, sólo la novela de Jonathan Littell «Les bienveillantes» (Premio Goncourt 2006), un centón que no excluye ni la Orestíada, tuvo la audacia de contar la guerra mundial, el nazismo y el exterminio de los judíos desde el punto de vista de un irredento oficial nazi. Fuera de estas tentativas el tema del nazismo resulta siempre un tanto pesado por demás, y no porque no interese, sobre todo como enigma, como signo de interrogación puesto sobre toda la civilización occidental; sino porque se omite replantear algo que hizo durante la segunda guerra mundial y con su perspicacia habitual George Orwell: la explicación del éxito y del entusiasmo que el nazismo supo despertar.
«El examen» obtuvo los premios Nacional de Letras del año 2008, el premio «60 años de El Galpón» Confonte 2008 y el premio del Fondo Concursable del MEC.