20-7-2012
OPINIÓN
La bomba que estalló el miércoles pasado durante una reunión de seguridad en Damasco (Siria) y mató a tres altos funcionarios del régimen, entre ellos el cuñado del presidente Bashar Assad, ha sido hasta el momento el golpe más duro a la dinastía gobernante en ese país y el más audaz de los ataques rebeldes en la guerra civil.
La explosión se produjo durante una reunión de ministros del gabinete y altos funcionarios de seguridad en la capital, donde se enfrentan los insurgentes y las tropas gubernamentales desde hace cuatro días, informó la propia televisora estatal siria.
Los asesinatos de personajes de alto nivel podrían indicar un punto de inflexión en la guerra civil en momentos en que la violencia se torna cada vez más caótica.
Es más, el ataque muestra que el derramamiento de sangre en Siria está saliéndose de control rápidamente y puede derivar en que la comunidad internacional comience a aplicar máxima presión sobre Assad para que renuncie y permita una transferencia estable del poder.
Riad al-Asaad, comandante insurgente de Siria, se adjudicó la responsabilidad del ataque. Dijo que los rebeldes plantaron una bomba dentro de una habitación donde se reunían altos funcionarios del régimen. Todos los que efectuaron el operativo están a salvo, afirmó.
La familia Assad gobierna Siria desde hace cuatro décadas, en las que ha creado un régimen hermético e inflexible, que en el último año ha reprimido con mano dura a los grupos insurgentes que demandan su salida del poder.
La situación que enfrenta Siria es continuación de los movimientos insurgentes que se han producido en países árabes en los últimos años y que se han denominado como la «primavera árabe».
En Túnez se llamó «la revolución de los jazmines» y terminó con la caída del régimen imperante. Lo mismo ocurrió después en Egipto, que con 82 millones de habitantes es el mayor y más populoso de los estados árabes.
Al igual que en Siria, los sucesos en la vieja nación de los faraones significaron un grave derramamiento de sangre en enfrentamientos entre manifestantes y policías, pero finalmente todo terminó con la caída del gobierno del octogenario Hosni Mubarak.
Como en los casos anteriores, la protesta siria está animada por la condena de un régimen tiránico y corrupto que se desea cambiar, pero sin que aparezcan definiciones claras en cuanto a una alternativa de poder. El fervor popular es en contra de la situación actual, pero sin expresión de metas políticas ciertas ni de planteos ideológicos. Los resultados de ese explosivo malestar de los sirios son por el momento impredecibles, pero todo hace pensar que la situación terminará igual que en Túnez y Egipto: que el tirano caerá. Es posible que en esta instancia el régimen de Assad pueda resistir los embates populares con la fuerza. Pero el pronóstico a mediano plazo, para un régimen dictatorial agotado, es el de una segura salida del poder.
Siria y un régimen que tiene los días contados
20/Jul/2012
Unoticias, Editorial