“¡Respetables participantes del Congreso! Como uno de los
organizadores de este Congreso, me ha
tocado el honor de darles la bienvenida. Lo haré con pocas palabras puesto que
cada uno de nosotros sirve bien la causa poniendo cuidado en no desperdiciar
los preciosos minutos del Congreso. Tenemos tres días para realizar trabajos de
mucha importancia. Colocaremos la primera piedra del edificio que un día se
convertirá en hogar de la nación judía. La causa es tan grande que debemos
hablar de ella en los términos más sencillos. Lo que cabe presumir es que en
estos tres días se nos presentará un amplio informe sobre el problema judío en
la actualidad. La materia, de gigantescas dimensiones, se dividirá bajo la mano
de nuestros informantes.
Escucharemos informes sobre la situación de los judíos en los
distintos países. Todos ustedes saben, aunque quizás de una manera vaga, que
con pocas excepciones aquella situación no es nada favorable. De lo contrario,
creo que no estaríamos reunidos aquí. La comunión de nuestros destinos sufrió
una larga interrupción, aunque las partes dispersas del pueblo judío corrieran
en todas partes idéntica suerte. Sólo en nuestro tiempo las maravillas del tránsito
hacen posible el acercamiento y la comunicación entre los hombres. Y en este
tiempo, de tamaña elevación bajo otros aspectos, nos sentidos rodeados en todas
partes por el antiguo odio. Aquel antiguo movimiento se denomina, modernamente,
antisemitismo, nombre harto conocido por todos ustedes. La primera sensación
que aquel causó a los judíos modernos fue de sorpresa, la que, sin embargo,
pronto cedió al dolor y a la ira. Acaso nuestros adversarios ignoren que han
herido en lo más vivo precisamente a aquellos de nuestros hermanos a quienes,
tal vez, no quisieran atacar en primer lugar. El judaísmo moderno, culto,
emancipado del gueto y desacostumbrado de la calumnia, sintió como una puñalada
en el corazón. Hoy podemos decirlo, sin hacernos sospechosos de intentar mover
a lágrimas a nuestros adversarios. Nosotros sabemos a qué atenernos.
Siempre ha estado mal informado acerca de nosotros. La
solidaridad, que se nos reprochaba tantas veces y con tanto encono, se estaba
desvaneciendo completamente cuando el antisemitismo arremetió contra nosotros.
Este la reforzó. Diríase que volvimos a casa. El sionismo es el retorno al
judaísmo, y precede al regreso al país de los judíos. Nosotros, los hijos que
hemos vuelto, nos encontramos en la casa paterna con muchas cosas cuya reforma
nos parece urgente; tenemos, ante todo, hermanos en los bajos escalones de la
miseria. Sin embargo, se nos da la bienvenida en la vieja casa, porque se sabe
que no somos unos desacatados y que no cometemos la torpeza de ofender a nadie.
Eso se manifestará en el desarrollo del programa del sionismo.
El sionismo ya ha realizado una obra singular que antes se creía
imposible, y es la estrecha unión de los elementos más modernos del judaísmo
con los más conservadores. Como esto se consumó sin que ninguna de las partes
hiciera concesiones indignas y sin sacrificios intelectuales, constituye una
prueba más, si fuera necesaria, de la nacionalidad judía. Semejante unión no es
posible sino sobre la base de la nacionalidad.
Habrá debates sobre la fundación de una organización, cuya
necesidad es evidente. La organización muestra lo racional que hay en un
movimiento. Es éste un punto que tenemos que destacar con toda claridad e
insistencia. Nosotros los sionistas deseamos para la solución del problema judío
no ya una asociación internacional, sino la discusión internacional. La
diferencia es de trascendental importancia para nosotros, y creo que huelga
explicarles el motivo. No se trata en nuestro caso de alianzas, de
intervenciones secretas y maquinaciones, sino de una discusión franca y bajo la
permanente y absoluta supervisión de la opinión pública. Uno de los éxitos de
nuestro movimiento, éxito que ya se halla muy próximo y empieza a percibirse
vagamente, consistirá en que hagamos del problema judío el problema de Sión. Un
movimiento popular de tales dimensiones ha de ser fomentado por muchos lados.
El Congreso se ocupará, por lo tanto, de los medios espirituales para despertar
y fomentar la conciencia nacional judía. En este punto también tenemos que
luchar contra malas interpretaciones. Lejos de abandonar un ápice de la cultura
adquirida, pensamos en un ahondamiento ulterior de la cultura, tal como lo
implica la verdadera ciencia.
(…)
Nuestro movimiento es una empresa razonable sólo cuando insiste en
el reconocimiento garantizado por el derecho público. La colonización que se
viene realizando hasta la fecha logró lo que pudo, dentro de los límites que le
habían fijado. Ella ha confirmado la aptitud, tantas veces negada, de los
judíos para la agricultura. Pero ella no presenta la solución del problema
judío, y no puede presentarla en su forma actual. Además, confesémoslo, no
halló repercusión, ¿Por qué? Porque los judíos saben calcular, y hasta se dice
que lo saben hacer demasiado bien. Admitiendo que hay nueve millones de judíos,
y suponiendo que mediante la colonización se consiguiera establecer en
Palestina a diez mil personas por año, resulta que se tardaría novecientos años
en solucionar el problema judío. Esto parece poco práctico. Pero ustedes saben
que, en las circunstancias actuales, la cifra de diez mil colonos por año es
considerada fantástica. De llegar la inmigración a tales proporciones, el
gobierno turco no tardaría en volver a limitarla o prohibirla; y esta actitud
no sería de nuestro agrado, puesto que quien crea que los judíos podrían entrar
de contrabando en el país de sus ancestros, se engaña a sí mismo y a otros. En
ninguna parte se anuncia tan rápidamente la entrada de judíos como en la patria
histórica del pueblo, precisamente por ser la patria histórica. Por otra parte,
no nos conviene ir allí a deshora. La inmigración de los judíos significa para
aquel país, incluso para todo el Imperio Otomano, una influencia de fuerzas en
abundancia inesperada. Su Majestad el Sultán tiene buen concepto de sus
súbditos judíos y los trata con mucha benevolencia.
Existen, pues, condiciones que permiten llevar el asunto a buen
término si lo manejamos con tino y acierto. La ayuda financiera que los judíos
pueden ofrecer a Turquía es bastante considerable y servirá para curar muchos
males internos de que adolece aquel país. Si la solución del problema judío
llevara consigo la solución de cierto aspecto del problema de Oriente, ello
redundaría seguramente en provecho de todos los países civilizados. El establecimiento
de los judíos implicaría también un mejoramiento de la situación de los
cristianos en el Oriente.
Pero este no es el único motivo por el que el sionismo puede
contar con las simpatías de los pueblos. Ustedes saben que en muchos países las
disidencias a causa de los judíos han llegado a constituir una calamidad para
los respectivos gobiernos. Si se toma partido a favor de los judíos se puede
estar seguro de la oposición por parte de las masas, que se hallan bajo la
influencia de agitadores. Si se toma partido contra los judíos, la singular
influencia de éstos sobre el comercio internacional puede acarrear grandes
consecuencias para la economía de los respectivos países. Si finalmente el
gobierno permanece neutral, los judíos se ven sin protección en el régimen
existente y se pasan a los partidos subversivos. El sionismo, que es la
autoayuda de los judíos, sugiere una solución de este complicado y singular
sistema. El sionismo es, sencillamente, el pacificador. Y le ocurre a él lo que
a todos los pacificadores: le toca la peor parte. Sólo para el caso de que
entre los argumentos más o menos sinceros que se formularán contra nuestro
movimiento, figure también el de la falta de patriotismo, decimos que esta
sospechosa objeción se refuta por sí misma. En ninguna parte se producirá una
emigración total de los judíos; los que pueden y quieren asimilarse permanecen
en sus países y serán absorbidos. Una vez que se halla llegado a un arreglo con
los factores políticos interesados, la emigración de los judíos, iniciada en el
mayor orden, continuará mientras los respectivos países estén dispuestos a
dejar salir a los judíos. ¿Cómo se estancará la corriente emigratoria?
Simplemente por la paulatina mengua y la desaparición definitiva del
antisemitismo. Así entendemos y en esta forma esperamos la solución del
problema judío.
Mis amigos y yo lo hemos dicho muy a menudo. Y no nos cansaremos
de repetirlo hasta que se nos comprenda. En este momento solemne, y ante judíos
de tantos países, quienes al escuchar un llamamiento, el antiguo llamamiento de
la nación, partieron para reunirse aquí, repetimos y confirmamos solemnemente
nuestra convicción. ¿No hemos de tener el presentimiento de grandes
acontecimientos al reparar que en este momento los centenares de miles de nuestro
pueblo depositan en esta asamblea todas sus esperanzas y toda su confianza? Las
noticias de nuestras sesiones y de nuestras resoluciones llegarán al cabo de
pocas horas hasta los países más lejanos, por sobre los mares del mundo. Por
eso, este Congreso debe procurar la aclaración y la tranquilidad. En todas
partes se debe saber que el sionismo, al que han hecho pasar por una suerte de
pánico milenario, es en realidad un movimiento cultural, legal y humano, y que
se halla encaminado hacia el antiguo objeto de los anhelos de nuestro pueblo.
La palabra escrita o hablada de cada uno de nosotros podría ser pasada por
alto; no sucederá así con lo que declare el Congreso. ¡Que el Congreso, que en
adelante será dueño de sus debates, proceda con prudencia!
Finalmente, el Congreso se hará cargo de su continuidad, para que
no volvamos a dispersarnos sin dejar huella ni efecto alguno. En este Congreso
creamos para el pueblo judío un órgano que no tenía hasta ahora, pero que es
una necesidad vital. Nuestra causa es demasiado grande para la ambición y el
arbitrio individuales. Ella tiene que ser elevada a lo impersonal, si se quiere
que triunfe. Y nuestro Congreso debe existir a través de todos los tiempos, no
solamente hasta el fin de la antigua miseria, sino después con tanta más razón.
Hoy estamos reunidos en esta libre y hospitalaria ciudad. ¿Dónde nos hallaremos
de aquí a un año?
Pero, dondequiera que estemos y por mucho que tardemos en terminar
nuestra obra, ¡sea nuestro Congreso solemne y grandioso, en beneficio de los
desdichados, sin provocar a nadie, en honor de todos los judíos y digno de su
pasado, cuya gloria, si bien remota, será eterna!