26-4-2012
Se cumplen hoy 87 años de la primera publicación en París de la novela El proceso, del escritor checo Franz Kafka (1883-1924), ícono literario del convulsionado siglo XX
ANDRÉS RICCIARDULLI P ARICCIARDULI@OBSERVADOR.COM.UY
Pocos escritores han logrado que su nombre se convierta en adjetivo. El «panorama dantesco», la «quijotada» o aquel «homérico» que inmortalizara John Ford en su película El hombre tranquilo son de los pocos ejemplos que hay. La ya famosa «situación kafkiana» se agrega a esa selecta lista de inmortales. El adjetivo no es baladí, ya que, además de una literatura personalísima, define al mortífero y sofocante siglo XX.
El proceso se publicó póstumamente como la mayoría de la obra de Kafka, gracias a Max Brod, amigo íntimo del escritor, quien, en contra de la voluntad del primero, no quemó los escritos de Kafka sino que los conservó y divulgó.
Ríos de tinta se han escrito sobre la obra del checo y películas, como la estupenda El proceso de Orson Welles, con un magnífico Anthony Perkins (Psicosis) como Joseph K., le rindieron culto. La pasión continúa con el descubrimiento reciente de varias cartas inéditas que amplían su legado.
No obstante, uno puede encontrar pistas más cercanas sobre su influencia aquí mismo, en Uruguay. La casa del desaparecido escritor uruguayo Mario Levrero estaba casi vacía, apenas tenía muebles o algunos artefactos, no había fotos de familiares a la vista: solo un pequeño retrato de Franz Kafka, al que -decía Levrero- le debía todo.
Lo mismo, curiosamente, se observa en una de las repisas de la casa del también escritor nacional Felipe Polleri. Allí hay una pequeña fotografía de aquel muchacho orejudo, con cara de pájaro y ojos brillantes, que impresionó al mundo con su lucidez y talento. La devoción de tantos y tan buenos escritores no es casual. Kafka logró, a pesar de sus oscuros argumentos y temas obsesivos, articular una prosa hermosa, sublime, que puede ser vertida del alemán a cualquier idioma sin el temor de perder nada. Una literatura que logra una cadencia luminosa, perfecta.
Al leerlo uno está, como sus personajes, supeditado a un poder superior. Era una verdadera máquina de crear. Todas las frases eran de exquisita factura, cada línea mejor que la anterior, como una aplanadora, letra a letra.
La palabra justa, que no se puede mejorar, el adjetivo que sentencia, y esa particular forma de contar lo más íntimo sin hablar de ello, con objetividad de cirujano por momentos, lo transforman en un caso único. Pero hay también un kafka personalísimo, más humano, casi cálido, como se ve en sus entrañables Cartas a Milena, uno de sus amores.
Jorge Luis Borges lo definió una vez: «Era enfermizo y hosco: íntimamente no dejó nunca de menospreciarlo su padre y hasta 1922 lo tiranizó. (De ese conflicto y de sus tenaces meditaciones sobre las misericordias y las ilimitadas exigencias de la patria potestad ha declarado él mismo que procede toda su obra)».
Porque Kafka no pudo liberarse nunca del yugo paterno: basta leer su Carta al padre, para comprender hasta qué punto le obsesionó esa relación filial. «Querido padre: Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como es habitual, no supe qué contestarte; en parte, porque en la justificación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con una aceptable consistencia. Y si, valiéndome de esta carta, procuro responder a tu pregunta por escrito, lo haré a no dudarlo en forma muy incompleta, ya que, aun escribiendo, el miedo y sus efectos me atenazan cuando pienso en ti, y porque las dimensiones del tema exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi entendimiento».
Kafka murió de tuberculosis en un hospital de Viena, escribiendo cartas de disculpa a su familia por estar muy enfermo y no poder recibirlos. No supo nunca que su obra y su vida no fueron en vano, y que se lo recuerda siempre.
Una de las pesadillas más famosas de Kafka
Es otro libro muy vinculado a su particular forma de ver y de sentir el mundo
El proceso es un reflejo más de cómo se sintió Kafka toda su vida. La historia de Joseph K., un hombre que es acusado, detenido, interrogado constantemente, y ejecutado finalmente sin explicaciones y sin que nunca se sepa qué sucede realmente, es ya todo un arquetipo del hombre moderno.
No sabemos quién dirige nuestros pasos o quién juzga nuestros actos, y es siempre el sistema, o la oscura ley sin nombre, el que parece manejar el destino del ser humano.
El proceso es una novela dramática, angustiada, con visos de pesadilla interminable, como los pasillos que recorre el personaje central.
Por más que Joseph K. intente escapar primero, dialogar después con las autoridades, y finalmente acelerar él mismo el proceso judicial que cree va a llevarse en su contra, nada resulta, ya que es imposible salvarse cuando se ha sido señalado.
El porqué que flota durante toda la novela no se resuelve ni al principio ni al final. La obra sigue la línea existencial de Kafka, un maestro a la hora de definir el problema, de detallarlo hasta en los más inverosímiles ángulos con gran maestría, pero incapaz de resolverlo. Nunca pudo superar sus obsesiones personales, de la misma manera que su personaje Joseph K, a pesar de todos sus esfuerzos, no llega a saber realmente qué sucede ni cómo salvar su vida.
La obra es también un estudio sobre la burocracia y el funcionariado, males modernos que ya en la década de 1920 eran detectados, entre otros, por Franz Kafka. Conviene leer la novela y luego ver la película de Orson Welles.
Aquel muchacho de Praga
27/Abr/2012
El Observador, Andrés Ricciardulli